Old troubles with remote origins persist in modern Spain, including huge public debts, extensive corruption, widespread unlawfulness, oligarchical politics, territorial splits, and permanent protests and riots. When did Spain screw up? The Spanish Frustration provides an interpretation of several important aspects of present-day Spain and its past stories. It argues that, in the long term, Spain missed the opportunity to become a consolidated modern nation-state because it was entangled in imperial adventures for several centuries when it should have been building a solid domestic basis for further endeavors. In short: a ruinous empire made a weak state, which built an incomplete nation, which sustains a minority democracy.
La hispanofobia probablemente constituya la última manifestación de racismo que no sólo goza de representación parlamentaria, sino también de inexplicable respetabilidad intelectual. El último libro de Josep Maria Colomer es una prueba fehaciente de esa excepcionalidad. Es de suponer que sus generalizaciones estigmatizantes sobre españoles, hispanos o gentes del Sur habrían sido condenadas de inmediato al ostracismo si se hubieran referido a negros, musulmanes, judíos, eslavos, gitanos o personas de orientación no heterosexual; pero algo me dice que la corrección política, que tiene sus intereses y sus caprichos, contendrá su vehemencia ante esta suerte de Guía Routard por la España negra dirigida a dummies independentistas.
Según Colomer, los «habitantes de la Tierra de Conejos» (p. 15) conforman «un paisanaje que duda entre la apatía, el cinismo y la bullanga» (p. 14). Se trata de «una población devota de las tradiciones locales, que tiende a considerar que el trabajo es un castigo divino, [que está] habituada a escudriñar a cualquier extraño en la calle, inclinada a discutir en tertulias interminables y a matar el tiempo en bares y cantinas» (p. 270). En el exterior, Colomer, fan confeso de la Commonwealth (p. 13) hasta incurrir en patrioterismo británico (pp. 48 y ss. y 147), se refiere con desdén a la «imaginaria» comunidad de hispanohablantes que llamamos «hispanidad» (pp. 59 y ss. y 142 y ss.) y trata de ridiculizar insistentemente las medidas de promoción de la lengua española en el exterior (desde el Instituto Cervantes al Festival de Eurovisión (!), p. 167). Dentro de España, imputa absurdamente al castellano una tiranía lingüística (pp. 159 y ss.), de la que es precisamente víctima en Cataluña, donde se le niega al menos al 64% de sus habitantes el derecho constitucional al uso de su propia lengua castellana en las escuelas.
Ante tanta imaginación, resulta tentador suponer que nos hallamos ante una intrigante obra de ficción, pero su autor nos ha informado pronto de que estamos ante «un ensayo interpretativo» (p. 9). Aunque no conozco ningún ensayo que no sea interpretativo (cosas de las ciencias sociales), quizá Colomer quiso reconocer así la falta de objetividad y rigor de su «interpretación de varios aspectos importantes de la España actual a la luz de su historia moderna […] [y su] interpretación de historias pasadas a la luz de la España actual» (ibídem). Esa será la única luz que brillará en las páginas de este libro lúgubre y sórdido, que se empeña en sumir a nuestro país en sombras y tinieblas hasta volverlo irreconocible a la luz (ahora sí) de la evolución que durante los últimos cuarenta años han experimentado la economía, la cultura democrática, la educación, la sanidad, la protección social, las mores, las Fuerzas Armadas, el arte, la cultura, la descentralización, la integración en Europa o las políticas de género. Y, sin embargo, apenas existe algo, ya sea en estos cuarenta años de éxito constitucional o en nuestra historia más remota, que merezca no ya el aprecio, sino el respeto de Colomer. Bien pensado, la falta de ecuanimidad de este libro resulta tan burda que quizá sólo halle su lugar en el subgénero de terror propagandístico de la leyenda negra hispanófoba, a cuyas servidumbres los españoles nos hemos resignado durante siglos. María Elvira Roca Barea ha identificado en Imperiofobia y leyenda negra algunos tópicos recurrentes que el libro de Colomer viene a satisfacer, se diría que de manera obediente: inmisericorde crítica interior, inexplicabilidad del imperio, racismo o elitismo y respetabilidad intelectual. Veámoslo.
