Esteban es un profesor universitario retirado que decide dedicarse a la jardinería y disminuir al máximo sus relaciones con los demás. Pero esta decisión no sólo le traerá problemas prácticos —cómo encarar a su endemoniado vecino, cómo no admirar a esa mujer enigmática que llega a instalarse, cómo no emocionarse con lo humano— mientras libra una batalla a muerte para componer un jardín que represente su ideal de belleza. También lo enfrentará a una pregunta ¿justifica aquella belleza del mundo nuestro sufrimiento y existencia?
Tomás González nació en Medellín, en 1950, y comenzó a escribir a principios de la década de los setenta, poco después de empezar a estudiar filosofía en la Universidad Nacional de Colombia. A partir de entonces no ha parado de escribir, publicando sus libros en Colombia y México. Aparte de algunos poemas y cuentos que se sitúan en Nueva York, el resto de su obra se centra en Colombia. Ha publicado las novelas Primero estaba el mar y Para antes del olvido, esta última ganadora del V Premio Nacional de Novela Plaza & Janés de 1987; la colección de cuentos El Rey del Honka-Monka; y la colección de poemas Manglares.
Uno de mis mayores temores es la vejez, y este libro me llevó a explorarla y verla de otro modo. Una novela que crece a medida que el jardín que trabaja Esteban lo hace y que nos habla del paso de la vida, de lo que cambia, lo que llega, lo que se va, lo que permanece, lo que se transforma y lo que nunca fue. Mi primer saludo con el señor Tomás González y de seguro habrá muchos más.
La emotividad del final es de los mejores momentos de mi año.
Tomás González otra vez en una historia que fluye lenta y serenamente, en la que pasa poco. Un hombre calculando cerca el final de su vida se retira a dedicarse a construir su sueño : un jardín que llegue a parecer natural, no intervenido por nadie. Van y vienen personajes, algunos favorecen y otros obstruyen el proyecto. En general todos impiden su decisión de aislamiento. Cada vez más cerca al final se tuerce el plan para retomar planes nuevos, más lejos, cada vez más cerca de su esperado ultimo día. El jardín al final ya no requiere tanto trabajo. Es el sembrado por lo pájaros y polinizado por las abejas. Al fin un jardín perfectamente natural.
El diseño y construcción de un jardín se vuelve la obsesión de un hombre mayor que empieza a ver la vida como quien mira las escenas de una película ya vista o como quien relee un poema. Esta novela es una raíz que se abre paso para llegar a un lugar frágil en la memoria de quien lee. Es tambien una reflexión sobre los años, la vida y lo que ocurre con el cuerpo cuando el tiempo hace su trabajo y nos va despojando lentamente de lo que creíamos nuestro.
Todos los libros son el mismo libro en cada autor, suele decirse. La misma novela escrita de formas distintas. Con González eso deja de ser interesante y se vuelve tedioso. Hombres viejos encerrados entre plantas buscando resolver el irresoluble dilema del exceso y el control. La violencia asomada por los lados (a veces más y a veces menos poéticamente). En esta novela todo esto toma forma en un profesor recién jubilado, solitario y obsesionado con los proyectos, particularmente con los jardines. González dedica toda la novela a mostrar esta obsesión (que, cabe suponer, es en buena parte compartida por el autor) con apenas asomos poco densos de la vida de los otros, o de cualquier otra cosa que no sea esta obsesión. El resultado a mi parecer es una narración realmente aburridora. No hay nada, de verdad, con lo que me quede de esta novela. Hay algo, quizá: la posibilidad de que todo el relato es producido por un hombre que, como el personaje, duerme muy poco. Quienes duermen mucho menos de lo debido conocen la extraña combinación de obsesión y confusión producida por esta ausencia de descanso. No sé: tal vez algo de eso podría rescatarse en este sentido. Pero lo dudo.
El libro se resume en una frase que el autor pone casi al final “La vida sin emprender nada es la muerte” y esa es la idea principal, cómo la lucha permanente da el sentido, cada vez más estético y menos pragmático. Al igual que Carver y los grandes autores, Tomás González logra que el lector reviva eso que ha sentido, de una manera tan precisa que los lectores no sabemos expresar en palabras.
