Ricardo Piglia es en 1967 un joven escritor a punto de publicar su primer libro de relatos, pero ya está definiendo un campo de lecturas, un grupo de aliados, una genealogía por venir. Son los años del boom de Julio Cortázar y la herencia de Borges, una época que implica una toma de posición en la lectura. Una forma de leer para definir cómo y contra quién escribir. Por entonces, Piglia crea su alter ego Emilio Renzi y con él empieza a firmar sus primeros textos.
En ese mismo año, escribe por encargo para la editorial Jorge Álvarez estos retratos de escritores norteamericanos, que acompañan una selección de cuentos. Entre ellos están, entre otros, Faulkner, Hemingway, Scott Fitzgerald, Capote. Escritores norteamericanos incluye también el ensayo “Cuentos policiales norteamericanos”, un texto de 1968, clave para entender el modo desplazado de leer de Piglia, los cruces y las relaciones entre literatura y sociedad.
En este libro, Piglia practica una nueva forma del ensayo ligada al relato, y al hacerlo analiza procedimientos, narradores, formas de dosificar la información, y establece una lúcida lectura de la sociedad norteamericana. ¿Es necesario vivir en Estados Unidos para conocer cómo es ese país? No, es preciso desciar a sus mejores escritores, que condensan en sus modos de narrar las ficciones sobre las que se sostiene esa pesadilla que es el sueño americano.
Ricardo Piglia was an Argentine author, critic, and scholar best known for introducing hard-boiled fiction to the Argentine public. Born in Adrogué, Piglia was raised in Mar del Plata. He studied history in 1961-1962 at the National University of La Plata. Ricardo Piglia published his first collection of fiction in 1967, La invasión. He worked in various publishing houses in Buenos Aires and was in charge of the Serie Negra which published well-known authors of crime fiction including Dashiell Hammett, Raymond Chandler, David Goodis and Horace McCoy. A fan of American literature, he was also influenced by F. Scott Fitzgerald and William Faulkner, as well as by European authors Franz Kafka and Robert Musil. Piglia's fiction includes several collections of short stories as well as highly allusive crime novels, among them Respiración artificial (1980, trans. Artificial Respiration), La ciudad ausente (1992, trans. The Absent City), and Blanco nocturno (2010, trans. Nocturnal Target). His criticism has been collected in Criticism and Fiction (1986), Brief Forms (1999) and The Last Reader (2005). Piglia resided for a number of years in the United States. He taught Latin American literature at Harvard as well as Princeton University, where he was Walter S. Carpenter Professor of Language, Literature, and Civilization of Spain from 2001 to 2011. After retirement he returned with his wife to Argentina. In 2013 he was diagnosed with amyotrophic lateral sclerosis; he died of the disease on January 6, 2017, in Buenos Aires, Argentina. During his lifetime Piglia received a number of awards, including the Premio internacional de novela Rómulo Gallegos (2011), Premio Iberoamericano de las Letras (2005), Premio Planeta (1997), and the Casa de las Américas Prize (1967). In 2013 he won Chile's Manuel Rojas Ibero-American Narrative Award, and in 2014 he won the Diamond Konex Award as the best writer of the decade in Argentina. In 2015 Piglia won the Prix Formentor. On January 4, 2018, his memory was honored in New York City at "Modos infinitos de narrar: Homenaje a Ricardo Piglia," an event at which academics discussed the impact of his work on Latin American literature and intellectual history and his legacy as a literary critic and scholar.
Crítica literaria al modo de la sociología de la literatura, pero con desbordes que invalidan la clasificación. Hay recursos formalistas también. Creo que del Piglia crítico importa captar su libertad de lectura. Saturado de teoría lee desde un desprendimiento teórico que lo deja en carne viva. Opino que hay que leer a Piglia -como insiste Sarlo- para aprender a leer. Leer es para Piglia una construcción que media entre el lector y la realidad, que la hace casi tratable. Darle forma a la experiencia en cada libro. De paso, este libro es también un plan de lecturas y relecturas. Genial el último capítulo que distingue entre policial clásico y novela negra.
Siempre es un placer volver a Piglia, pero esta vez me ha gustado su mesura para dejar por un momento el overthinking y ponerse a retratar, desde lo breve, desde la sola estampa, a un puñado de escritores norteamericanos de distintas épocas y estilos, atendiendo a su genio y figura, a su obra y a su tiempo, pero buscando siempre la frase o el párrafo que pueda condensar, sin artificios, la esencia de su obra o la centralidad de su nombre en el devenir histórico de la tradición literaria.