La inmisericorde crítica de los propios españoles es de todos conocida y casi por todos practicada, y hacerlo con algo de rigor y elegancia sería de agradecer, pero Colomer renuncia a ello. Siguiendo un método sensiblemente anecdótico, busca confirmación de tesis etnográficas en un «refrán» (sic) como «más papistas que el papa» (p. 43) o en el tango Cambalache, que aparece por ahí (pp. 96 y ss.), no se sabe muy bien en apoyo de qué. Quizá por una vocación divulgadora que se le ha ido de las manos, el autor nos descubre citas que jamás habíamos escuchado, como «¡Que inventen ellos!», «En España, investigar es llorar» o fuentes desconocidas como el «Vuelva usted mañana» de Larra (p. 29). No contento con tal exhibición de erudición, consigna la aclaración wikipédica de que Quevedo fue un «cortesano gruñón y escritor satírico» (p. 34), lo cual no se sabe bien si responde a las pocas luces que espera de su lector objetivo o al poco interés que tiene por la historia de nuestra literatura, lo cual se confirmaría por vía estilística en el castellano anodino en que está escrito el libro. Tras sus simplistas referencias a la picaresca española (pp. 94 y ss.) late una preocupante confusión de fantasía y realidad, necesitada con urgencia de diagnóstico oftalmológico. En la distorsionada España de Colomer, se diría que los españoles vivimos inmersos en el Pascual Duarte de Cela o en Las Hurdes de Buñuel. Y ya que Colomer bucea o chapotea en la literatura de nuestro Siglo de Oro para buscar en ella las esencias del pueblo español, podría haber considerado la opinión de algunos especialistas que nos han mostrado cómo nuestros escritores adoptaron en muchos casos la narrativa de la Leyenda Negra en un ejercicio de lo que se ha denominado a veces «autoetnografía». Autoetnografía es la estrategia que siguió la gran Tina Turner cuando ofreció a la audiencia supremacista wasp lo que quería ver: el estereotipo de la mujer negra hipersexualizada. Pues bien, algo semejante hizo Lope de Vega cuando caracterizó a su arquetipo español tal y como quería el resentimiento acumulado por tantas potencias sometidas al poder español.
La tesis central del libro consiste en que España es un Estado que se lanzó a construir un imperio demasiado pronto (como si uno fuera previendo esas cosas), sin haber consolidado previamente un Estado. Ciertamente, de haber contado con satélites geoestacionarios, Felipe II podría haber organizado mejor su expansionismo y tampoco habría estado mal disponer de portaviones nucleares; por no hablar de oficinas de planificación familiar, talleres de género y ombudsmen; pero reprender a aquellos gobernantes de hace cinco siglos por haber carecido de más vista, de instituciones más modernas y de mejor tecnología parece poco caritativo; aunque no sea necesario entrar en detalles, porque de lo que se trata aquí es del segundo rasgo de imperiofobia de Colomer: la inexplicabilidad del imperio. Lo que Roca Barea llama «síndrome del Imperio inconsciente» es un elemento vertebrador del libro de Colomer, quien asegura que España en 1492 (cuando «se jodió», dice él, en la página 12) era «tan pobre como [la] Gambia» actual (pp. 25 y ss.). Se trata de un anacronismo irrelevante cuando consideramos que Roma podría tener en el siglo VIII a. C. un presupuesto más pobre que el de Pineda de Mar, por ejemplo; algo que, por cierto, sólo extrema mi admiración ante las formidables disposiciones de una comunidad capaz de progresar cohesionada en pos de un ideal como el de la æternitas romana. Cuando Colomer trata de explicar por qué España no pudo mantener sus quince millones de kilómetros cuadrados de imperio, en realidad está buscando otra cosa. A Colomer, el imperio español no le parece tanto inexplicable cuanto injustificable. Lo que quiere decir (aunque él quizá no lo sepa o no lo quiera confesar) es que los españoles no merecían su imperio. Quizá lo merecieran los ingleses o los franceses; quizá los catalanes, quizá los vascos; pero no los españoles. Pero no se lo tomemos a mal. Al fin y al cabo, ni los intelectualistas (y xenófobos) griegos se explicaban el éxito de los incultos romanos; ni los sofisticados europeos salen de su estupor ante la hegemonía gringa; ni los refinados humanistas italianos, ni los ilustrados franceses en sus salones, ni los erasmistas nórdicos pudieron (i. e. quisieron) explicarse jamás la hegemonía española. Hispania, simplemente, non placet, dirá Erasmo y no gusta, para más inri, porque los españoles éramos sospechosos de sangre turbia, mora y marrana. Nos llaman racistas los racistas (pp. 155 y ss., por ejemplo), como nos confirma Colomer cuando concede valor «explicativo del caso español» (de «nuestra mezcla de pueblos», p. 270, pero también de «los países a lo largo del Ecuador», p. 51) a la afirmación de Montesquieu de que en lugares de clima caluroso «no hay curiosidad, ni empresa, ni generosidad de sentimiento; las inclinaciones son todas pasivas; la indolencia constituye la mayor felicidad» (p. 27). Con elitismo entreverado de bobalicona anglofilia (pp. 48 y ss.), Colomer desprecia a diestro las manifestaciones culturales y religiosas de toda España (pp. 152 y ss.), y a siniestro nuestros movimientos obreros «primitivos, rebeldes y asilvestrados» (pp. 106 y ss.) e «intelectualmente débiles» (p. 108). De la quema no se libra ni el liberalismo de «La Pepa», Constitución tan liberal que cedió su calificativo a todos los liberales que en el mundo han sido. Y, por no gustarle, a Colomer no le gusta ni siquiera el fútbol. La verdad es que a mí tampoco me vuelve loco, aunque desconocía yo que sólo moviera masas en nuestro país (pp. 177 y ss.). Aunque en unos términos sospechosamente vagos («la corrupción está más extendida que en la mayoría de los países europeos», p. 104), me parece bien que Colomer se queje de la corrupción, si bien considerarlo un fenómeno singularmente hispano me parece ir demasiado lejos.
