País de lluvia reúne una docena de relatos cuyas historias se inscriben en la contemporaneidad y refieren a personajes sumidos en el abismo de la desesperanza y, en algunos casos, también de la desesperación. No obstante, esta condición es asumida por ellos como una especie de normalidad, generándose de esa forma un “clima” o atmósfera singular y denso.
Rasgos destacables de los cuentos incluidos en este volumen son, por un lado, su carácter elíptico, mediante la omisión o escamoteo de pasajes importantes del argumento, de modo tal que la historia, para revelarse plenamente, debe ser interpretada y completada por el lector y, por otro, una cierta inclinación al simbolismo.
Nacido en San José (Costa Rica), reside en México desde el año 2013. Estudió Filología Española en la Universidad de Costa Rica, ha publicado cuatro libros de narrativa. Actualmente, prepara su primera novela y su quinto volumen de relatos.
Este es un libro difícil, algo que no esperaba. Lo disfruté, precisamente por eso. El reto en su lectura es en parte debido a las diferencias, en forma y fondo, entre los cuentos. A veces el autor te lleva de la mano. Rayando en un acompañamiento exagerado. A veces tenés que leer el cuento dos veces para llegar a algo que se aproxime a la comprensión. La secuencia de cambios bruscos, uno siente a veces accidentados, es gran parte de por qué el libro es bueno.
Algunos ejemplos del acompañamiento, solo en el primer cuento, el más largo de la colección: a un lector que preste atención no hace falta la aclaración de “Phoebe se está acostando con otro y Patrick tiene una amante que le hace llamadas mortificantes a Phoebe”. Ni hace falta subtitular “David / Sloane”. Ni que el dueño de una agencia de servicios sexuales se apellide Sinfield. Ni que en la última sección literalmente se aclare que es la conclusión. Me enfoco en el primer relato pues ciertamente ahí hay material para una novela.
Ejemplos opuestos los hay en el resto de cuentos. Al menos en dos otras narraciones tuve que leer gran parte de los mismos varias veces, para ubicarme.
Este contraste, que lo obliga a uno a prestar una atención aumentada (en un mundo de atención-digitalizada), para ver si realmente comprendimos, hace de País de lluvia un libro valioso.
Pero además Arroyo es un escritor con talento. Sabe transportar, interesar y mantener a quien lee. Sea en un relato extenso (43 páginas) o uno breve (4). Los diálogos siempre son rápidos, cortantes y punzantes, a veces hasta cáusticos. Los personajes viven en mundos grises, donde parece habitar una presión, casi un terror, que nunca se devela completamente. La tensión narrativa cautiva.
Son relatos sumamente maduros, que van desde la más pura sencillez e inocencia (algunos en un entorno desconsoladamente industrial pero inocente a la vez, otros en el mundo más típicamente tercermundista posible) hasta momentos en que, uno cree que a propósito, rayan en lo imposible.
Son personajes que viven entre la desesperanza y la desesperación, como precisamente se dice en la contraportada. Pocas veces se resume un libro, en su propia publicidad, tan bien. Pero agregaría que viven además dentro de una olla de presión con la tapa sellada. En la que el calor acaba de iniciar.
Ya desde Plancton, su primer libro, Arroyo anunciaba una voz interesante dentro de la narrativa corta costarricense y País de lluvia no hace más que confimar dicha expectativa.
El libro, muy diferente a Plancton, que contenía microrrelatos, propone apenas seis narraciones en poco más de cien páginas, pero resultan tan llamativas y enigmáticas dan para muchas relecturas y reflexiones.
La técnica de Arroyo me recuerda a la famosa teoría del iceberg de Hemingway, quien apostaba por relatos que solo mostraran una pequeña parte de la historia, obviando lo medular. Arroyo sigue un procedimiento cercano, pero más que mostrar solo la punta del iceberg, me parece que sus narraciones orbitan la historia como un satélite que nos mostrara solo ciertas aristas a partir de las cuales tenemos que hacernos una idea de lo que ocurre. Los métodos para conseguir este efecto van desde la elipsis deliberada ("Las reglas del juego") hasta una muy interesante oscilación del punto de vista ("La torre de Rorschach", "El mito de la gran inundación"); "Americana" uno de los relatos más elaborados y retadores del libro, incorpora ambos procedimientos, consiguiendo una complejidad que, como los buenos relatos, deja mucho en qué pensar.
Por último, quisiera destacar "Las primeras lluvias" y "Parábola del descalzo" como mis cuentos favoritos del volumen. Ambos presentan una serie de obsesiones inexplicables que cuestionan el raciocinio y la causalidad desde premisas a un tiempo muy humanas y radicalmente absurdas, sin darnos soluciones fáciles a los múltiples enigmas que presentan.
La narrativa de Sergio Arroyo, pues, es desafiante y original, por lo que su aporte a la cuentística costarricense contemporánea no puede más que agradecerse.