El pericazo sarniento es un ensayo personal, el relato sin contemplaciones de un adicto a la cocaína. Carlos Velázquez ha logrado contar su paso por el infierno con una prosa dura, directa. La mente del adicto es un misterio y Velázquez emprende ese viaje al fondo de la noche y él regresa con este poderoso libro de memorias. La droga es un paraíso artificial y un infierno real, ese reloj que marca la hora del placer cuando la coca entra al cuerpo, la desesperación por la ausencia de la grapa, la ansiedad de un nuevo pase, la aventura de la compra en barrios donde el adicto se juega la vida. No hay ironía sin melancolía, este es el péndulo en el que oscilan estas páginas magnéticas.
Carlos Velázquez (Coahuila, 1978) es autor de los libros de cuentos Cuco Sánchez blues (2004) y La Biblia Vaquera (nombrado entre los libros del año en 2009 por el periódico Reforma). Según Sergio González Rodríguez «es el libro que el norte inventó para explicarse a sí mismo» y está llamado «a cambiar la recepción y la percepción de la literatura mexicana y sus aires de altísima cultura hecha de mausoleos» (suplemento El Ángel), y que en palabras de Rafael Lemus, «es el producto más divertido e iconoclasta de la narrativa norteña» (Letras Libres). Velázquez recibió el Premio Nacional de Cuento Magdalena Mondragón y ha sido antologado en el Anuario de poesía mexicana 2007 del Fondo de Cultura Económica.
El Pericazo Sarniento (Caly Arena 2017) de Carlos Velázquez es un librazo en el que el lagunero se deja ver como un excelente heredero del nuevo periodismo estadounidense. Es, a diferencia de sus libros de cuentos, un ensayo personal, una confesión de su amor por la cocaína, una crónica de esa adicción. Lo mejor, creo yo, es que es bastante honesta, directa, brutal. No cae en posiciones morales ni de arrepentimiento, sino que se erige con orgullo y humor como un "atascadote" de la coca. Sabe que debe siempre burlarse de él mismo para cuando la vida lo quiera hacer él ya esté preparado, esperándola con un pase. Después de esta lectura se le debe ver a Velázquez como un compa, porque así nos cuenta su historia, como si fuéramos sus fieles amigos de pary, borrando la frontera entre escritor y lector. Chingón.
No importa cuántas hayan sido jocosas, hayan terminado en simpáticas anécdotas o en meros sustos: hacer un recuento de las veces que se ha mirado el abismo hasta casi ser abducido debe, al menos, enchinar la piel. En estas crónicas o memorias (en la portada se anota como “ensayo personal”, pero poco de ello veo en los textos; las reflexiones ontológicas son menos que el mero inventario de los hechos), Velázquez nos presenta, de forma cruda y sincera, su relación con las drogas, desde que era un adolescente hasta sus casi cuatro décadas de existencia. Los altibajos, los problemas intra y extramaritales, la hermandad con y la separación de otros yonquis, sin excluir otro perenne rostro del infierno de los estupefacientes: los traficantes y la guerra contra el narco; desde luego, aunque el tema es complejo y peliagudo, la antisolemnidad y el desparpajo a los que nos tiene acostumbrados este autor, amén de sus referencias a la cultura pop y al rock, impregnan muchas de sus páginas, lo que lo vuelve un texto sabrosón (pero no por ello menos entrañable, repito). Quiero citar, en extenso, las palabras de Ricardo E. Tatto en su texto publicado en “Milenio Yucatán”, pues me parece pertinente conocer la postura de alguien que, supongo, no es neófito como quien esto escribe: “La publicación, en cuanto ensayo y crónica, adolece de cierta superficialidad, pues no hay digresiones oportunas, tampoco profundidad de análisis en cuanto a los comentarios socioculturales de la época que le tocó vivir, que son los años que conforman la violenta llegada de los Zetas y la postrera guerra contra el narco por parte del gobierno de Calderón. Por lo que para el lector no hay un asidero que lo ubique en el conflicto salvo la perspectiva personalísima y enrevesada de un adicto que sobrevivió a todo ello sin mella alguna. El libro incluso podría emparentarse con el periodismo gonzo, pero se queda corto por falta de oficio reporteril y dada la ausencia de una mirada incisiva salpicada de datos”. Yo sólo agregaría que no creo que la intención del autor sea hacer periodismo ni un análisis sociocrítico de la realidad mexicana: simplemente, busca autobiografiarse. Sin caer nunca en apologías ni en la idealización del mundo de las drogas (a pesar de que muchos podrían pensar lo contrario), “Carlos Velázquez ha logrado contar su paso por el infierno con una prosa dura, directa”, como advierte Rafael Pérez Gay en la cuarta de forros del libro. Y concluye: “Así ejerce su libertad Velázquez en este relato único en nuestras letras: traer del más allá una muestra de las regiones oscuras de uno mismo, pero también un trozo de la vida misma”.