Quizá la hispanofobia sea el último reducto de racismo biempensante, porque se ha considerado conveniente mantenernos presos de la ambigua condición de etnia opresora y oprimida. Se nos desprecia, así, por ser los más pobres y los más poderosos (a pesar de que no seamos ni lo uno ni lo otro) y con tal pretexto se nos persigue en lugares tan diversos como Estados Unidos (wetbacks) o Cataluña (charnegos). El libro que aquí se reseña es en sí mismo una prueba de esa hispanofobia reinante y del buen tono que la ampara. No deja de ser significativo, en fin, que su autor lo concibiera desde la cátedra Princesa de Asturias en Georgetown (Estados Unidos), una plaza impulsada, como cabe imaginar al estar así bautizada, con el noble fin de defender, entre otras cosas, el buen nombre de nuestro país. Tras conocer este libro y su circunstancia, ¿cabe sorprenderse de que fuera también titular de esa cátedra la fugitiva de la justicia, Clara Ponsatí, protagonista de la algarada de octubre en Cataluña? ¿Cuándo dejaremos de echar piedras sobre nuestro propio tejado?--->Alfonso García Figueroa, profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad de Castilla-La Mancha.
Es probablemente el libro más tendencioso y sesgado que he leído nunca, lleno de medias verdades. Una visión de España caricaturizada hasta el extremo y en la que no hay hondura de percepción ni de reflexión. El único interés del autor es la ridiculización, más que hacer un análisis riguroso, ponderado y sereno, cualidades que brillan por su total ausencia. Para el autor, España es el epítome de la barbarie y el atraso. Ya en sus primeras páginas aprovecha para hacer una comparación nada casual : la España (monarquía hispánica) de 1492 era la Gambia actual. Y así, todo el resto del libro. Su discurso se basa en enhebrar, una página detrás otra, todo lo que a lo largo de los siglos el país ha hecho mal. Y entre toda esa retahíla de despropósitos de los que hemos sido protagonistas, no es capaz de encontrar ni una sola cosa positiva. Por supuesto, para el autor no existió ni Isidoro de Sevilla, ni el primer parlamento de Europa (1188, Cortes de León), ni la fundación de dos de las primeras universidades (Palencia y Salamanca), o la formación, en el siglo XII, de la orden dominica, institución que, citando a Stanley Payne, “resultó esencial para el desarrollo del pensamiento y la teología en los dos siglos posteriores”. Tampoco existió el Siglo de Oro con todo lo que culturalmente significó a nivel europeo, tanto en literatura, como en artes, arquitectura o pensamiento. Ni, por supuesto, existió el escolasticismo económico de la escuela de Salamanca, en la que algunos (Schumpeter, por ejemplo) fijan el origen de la ciencia económica, ni tampoco el liberalismo político de principios del XIX. Todo esto, y muchas cosas más, las omite el autor de manera consciente y deliberada para no perjudicar su discurso simplista e inmisericorde. A pesar de que Oswald Spengler dejó dicho en La decadencia de Occidente que “la cultura occidental, en su periodo de madurez, fue un producto francés surgido de España”, para el autor, en cientos de años, España lo ha hecho todo mal. Entre las páginas del libro , de vez en cuando, aparecen algunas verdades que no deberíamos obviar como país, tanto de nuestro pasado, como de nuestro presente. España no ha sido precisamente cuidadosa con la gestión de sus finanzas o de sus instituciones, males que todavía persisten de una forma u otra. Lo malo es que estas verdades, y otras, se pierden en medio de un análisis tan profundamente manipulador y reduccionista, como falto de la más elemental ecuanimidad en el juicio. España, como cualquier otra nación, tiene luces y sombras. Y toda valoración que se haga, tanto de sus logros como de sus fracasos, ha de ser ponderada para evitar, de un lado, la complacencia irreflexiva; de otro, la crítica despiadada. Me he preocupado por ver el CV del autor, y no parece que sea tonto, precisamente. Por lo que la única explicación que veo en este libro es la de aprovechar- tanto el autor como la editorial Anagrama- un nicho de mercado que demanda un lector necesitado de un antagonista para justificar las propias deficiencias de su soñada Ítaca que, no lo olvidemos, al volver Ulises tantos años después de su partida, continuaba siendo la misma tierra yerma y baldía. Ideal para mentes simples y maniqueas. Exige tan poco del lector, como poco le ofrece.