Notas de lectura: 1. La tenacidad de construir algo que tiene su propio ritmo y que toma decisiones propias 2. Aurora es esa belleza imperfecta, afín, pacífica que todos sabemos que es una ilusión 3. Pequeños o grandes, los jardines son siempre infinitos
Esteban Latorre se retira a vivir el ocaso de su vida a una casa de campo fuera de la ciudad acompañado de dos mujeres; una de ellas ha estado presente desde su infancia, la otra, una joven profesora de yoga y ayudante intelectual y material de su ideal de jardín, en el cual la naturaleza debe fluir de manera libre, sin que no sea evidente la mano del hombre. Aparecen una serie de personajes y situaciones que intervienen y dificultan de alguna manera los objetivos de Esteban en su retirada. El final del libro es una forma bella, nostálgica y conmovedora de retratar ese ocaso de la vida que es la vejez.
Un libro sobre la vejez, los jardines y los restos de lo que se podría decir amor. Escritura sencilla que se detiene en construir un ambiente, un hábito, un sentido de existencia.
Heliconias, bromelias, sietecueros, ojo de poeta, lengua de vaca, diente de león, amarrabollo, amarantos, nenúfares, caracolíes, eugenias, agapanto y matarratón son solo algunas de las muchas plantas que habitan el jardín de 210 páginas que ha plasmado Tomás González en Las noches todas.
Esta narración de 2018 presenta a Esteban Latorre, profesor universitario jubilado que desea alejarse de la ciudad (esa máquina de vapor que apabulla y asfixia) y del trato humano, por lo que decide comprar un finca y crear un jardín en un pueblito colonial aún cercano a Bogotá. Cada uno de los veintiún capítulos de la obra están nombrados de tal modo que hacen pensar en la novela bucólica, casi que idealizando escenas tranquilas de un entorno rural: el viento, el bus, el taxi, las nubes, los ríos, el Tiempo, la catedral, las piedras, los naranjos, las orquídeas, el icopor, Dios, los guitarrones, el sol, el caracol, la araucaria, la mula, el infierno, la muerte, el garrote y la miel.
¿Cuánto tiempo y esfuerzo requiere un jardín? Once años y dedicación absoluta, responde González. Tal vez la palabra engañe: “jardín” remite a unos cuantos arbusto bien colocados, unas flores bellas y una que otra enredadera, al menos así lo era para una mente ignorante de la flora como la mía. Lo que en realidad el narrador deseaba era: “crear un lugar de mucha belleza, eso era todo, y ese impulso no tiene explicación” (p. 38). Una selva sin artificio, un templo natural verde de contemplación, un injerto en el que se sintiera, con mayor intensidad que en ningún otro, la sensibilidad viva del mundo.
En el jardín hay crítica. Destacable el flujo de pensamiento o, mejor, diatriba callada de Esteban, en la que el anciano despotrica contra el eurocentrismo, a propósito de lo nefasto que le resulta la imagen de un naranjo “disciplinado” en los jardines de Versalles: Y creen allá que en el resto del mundo nos tenemos que orinar de la emoción a la vista de la Torre Eiffel o del Museo Británico o de la tumba de Napoleón, como si no supiéramos que debajo de cada uno de esos monumentos y edificios y jardines, y bien lo decía un poeta, asesinado también, está empozada la sangre. De negro, de mujer, de indio, de judío, de homosexual, de gitano, de blanco pobre, por millones. Y de animales, por millones de millones. Y mientras más bello, más monstruoso el monumento, más odioso. (p. 74)
En el jardín hay troncos marchitos. La novela es un canto desde (especialmente “desde”, no “para” ni “a”) la vejez. Un narrador que roza los 75 años -huraño a veces y deseoso de voces y tacto en otras, que padece de insomnio, depresión, neuralgia dental, que puede leer aún con luz fuerte, que no se engaña sobre el vigor perdido, pero tampoco sucumbe ante la decrepitud: la pulsión de vida, de crear (el jardín o la apicultura), la noción de cuidado- nos hace adivinar, como lectores, que aún falta mucho para que se entregue a la oscuridad de las noches todas. En varios capítulos fluctúa el cansancio de la vida, el hastío de no poder ser un pájaro, el dolor insoportable de perder la belleza, de asistir a la muerte de los seres que asistieron a nuestra vida: “Es el comienzo del despoblamiento de mi mundo. Es la oscuridad que va inundando todo, como el agua de las bodegas de un barco” (p. 171)
En el jardín hay barro. La representación femenina encarnada en Aurora, el segundo personaje más importante, es la porosidad que contamina y hace deslucir el conjunto. De Aurora nos queda claro que tiene cerca de 30 años, es hermosa, instructora de yoga, deseada por todos los hombres del pueblo, unida a su familia y hábil con las plantas. Aunque ella es el jardín, su personalidad se escapa. Lo más íntimo que conocemos no es su corazón, ni su mente, son sus pechos: “o sucedía que tal vez por azar yo viera lo que no tenía por qué ver, la belleza de los pezones entre la camisa entreabierta, los senos casi pequeños” (p. 66) o “Triana había sido alcanzado por una visión parecida a la que me llegó a mí mientras movíamos las grandes piedras con la barra de hierro. Los senos aquello, tal vez” (p. 71). Una mujer sin pasado, sin ideas propias (las frases logradas que suelta de cuando en cuando resultan ser de otras fuentes), que sirve de compañía, de objeto de deseo, aunque extrañamente es ella la única que entiende y da forma al jardín. Inclusive, alcanzan a sentirse más reales, más corpóreos personajes como Misael, el taxista contador de historias; o Triana, el librero que termina rozando el alcoholismo y cambió a la mujer que deseaba por otra más complaciente (¿Me alcanza a recordar a alguien?).
