La contención que caracteriza la escritura de Néstor E. Rodríguez, eso poco que se articula a la luz del asombro, es un rasgo a destacar. Contrasta vivamente con el desmelene expresionista que sigue cotizando al alza en poesía. Hay aquí un equilibrio tan distante de la pretensión absurda de ser novedoso como de las aspiraciones de eternidad que todavía hoy algún iluso cultiva. Néstor E. Rodríguez establece metas propias pero desconfía del corto plazo.
Experto en la poesía no soy. Para serle franco no todos los poemas los entendí completamente, pero como me enseñó un gran maestro a veces cuando uno lee poesía hay que quitarse esa idea de tener que entender y analizar críticamente todo. A veces hay que darse espacio para simplemente disfrutar los versos, la musicalidad, el poder de las imágenes, el descubrimiento de palabras nuevas, y sobre todo sentir aquello que los versos evocan en uno.
Este libro reúne gran parte de la obra poética de Rodríguez, hay muchos poemas que tratan temas como el olvido, la nostalgia, el regresar, las ruinas, la familia, etc. Hubo muchos poemas que releí muchas veces por lo hermosamente construidos que estaba y otros por la complejidad (o quizá mi pobre conocimiento en todo) que me limitaba un poco.
En general, me disfruté mucho este volumen especialmente el poemario final titulado Limo. Casi todos los poemas de esa última parte son joyas para mí. Si les gusta la poesía sin lugar a dudas consíganlo.
Le dejaré a continuación uno de los poemas que más disfruté para que vayan viendo qué es la qué...
Higüeral
La vieja tienda siguen en pie ante el polvo de la plaza. Máquinas y gente han consagrado ese espacio con la gravedad de un ritual que llamaré la vida.
No entendíamos la lengua en que el viejo Guelo discutía con el cliente. Desde nuestra pequeña humanidad el abuelo era un dios justiciero al que todos amaban y temían. Junto a él, sujetando nuestras manos sin decir palabra, estaba la abuela. Bastaba una mirada, un simple gesto, para volver las aguas a su curso apacible.
Los abuelos se ha ido y el sitio de su descanso ha de estar descuidado. El arce que se deshoja frente a mí en la ciudad del invierno es testigo de mil historias, pero no me conoce, Yo sigo siendo el niño que sujeta la mano de la abuela y mira el polvo de la plaza.