I had picked up this book because the title intrigued me. I have sometimes drawn curious parallels between Spain and Russia, such as the idealization of the peasantry in the Narodnik and Costumbrismo movements, and the claim that material poverty makes for spiritual superiority over the decadent West.
So I had thought that perhaps Colomer was following along the lines of Geoffrey Hosking who argued that the imperial identity impeded the national identity among Russians, delaying the development of a proper Russian nation.
There is some of that in this book, as Colomer occasionally points out that the Spanish liberals who, for example drew up the Constitution of Cadiz, conceived Spanish to mean the people in the Americas too.
But this wasn't exactly the focus of the work. Colomer says that his thesis is that the Spanish Empire arrested the development of the Spanish nation, but this work does not quite do that.
There is an enormous amount of information and I found myself jotting down notes constantly. We learn that the concept of the Reconquista is a modern nationalist invention, and one that could be contrasted with the Convivencia of Americo Castro.
We learn that the Spanish resistance against Napoleon was more religious than national, as the Spaniards believed the French to be atheists. We learn that the Spanish Army has not defended Spain from a foreign enemy in a very long time.
Despite this, we learn the curious fact that Spain's demographic and material losses in the first half of the twentieth century were comparable to those of other states in the World Wars. Primarily this was due to the Spanish Civil War, but also the Spanish-American War and other smaller conflicts. Colomer says, Spain suffered the losses without the benefits of victory as, say, France and England enjoyed after 1945.
In his work on the wars of Latin America, Robert Scheina quoted a jest made by some DC wits that if the Latin American militaries were not constantly trying to overthrow their own governments they'd have nothing to do.
We could make this same tongue-in-cheek observation about Spain as well. Colomer shows that the Spanish Army was far too involved in politics, which he believes was due to the weakness of the civilian government. He shows that Spain has had less time as a democracy and more time as an autocracy over the last two centuries than other states in Europe like Italy or France.
We might say also, though Colomer does not say so explicitly, that the Spanish Army was unique in being aloof from society. Colomer notes that more egalitarian armies like the French, succeeded in instilling national consciousness. The Spanish Army allowed too many exemptions and had too many officers, so that the burden of service was not equally distributed and the army could not have been a factor of social cohesion.
He asserts that Spanish democracy is hardly representative of Spain's people even now, and that there is little difference between caretaker governments and elected ones. He notes that many governments have been ruling minorities, as parties have failed to win majorities.
Colomer also notes that Spain has received from the EU financial aid comparable to that of the Marshall Plan for all of Europe, and surely this must have had much to do with Spain's impressive economic expansion in the postwar period.
There are a few interesting insights at the beginning of the work about how contingent the evolution of Spain was. That Portugal might have been united instead, that Columbus might have been turned down, that Aragon may have remained independent, and so forth. Many of this was dependent on royal disputes in Castile and Aragon, and on the deaths of monarchs.
That Charles of Ghent inherited both Spanish Kingdoms as well as Burgundy and Austria was an extraordinary historical accident with profound consequences. That Isabella decided to fund Columbus when nobody else would was the determinant of the Spanish Empire.
Given how easily the Spanish conquered America, it could have been done by any European state. Fate, if you will, decided it would be Spain.