Aún así, Aurora resulta bien librada, por la sensualidad de sus formas, por supuesto, pues entre las ceibas y las orquídeas, las mujeres feas no merecen consideración: “Algunos [libros] habían sido escritos por mujeres dientonas que crearon jardines tan sosos y floridos como ellas mismas” (p. 67). Las dientonas y sosas no entrarán al jardín del profesor Esteban; tampoco lo haría la hija de su dentista: una rubia enorme, cuyos ojos azules, muy separados, no compensaban su “exagerado” volumen. ¿Es verosímil que la narración de un viejo privilegie las formas femeninas jóvenes y atractivas? Sí. ¿Resulta insoportable para un ojo actual menciones como que Diana, el nuevo amor de Triana, conservaba la sensualidad involuntaria que debió mostrar desde los 10 años o menos? Por supuesto. Y aquí ya no sé si molestarme con el personaje, Latorre, o con el autor, González.
El jardín tiene espinas. Sí, este es un libro de amor en muchas de sus formas. Crudo y real que cuando pasa la ráfaga de enamoramiento en el otro se ve lo prosaico: “En ella alcanzaba a vislumbrar una veta de vulgaridad y hasta de falsedad, y de repente se abrían a mis pies grietas por las que se asomaban las caras distorsionadas del mundo” (p. 64). Crudo y también real que el enamoramiento nos subyugue al deseo: “Siento que estoy haciendo el ridículo, pero pienso que sería más extraño tenerla tan cerca, haberla tenido alguna vez y no sentir el impulso de tocarla” (p. 174)
El jardín tiene espacios áridos. El antagonista, el yerno del vecino Ezequiel, fue otro personaje con gran potencial que quedó en la sombra. El eufemismo “un molestador de menores” (p. 147) resulta tibio; a pesar la insistencia en que antes de victimario fue víctima, la misericordia por él nunca me llegó.
El jardín te regala flores. Me llevaré tres a casa: 1. “La gente se va a morir, las fotos se van a perder y al final quedará un centro comercial sin alma, igual a todos” (p. 90). 2. “Había sido un error querer vivir otra vez lo ya vivido” (p. 98) 3. “Mejor no pensar. Limitarme a respirar y hacer las cosas” (p. 172)
Como con el estilo, cada escritor tiene unos temas que no lo abandonan a lo largo de su obra. En Las Noches Todas, Tomás González vuelve a sus obsesiones: la vejez, el retiro, el silencio, la naturaleza, un tragedia latente.
En esta ocasión, Esteban (el protagonista) decide vivir su retiro en el campo, dedicar sus días a crear un jardín, que no parezca que la naturaleza absorbió todo, pero tampoco que sea muy cuidado como si fuera un hotel. Nuevamente, asistimos a la obsesión del protagonista de Tomás González por crear algo, y al silencio y austeridad como una forma de ética.
Quizás el aislamiento del autor ya comienza a verse en la repetición de sus temas, pero no hace que su novela deje de ser hermosa. González cuida sus palabras, las mide con cuidado y con rigor. Como un haiku, le bastan pocas palabras para crear imágenes hermosas o desgarradoras.
Ha sido bastante irritante meterme dentro de la cabeza de un señor de avanzada edad que está completamente obsesionado con los jardines y todo lo que hay en ellos; las flores y todos los tipos que existen; los árboles y las plantas en general y que no para de hablar de ello, en un permanente monólogo monotemático monótono.
Aunque, en mi caso, no es necesario que en un libro haya demasiada acción para que me guste e incluso soy fan de la naturaleza y todas sus creaciones, en esta novela siento que, a excepción de algún que otro fragmento que me pareció brillante y el evidente realismo con el que Esteban plasma su propio viaje a través de los últimos años de la vida, no hubo aspectos de la novela que en realidad me gustaran.
