Nadie pone en duda que Stravinski fue uno de los mayores compositores del siglo XX. En este volumen—unas memorias en forma del diálogo que mantuvo los quince últimos años de su vida con Robert Craft, su más cercano amigo y colega—hace repaso de su vida intelectual. En él ocupan un lugar primordial los recuerdos de su juventud en Rusia, su etapa de aprendizaje con Rimski-Kórsakov, su colaboración con los Ballets Rusos, su etapa americana, así como su relación con diversos poetas, pintores y escritores, todos ellos fundamentales en la historia cultural del siglo XX: Diáguilev, Debussy, Ravel, Valéry, Gide o W. H. Auden, entre otros. El libro presenta, además, documentos de gran valor: las reflexiones de Stravinski sobre la música de compositores capitales, que iluminan tanto al estudiado como a la música del propio compositor. Editado de nuevo en 2002, el presente libro nos muestra un vivo panorama de la vida musical de la primera mitad del siglo XX.
Igor Fyodorovich Stravinsky was a Russian composer, pianist, and conductor. He is widely acknowledged as one of the most important and influential composers of 20th century music.
He was a quintessentially cosmopolitan Russian who was named by Time magazine as one of the 100 most influential people of the century. He became a naturalized US citizen in 1946. In addition to the recognition he received for his compositions, he also achieved fame as a pianist and a conductor, often at the premieres of his works.
He also published a number of books throughout his career, almost always with the aid of a collaborator, sometimes uncredited. In his 1936 autobiography, Chronicles of My Life, written with the help of Walter Nouvel, Stravinsky included his infamous statement that "music is, by its very nature, essentially powerless to express anything at all."
Este libro de memorias de Ígor Stravinski (1882-1971, contadas a Robert Craft) me dejó claro que los aficionados a la música la disfrutamos más que los grandes compositores ya que entre ellos –Ravel, Debussy, Rimski-Kórsakov, Schoemberg– no se soportaran y sólo asistían a los conciertos a ver qué podían criticar de sus maestros y sus contemporáneos. También descubrí que Stravinski era un conversador apacible e hipnótico (como varias de sus obras), cuyos pasos por la vida son relatados con delicadas tonalidades. Recordaba los sonidos de su ciudad natal, el paso del viento frío por sus mejillas en los viajes familiares, y el sabor del primer cigarrillo, a los catorce años. Cada recuerdo, de la juventud a la vejez, está relatado de tal manera que parece un cuerpo sólido y no una vaguedad hecha de aire: las veces que pudo ver a Chaikovski, y cómo era la tarde de 1893 en que murió este gran compositor ruso. Y aquel viaje inolvidable a Oslo: un amigo le dijo que se fijara en el hombre bajito que caminaba en la acera de enfrente. Era Henrik Ibsen, con su sombrero de copa y su cabellera blanca. “Hay algunas escenas en la vida de una persona que jamás se borran de la retina, permanecen para siempre en las profundidades de la mente”. ¿Y la vejez? Me parece que pocas veces he leído páginas tan bellas sobre este tema. Fueron años en que Stravinski acostumbraba escuchar a Beethoven mientras seguía sus partituras. Aunque aquí se olvida de la vida para adentrarse en los misterios de la técnica. Porque, en general, este libro tiene como tema la vida. Aunque parece que no siempre era así este autor, ya que sus conferencias en los Estados Unidos eran un fracaso porque se dedicaba precisamente a comentar obras musicales. Naturalmente, a su amistad con Serguéi Diáguilev y Vaslav Nijinski (los más míticos empresario de danza y bailarín, respectivamente) son motivo de numerosas páginas. Pero, en fin, a mí sólo me interesa contar que durante un concierto en que llegó el ejército ruso, uno de los músicos de la compañía comenzó a temblar convulsivamente mientras miraba al público. “¿Qué le sucede?”, le preguntó Stravinski. “Deseo entregarme inmediatamente a ese soldado”, le respondió. Un envidiable mundo artístico pasó ante los ojos de Stravinski, ni siquiera podría enumerarlo, pero si entre sus amistades se encontraban Coco Chanel o Erik Satie, no es de extrañar que en este desfile también aparezcan Pablo Picasso, Victoria Ocampo o Walt Disney. Cada personaje tiene su espacio y su momento para brillar, pues nada hay más aburrido que las listas. Así que cada contemporáneo tiene su oportunidad de actuar frente a nosotros, de dejar un momento quizá inolvidable. Es el caso de Aldous Huxley, quien paseaba con Stravinski por zoológicos, museos, calles con casas enigmáticas. A pesar de su casi ceguera, Huxley se acercó a un cuadro, en una galería, y reconoció la enfermedad de un campesino pintado en un cuadro: “Este hombre padecía de la pituitaria”. Y en un zoológico habló de todas las especies animales con su nombre científico y contó los secretos de sus hábitos sexuales. Dije que las listas son aburridas. Pues ésta no lo es, son las personas que trató Stravinki en casa de Huxley: hipnotizadores, economistas, parasitólogos, espeleólogos, industriales, físicos, ocultistas, una maga libanesa, hombres santos de La India, actores, antropólogos, educadores, astrónomos y alguno que otro escritor. Es una lástima que no pueda transcribir aquí con deleite las páginas de este libro…
Ígor Stravinski y Robert Craft. Memorias y comentarios / Memories and Commentaries (2002), tr. de Carme Font. Barcelona, Acantilado, 2013. (Col. El Acantilado, 281)