Piglia no busca perfilar personalidades ni hacer un sumario propedéutico o semi teórico de libros y tramas, ni tampoco redondear viñetas de época o retratos sociales. Su intención es discreta, apenas el apunte generoso de quien está presentando un cuento (de hecho, cada retrato fue originalmente publicado en 1967 como breves prólogos de una antología de cuentos norteamericanos), pero también la curiosidad metafísica de quien escudriña los datos del autor (la época de su ascenso, sus anécdotas, las entrevistas perdidas y, por supuesto, la tramas de sus ficciones) para esbozar o delinear el tono inasible de su encanto.
Al leer estos breves paisajes personales (que, al igual que las fotografías previas al color, simulan objetividad y parcialidad en partes iguales), uno advierte porqué Piglia está interesado en estos autores, o porqué son ellos y no otros, por qué nos lo muestra. Es difícil de transmitirlo fuera de la experiencia del texto, pues así como Piglia sólo puede capturar el encanto o el aura de esos autores escribiendo estos breves apuntes apátridas (que no son ni ensayo ni perfil, pero que funcionan plenamente), así también los lectores sólo podemos sentir el encanto o el aura de los retratados leyendo lo que Piglia compone.
Es en el momento de la escritura en el que Piglia captura y transmite el soul de cada escritor retratado, y es en el momento de la lectura en el que nosotros desciframos esa captura. No hay otro momento. El truco dura lo que dura la escritura (hecha hace décadas) o la lectura. Una vez concluida, acabado un retrato y a punto ya de iniciar el siguiente, queda la melodía difusa, ya casi imperceptible, de una canción insólita, inesperada, sutil, que pudo sonar más tiempo o más alto o con más intensidad, pero que fue un momento de experiencia singular, como un paréntesis, como un flash.
Posiblemente ese sea el gran mérito de estos retratos: funcionar como flashes de una cámara análogica, como capturas de luz breves, irrepetibles, pero extraordinariamente luminosas. Piglia, como el fotógrafo de ese tipo de cámaras, no puede escapar de la contingencia que se le presenta, esto es, de la oportunidad única de componer la imagen sin tener la posibilidad exacta de saber si está bien encuadrada o borrosa.
Desde luego, como sugiere en las dos primeras páginas (que son extractos de su diario), cada apunte ha sido elaborado y corregido al detalle, con conciencia plena de su efecto u orientación, pero hay como una distancia que se establece entre Piglia y las obras o vidas que va retratando. Una distancia temporal (todos los escritores retratados son estrellas de la primera mitad del siglo XX), pero también técnica (la imposibilidad de capturar en palabras el encanto artístico de cada uno) y semántica (la brecha imposible entre cada idioma, ese resto intraducible que da sentido y forma a cada lenguaje y que impide su conversión en estereotipo, o la resignación de empezar a examinar otra tradición desde el soporte ineludible o básico de algún elemento reconocible y exótico) que, en cierto modo, convierte esa posible corrección de estilo en un espejismo, o en una escritura encima de lo ya escrito, una segunda escritura que escapa ya del control de Piglia y que se advierte solamente en el proceso de relevado (para seguir con la figura de la cámara), esto es, en la impresión del texto.
Son textos breves que explicitan la perspectiva lúcida de Piglia sobre la vida y obra de cada retratado (más más notorio en unos que en otros) pero que a la vez evidencian una propensión al repaso panorámico o genérico. El efecto mientras se lee (y más aún después de hacerlo) llega a ser extraño, pues Piglia (o el editor de este volumen) está proponiendo, sin ningún ápice pedagógico, una ruta alternativa y convincente, una serie de frases directas escondidas en cada texto que apuntalan la posibilidad de una cartografía distinta, o reorientan las vías ya abiertas (como en el caso de Truman Capote, Sherwood Anderson o Scott Fitzgerald), pero al mismo tiempo, en cada texto se engendra el rumor del desengaño, la sensación de no tomarse tan en serio ni lo que escribe el autor ni sobre lo que escribe.
Es como si cada texto fuera el recorte de una fotografía de alguna página del periódico: plena de sentido en sí misma, pero apenas un fragmento más de una página, y de un periódico, que nadie ha visto.