Desde el principio me propuse disfrutar de los paisajes, de los pequeños detalles que el protagonista menciona, de las descripciones, del sentido del humor y la personalidad que muestra en sus palabras (y de hecho me reí con varios comentarios cínicos y sarcásticos en donde se podía apreciar un agudo humor negro a destacar). Hay reflexiones fugaces que son una maravilla y el personaje principal, como tal, no me caía mal. También valoro la forma tan honesta en que uno se puede acercar a la vejez y a lo que esta significa. Es valioso conocer esas realidades a las que en algún momento llegaremos, atravesando capas y capas de vanidades absurdas.
Pero aún así, nada, fue imposible conectar con la novela. Ni con el argumento ni con la forma.
"No hay jardín cerrado. Ninguno lo es. Lo de afuera entra por muchos lugares, lo de adentro sale, y en el diseño hay que prever aquella filtración, aquel flujo, de modo que después no desequilibre y ponga en peligro el conjunto. Para que el asunto dure —sea el asunto un jardín, los manglares, las personas o cualquier otro organismo— el interior debe contener el exterior y equilibrarlo".
Con este libro confirmé que Tomás González es mi escritor colombiano favorito. Y eso que no es un libro que cuente "una gran historia", llena de "sucesos emocionantes". Nada de eso. Si la trama importara —que sinceramente, no lo hace— este libro no sería interesante. No mucho. Lo importante es lo que está detrás de eso. Con mucha facilidad sentí que congeniaba con los pensamientos del protagonista, que hasta me causó gracia —tal vez más de la que esperaba—. Me encanta leer a González, con su estilo tranquilo y sencillo que no deja de ser emotivo y profundo. Quisiera escribir así, algún día. Tener esa capacidad para evocar sensaciones genuinas de belleza y apreciación por el mundo, sin dar la impresión de estar agarrado caprichosamente a la existencia.
"El impulso de hacer es muy profundo, muy fuerte la compulsión por trabajar, bregar, sudar, afianzar, crear. ¿Y como para qué?, se pregunta uno."
Un libro bello y profundo que demuestra la maestría de González. Su prosa pura, bella, a veces filosófica, frecuentemente poética, con destellos de humor, hacen este libro muy agradable y ameno de leer. No es una novela llena de acción, no pretende contar historias grandilocuentes: fluye. Lleno de vegetación, flores, maleza, monte, jardines... muchas especies desconocidas y descritas y la búsqueda imposible de un anciano obsesivo, agrio, delirante, obstinado y meditativo. Especial atención a las imágenes poéticas que mezclan violencia-naturaleza, rural-urbano. Y también una delicia las historias del taxista. No es de lo mejor de González pero está muy bien escrita y vale la pena leerla.
Me costó demasiado engancharme con este libro. Lo dejé por casi un mes y no aguanté el desespero que me genera no poder terminar los libros.
Cuando lo terminé, no entendí por qué no me había enganchado. Pude apreciar esa narrativa cercana, tan colombiana y tan sencilla. Me gustó mucho cómo termina.
Quedo muy contenta de no haberlo desechado, me terminó gustando tanto que recomiendo su lectura y como regalo para cualquier señor mayor de 60.
Es posible que haya llegado a esta novela en un momento equivocado de mi vida - no pude terminarla - que me impide disfrutarla al máximo. La prosa de Tomás hace un llamado a la paciencia, una virtud que al parecer solo puede ser domada por los años. Lleno de imágenes hermosas, de la mano de Esteban se va conociendo acerca de la vejez y el final de la vida.
Este libro, que habla de jardines y flores, es en sí mismo un pequeño jardín. Las noches todas es la historia de un hombre viejo que ve la muerte de cerca y emprende la tarea de hacer un jardín que imite las formas de la maleza y de los bosques nativos de la cordillera. Tomás Gonzalez lleva de la mano a la lectora, le muestra las especies nativas, se agacha y señala el pequeño acueducto que construyó. En esta novela no hay sobresaltos: el lenguaje y la trama no prometen sorpresas ni experimentos. No hay un efectismo artificial. No es la selva, no es la tierra salvaje, es un jardín doméstico. Tomás Gonzalez ha conseguido lo que quería su personaje: un jardín contenido en sí mismo, un jardín en el que no falta ni sobra una mata o una flor.