Colomer is in agreement with most historians now that the empire was ruinous in the long-term, and that Spain's European commitments, especially in Holland, sapped the vigor of the Golden Age.
He makes an interesting contrast with the British Empire here, where he points out that the Spanish Empire was ruinously expensive and the wealth of the Americas was immediately expended upon endless wars, whereas the British Empire was far cheaper and more sustainable.
Some of his arguments are along the lines of the Black Legend, however, and should be treated with caution. He says that the British used bronze guns during the Armada against the Spanish steel (sic) guns. In reality, of guns, the English were famous for iron (not steel) guns as Cipolla taught us, and the Spanish were using bronze guns.
He belabors much on Spanish corruption and inefficiency, but new scholarship on the Bourbon Reforms suggests that Spain was not so hopelessly poor and backwards.
His core argument is that Spain developed as an empire too early, that it exhausted her energies in this direction. By contrast, he says, France and England developed as modern efficient states first and then undertook imperial expansion. We might cast doubt on this simplistic narrative.
One recalls Stradling in his work on the Spanish system in Europe that if we examine the France of Richelieu, for example, we find many of the same factors present that supposedly doomed Spain and are supposedly evidence of backwardness.
In the 1600s we might find more similarities between France, Spain, and England than differences.
But I am still grateful for this work because it provided me with perhaps the most profound insight I've read in some months. Colomer argues that in order to achieve a modern ideal nation-state, the state has to be strong.
Unfortunately, the Spanish state was weak. So most people could not speak Castilian nor could they read or write. Mass literacy and a national language are usually considered prerequisites for the modern nation-state, and Spain failed in achieving either until very recently.
More interestingly, Colomer points out that Sardinia and Prussia were the core state structures around which Germany and Italy were built, they were not spontaneous unifications, and by 1900 Italy and Germany were in many respects far more modern and much more nationalist than Spain.
This is incredible to me because Spain was politically united for centuries before them. Gellner once joked in refuting Anthony Smith's idea of ethnies that they were like navels, some nations had them and some didn't. Not every ethnie developed into a nation, and not every nation was based on an a prior ethnie.
Colomer made me realize that in the same way not every state leads to a nation. The Spanish state at first glance seems to resemble the French and the English, and to follow the adage that the state makes the nation. Spain is usually included in the rising nation-states of Western Europe.
But Spain did not follow the French pattern. The Spanish state was politically in existence as early as 1479 but no cohesive national identity formed for centuries after. Not even during the nineteenth century.
Spain was both a state and an ethnie, yet remained stillborn as a nation for a long time. Absolutely fascinating and compelling stuff. The state makes the nation, but in order to do so the state must be strong. This could give us clues as to why the Austrian Empire failed, or why postcolonial states are having such difficulty conforming to the nation-state model today.
This book was a lot of hit and miss, it was all over the place, at times it seemed to have no consistent theme, but if you can get past that it has some surprisingly impressive information.
Muy útil como critica a la idea triunfante de España. Funciona muy bien si se entiende que no es un libro de historia al uso ni un ensayo profundo. Sirve más bien para sacudir conciencias, no creo que el autor pretenda haber encontrado la verdad sobre España.
Creo que es más útil para estudiantes o para aquellos que les guste la historia pero no posean conocimientos profundos. También viene bien para promover un debate con sus posicionamientos.
Colomer nos repasa la evolución de diferentes etapas y hechos históricos con el fin de comprender el impacto de los mismos en la actual realidad sociopolítica y en cómo muchos de los conflictos y problemas del Estado se vienen repitiendo a lo largo de los siglos. Una interesante lectura para quien quiera comprender más del porqué de esta España.
La historia de una frustración es un libro recomendado para quienes sean unos aficionados a la historia y sobre todo a la historia de España y a su evolución. Aporta una visión mucho más crítica de lo públicamente normal.
Un ensayo valiente, aunque algo tendencioso, sobre la debilidad del Estado español. El autor hilvana bien sus ideas, y las escuda en un relato coherente, pero no deja de ser un lamento por la idea de nación mal ejecutada, un llanto hecho desde el imperialismo castellano por un catalán.
La mucha interpretación y poco rigor con las que aborda las cuestiones nacionales de Catalunya y Euskadi (obviando hechos transcendentales, emitiendo juicios de valor sesgados y dando por concluidas etapas que siguen vivas y palpitando) es el mejor síntoma para calibrar una obra certera en su mayor parte pero partidista en su conjunto.