Eso creo que en líneas generales. Hay más para comentar, digamos, texto por texto, y el punto de vista que asume Piglia en cada uno de ellos, o los datos que provee en unos y no en otros, o la extensión, o la forma en que inicia o termina, o cómo introduce sus propias ideas o su propia deducción en el portrait que va armando, o en cómo extrae claves selectas de las obras que cita, o el modo en que las vincula entre sí, o el estilo que escoge, o por último, la sutileza de cada título, discreta y elegante, pero por ahora creo que hasta aquí está bien.
- Me gustaron casi todos, excepto el último, dedicado a James Baldwin, que lo sentí arbitrario y tendencioso. De todos, me quedo con los dedicados a Hemingway, Faulkner, Truman Capote, James Purdy, Thomas Wolfe y con el que me parece el mejor de todos, el dedicado a Francis Scott Fitzgerald (un texto que merece, por sí mismo, una reseña o comentario aparte).
- La edición que leí (UDP, 2018) incluía un textito que había sido escrito, a modo de prólogo de otra serie, unos cuantos meses después de los retratos. Se titula «Cuentos policiales norteamericanos» y es un texto sobre la diferencia entre la novela policial clásica y el thriller; un rastreo fino, erudito y lúcido de las genealogías del thriller norteamericano (conocido hoy como novela negra) y sus vínculos y divergencias con el policial clásico (el que sigue la estela de Sherlock Holmes, digamos). Es un texto formidable y generoso, para ser coleccionado y releído varias veces. Dejo esta cita a modo de aperitivo: «Si la novela policial clásica se organiza a partir del fetiche de la inteligencia pura y valora, sobre todo, la omnipotencia del pensamiento y la lógica abstracta pero imbatible de los personajes encargados de proteger la vida burguesa, en los relatos de la serie negra esa función se transforma y el valor ideal pasa a ser la honestidad, la "decencia", la incorruptibilidad. Por lo demás se trata de una honestidad ligada exclusivamente a cuestiones de dinero. El detective no vacila en ser despiadado y brutal, pero su código moral es invariable en un solo punto: nadie podrá corromperlo».
- Léanlo con un par de copas de vino Malbec argentino 🍷 y oyendo, de vez en cuando, en fondo bajito, «No soy un extraño» de Charly García 🎶
Piglia fue (es*) brillante, claro y dueño de una mirada novedosa hacía la literatura. «Escritores norteamericanos» es una de las tantas muestras de su lucidez. Todos los textos son maravillosos pero los que le dedica a Sherwood Anderson, Ernest Hemingway, Nelson Algren y al maravilloso James Purdy me dejaron boca abierta. Las fotos de Walker Evans no hacen más que ilustrar la farsa del sueño norteamericano.
Creo que las vidas ajenas siempre nos parecen interesantes, pero también demasiado largas: quiero saber tu vida, pero lo sabroso o lo velado, no me interesa el día en que naciste. Ricardo Piglia cuenta la vida de algunos escritores norteamericanos casi como si te conversara de ellos en un bar, sin demasiado detalle pero con el suficiente espesor vivencial como para hacerse una idea de la persona. Acá no hay datos de nacimiento, sino apenas algunas planas sobre lo que vale la pena de cada uno.
El libro es breve y con una escritura ligera (¿existe eso?)
Si hay un buen Piglia, está acá. Reseñando perfiles de escritores a contrareloj y por encargo.
Escogiendo citas que drenen por sangrías lentas en lugar de esos parrafotes tan extensos como remanidos.
Sencillo como novela de género, enciclopédico a la manera popular -datos curiosos- en una era pre internet de más cultura que literatura.
Lo único que podría mejorar este trabajo de antologista vendido como libro sería que los artistas retratados no existieran, situación preferible para que pudiera alzar más el vuelo la literatura de oficio que despliega Ricardito. Mejoró mi apreciación sobre sus ensayos, empeoró la de sus ficciones. Todo un logro tratándose de este hombre que cuando imita a Borges, resulta un excelente Sabato.
P.S:: El ensayito sobre el policial negro -que prologaba otra antología curada por el autor- tiene grandes hallazgos y es pedagógico a la vez que divertido de leer. Sin duda sus lecturas son más gratas a la no ficción.
No es culpa de Piglia. Es culpa de las editoriales como UDP que piensan que pueden publicar estos perfiles sin los cuentos seleccionados en “Crónicas de Norteamérica” de 1967. Por más buena que sea la pluma de Piglia, sin los cuentos, cada perfil se lee vacío, sin gracia, e incluso, sin sentido. Solo se puede culpar a la editorial por este libro fallido.