Vuelve Tomás González a demostrar que es el escritor más lúcido de Colombia. La luz de su escritura esta vez alumbra la vejez, el ocaso de la vida. La excusa es un proyecto, el último que decide emprender un hombre: la construcción de un jardín. Entonces lo natural –lo que por sí mismo es bello y grácil– se encuentra con el obrar humano, que aún cuando detrás de su interferencia guarda la intensión de armonizar, nunca dejará de ser profano. A través de esta tensión la vida, que siempre en su curso final estará condenada a sumergirse, hasta llegar al negro más negro en la oscuridad, fluye con la prosa de un González que, también, deja visos de su entrada a la vejez.
Me gustan las historias de Tomás González. Historias reposadas, de ritmos lentos y concretos. De humor sobrio. Historias de hombres callados, reservados, meditabundos, aislados o en proceso de aislamiento.
Esteban es un profesor retirado que además quiere abandonar definitivamente las complicadas relaciones sociales. Así que vende su apartamento y compra una finca en un pueblo para disfrutar de su retiro voluntario. Esa finca está destinada a ser su pequeño mundo, donde leerá, donde creará y cuidará de su jardín, su nuevo proyecto. Cuidará con atención y método de su de nuevo jardín que hace en compañía de Aurora, una mujer joven y que es su profesora de yoga.
Muchas o muy pocas cosas pueden ocurrir mientras se construye un jardín; diría que, en este caso, pocas cosas pasan.
La monotonía es parte de la historia, aunque siento que no se trata de una escritura intencional del autor. Es, más bien, una vida ordinaria contra la que él batalla agregando nuevos sucesos que salven el relato. Por ello, a veces no he visto orgánico lo que ocurre, o se dan saltos de tiempo repentinos que no he comprendido del todo.
Me quedo, no obstante, con cierto talento para describir fenómenos de arquitectura y, particularmente exquisita esa descripción de la interacción entre naturaleza y ruinas.
Esperaba un poco más de esta novela. No obstante el final resulta conmovedor. Algunos suelen alejarse de todo lo que les rodea como una manera de acercarse a la muerte, pero manteniendo algo de motivación en tareas simples y cotidianas que llenen de cierta forma sus vacíos existenciales. Al final, entendemos que todo pasa, que todo se va transformando y que somos prescindibles en nuestra pequeña finitud, quizás con la añoranza de haber aprovechado mejor cada día y cada noche, los cuales se convierten en la suma (o en la resta) estática o inquieta de las noches todas.
La apreciación por esa estética, tan desligada de todo patrón, tan difícil de recrear, ya que se trata de algo natural, tan puntual, ya que surge solo un momento preciso y por un determinado tiempo, esa apreciación es muy difícil de obtener y de entender y quizás solo con lo años se pueda llegar a ella. El balance en que se pone la concepción de belleza en distintos personajes da una muy buena idea de esos ideales que tenemos y que, de una forma u otra, son el motor del día a día. Grandiosa novela sobre la belleza y la vida.
Tomás González siempre con esa limpieza de escritura, con las palabras que parecen sonar de todos los días, las conversaciones que se confunden con los personajes de la propia vida del lector. Un libro sobre la vida, la luz y la oscuridad necesarias para crear profundidad, para encontrarse en el oficio de crear, de reconocer los quiebres y las realidades blandas, y aprender a convivir con ellas. Árboles, flores, agua, sol, piedras y aire, todo orquestado entre lo indomable y lo controlado.
Un libro normal para los estándares altos de Tomás González. Se lee facilmente, se disfruta, tiene fragmentos muy buenos. La idea de la vida como un mándala que se borra es muy interesante.
Me gustó, lo leí facilmente. A la gente que ama las plantas seguro le gustará mucho. Es como para un buen rato, pero no es un libro que cambie la vida.
Qué forma hermosa de narrar cómo la vida se va apagando. Tomás Gonzaléz logra narrar de forma muy bella la cotidianidad y eso tiene muchísimo mérito, porque, nos han acostumbrado a que lo que vale la pena es lo espectacular o lo que se sale de lo esperado, pero, esta novela es una forma de rescatar lo bonito en lo normal y, por eso, vale la pena leerla.
Es bueno, entretiene la historia siempre en veremos de Esteban y Aurora. Esteban siempre trata de hacernos entender su punto de vista frente a la razón del por qué siempre quiere estar alejado, cuando ni el mismo la entiende.
Fue un libro que me despertó bastante interés por los jardines, principalmente por su manera tan detallada de poder describir el desarrollo de estos espacios tanto físicamente como en su relación con las personas.
Cinco estrellas por la bella prosa. Un libro sereno .Vivir la vida después de haberse retirado hace necesario emprender actividades que traigan sueños e ilusiones, en este caso el hacer un jardín o lo que se necesite para vivir tranquilo y en paz.