He ido de la mano de Maqroll y compañía por buena parte de este mundo. He sentido el mar y el río golpeando las naves, arreciando con furia cada vez que el alma trastabilla en medio del pasado. He recorrido los laberintos que surcan la memoria, los surcos que quedan tras las experiencias marchitas, los abrazos dados en prenda y las alegrías que, efímeras, se extienden por el mundo cuando el ser humano decide preguntarse por qué ha sido de sí. Porque Maqroll, El Gaviero, ha sido lo que la vida ha permitido: es el conjunto de posibilidades que se asumen bajo el frenesí de la siguiente aventura. Y es que Mutis se permite entrever qué puede ser una vida furiosa: un horizonte intempestivo.
Como si de los relatos de la vieja usanza se tratasen, aquí Mutis traza la vida de varios personajes entrañables: desde Ilona, Flor Estevez, pasando por Abdul, Irruti y los diversos capitanes de navíos; cuando no se trata de la ciega o de los Álvarez, el paisaje, teñido por las peripecias del mundo, rememora que otros han sido...que otros serán. Que toda vida es fútil y no hay más que el tránsito por los días y las noches. Cada tanto, la voz de otros tiñe las páginas para hablarnos de otros que ya fueron, que supieron ser. Entre diarios y narraciones orales, cada quien da su versión de los hechos. Eso sí, nadie pretende ser edificante: la vida auténtica no ostenta tal carácter por su connivencia a la moral predominante; sino por su arrojo y fortuna.
Porque un buen relato ético permite situar al ser humano ante sí mismo y sus posibilidades, Mutis entrevé que toda vida tiene el mérito de haber sido. No se trata de la condena, o del mero aplauso desenfadado por las buenas acciones: todo versa sobre la existencia. Sobre lo que se puede ser en medio del barullo y la algaravía de este mundo. Maqroll lo sabe. Nada vale todo el oro del mundo. Nada es intangible: toda gloria puede ser manoseada. Los consejos, como decía Walter Benjamin, implican la continuación de una historia: la de la humanidad y la naturaleza en el fragor por la existencia. Somos lo que otros han dejado y lo que hemos osado desear con fuerza.
No es más. No hay mucho más.
En esta suerte de relatos de la vieja usanza, narraciones orales que se facultan que una vida se incruste en el devenir del tiempo humano, Mutis destila la vida de todos esos que bien existen y serán siempre. Sin conocerlos, sabemos que allí están. Que transitan bares y avenidas en busca de la fortuna, del vértigo que incita la transgresión. En estas historias, que rememoran relatos como los de Stevenson, Verne y Celine en mixtura, existe una invitación inapelable: la de ver lo gris de nuestro tiempo e intuir otros posibles por los cuales luchar. Que el ser humano es mucho más que el arrume de papeles que reposan sobre él en los estantes de la burocracia, que sus obligaciones son primero consigo mismo antes que con este mundo miserable y vano.