Este libro llegó a mi de manera muy curiosa; mi profesor de Ensayo literario de la preparatoria un día llegó con un montón de libros a clase y nos ofreció tomar los que nos llamarán la atención; yo con esta idea de adolecente punk en la cabeza, por supuesto que me fui por el que tenía que ver con las drogas. Pero ni mínimamente esperaba lo que este libro y sus anécdotas me iban a brindar; el libro desde el momento en que lo acabé a ocupado un lugar muy especial en mi corazón.
Queda claro que Carlos Velázquez es sincero. Mucho. Todo lo sincero que pueda ser alguien. Su historia autobiográfica divierte, cala, conmueve, asquea. Hace reír, reflexionar y entender. Entender sus circunstancias, sus errores grotescos y recurrentes, su humanidad al pensar en su hija. No hay autocompasión ni justificaciones baratas. No hay ninguna solemnidad no pedida. Velázquez asume el costo de la vida que ha llevado. No cae en el discursillo ese del adicto afligido que, recuperado o no, va por ahí pontificando sobre lo excelsa que es la vida de quienes están libres de vicios. El libro es también un recorrido cronicado sobre la debacle del Estado Mexicano en su guerra contra las drogas. Vaya, hay violencia en este libro, hay reminiscencias de la peor era de la guerra contra el narco (que aún no acaba ni acabará), pero más como contorno que como núcleo. Lo importante es que esta historia, la genealogía de un adicto, sucede en la trastienda. Aquí se lee un inframundo vecino --anterior y luego paralelo-- del otro inframundo de las cabezas colgantes, las narcomantas y los levantones (el paroxismo de la violencia comenzada en el sexenio de Calderón; pero no piensen que las ejecuciones y ajustes de cuentas no existían antes, que Carlos lo deja claro en su relato). Por eso, el testimonio de Carlos es tan valioso: entrega una muestra fidedigna de cómo funciona la mente de un adicto. Si las novelas son la vida privada de las naciones, El pericazo sarniento no necesita de la ficción para hurgar en los más emotivos y profundos sentimientos de un escritor que se enamoró de la cocaína. Son cuatro estrellas porque en algunas partes del libro me quedaba esperando algo más. ¿Qué? No lo sé con precisión. Ah y también porque hay unos cuantos deslices gramaticales. Le faltó mejor curación al material.
Dice Spinetta que "no todo tiempo por pasado fue mejor, mañana es mejor". No suelo ser nostálgico. Si algo me caga es esa gente que sube fotos de perfil a sus redes sociales cuando eran delgados o jóvenes. Pero si un día Dios bajara del cielo y me preguntara en qué etapa de mi vida me gustaría quedarme a vivir, no dudaría en responderle que en ésa. Cuando la coca estaba a la mano, era barata, y yo la disfrutaba más que cualquier cosa en el mundo.
Muy al estilo de Carlos: lenguaje crudo y directo, sin contemplaciones, llamando a las cosas como son.
Resulta ser un testimonio honesto y certero acerca de su experiencia como adicto, principalmente a la cocaína. Sin duda, tiene mucha suerte de no haber muerto hasta ahora y de no tener, aparentemente, repercusiones serias a su salud.
Pero más allá de su testimonio personal, es el testimonio de toda su vida, sus filias y sus fobias, sus frustraciones, sus amores, su hija (quien resulta ser la única razón que lo obliga a replantearse su vida).
Una suerte, conocer la experiencia de vida de Carlos Velásquez.
13/45 La pluma de Velázquez es ligerita y divertida... y ya, porque después de 80 páginas de adictos y dorgas, la cosa se pone monótona... pero no por ello deja de estar entretenido. En ese sentido, me parece mucho mejor El karma de vivir al norte, just saying
Me pareció muy bueno, quizá por estar involucrado en el tema de las drogas, aunque en mi caso desde el punto de vista de la rehabilitación. Muy crudas y creíbles sus historias que pudieran ser las de cualquier persona involucrada en su consumo.
La coca es la droga de la motivación. Puede convertirse en tu enemiga. Pero es un libro de superación personal. La humanidad desea sentirse bien. Y la falsa sensación de seguridad que otorga es suficiente para caer.
Es muy ligero. Cualquiera que haya estado enganchado al perico sabe que el autor también lo ha experimentado. Y manejar el tema con tanto humor y desenfado me ha encantado.
Execelente libro, el escritor con valentía narra capitulos de su vida donde han estado presentes sus adicciones a las drogas y todos los problemas que van de la mano.