«Por cada trescientos cuatro mil carros que se estrellan en las carreteras apenas se cae un avión. Por cada seiscientos veinte mil autobuses que se voltean en las carreteras apenas se cae un avión. Por cada dos millones de motocicletas que se trituran, se deslizan, se desarman, se golpean, por cada dos millones de ellas que
Esta debe ser la cuarta o la quinta vez que leo esta novela de JCMG, publicada en 1999. Y me sigue divirtiendo y conmoviendo. Ojalá alguna editorial española la reeditara.
¿Dónde queda el pasado? Si el camino de vida suele verse como una sucesión de bifurcaciones ante las cuales unas veces se escoge el camino, otras tantas se sigue la corriente y alguna que otra más nos obligan a ignorar la senda que habría sido la preferida, ¿es ocioso pensar que la vida que nos estaba destinada, la que merecíamos o la que nos era más cómoda se perdió en una de esas tantas bifurcaciones? Sucumbir a mirar hacia atrás, contar de nuevo una, mil veces ante un público que lo conoce ya el relato del acto azaroso que te llevó a donde estás ahora, sería como volver a trazar en la página todas esas “Y” imaginarias hasta romper el papel: hasta que brilla sin hollar esa región de la hoja donde queda el camino no recorrido. Una isla blanca de la vida no vivida.
Eleazar ha llegado al periodismo un poco por descarte, por un desapasionado balance entre habilidades y comodidad. Y al matrimonio con Marilyn, desde un vaso de Pepsi Cola derramado sobre su falda en la fiesta de pregraduación. ¿Por qué pensar entonces ahora en Esther, su ideal adolescente, la que pudo ser su novia esa misma noche, en esa misma fiesta?
Dos ideas prestadas de la ciencia ficción me socorren en el porqué. Una es que la realidad se niega a ser modificada: el presente, terco, encuentra siempre la manera de volver a manifestarse a pesar de las maquinaciones que un hipotético viajero en el tiempo inserte en el pasado. ¿Pero y si es al revés? ¿Si esa burbuja de ayer resiste como una posibilidad cierta a pesar de todo lo que el presente insiste en superponerle? Y no es que el presente de Eleazar sea muy halagador: es su antisocial hipocondría, es su inminente divorcio, es un jefe hijo de puta en un trabajo del que igual da renunciar. Tal vez todo ese presente se desdibuja con la velocidad a la cual crece el brillo de esa posibilidad que podría no haber muerto aún.
La otra idea es la de las realidades paralelas: distintos tiempos que se solapan en un solo espacio. Eleazar intenta entonces acercarse a Esther transitando la Caracas que tuvieron en común, pero la ciudad ha mudado su piel muchas veces: el liceo, los vecinos, el antiguo cafetín están allí, pero ya “nada parecía nombrarla, nada parecía contenerla”. El pasado se ha mudado. Y tal vez lo que lo hace más nítido y posible ahora es que en vez de entrecruzarse con fantasmas, Esther y lo que ella representa viven ahora en un presente concreto, en una geografía específica y ajena. Alguien le ha contado que se fue a Tenerife. Y allá va Eleazar en pos de lo que pudo ser.
Este es el tipo de libro con el que me da pena decir que simplemente "no me gustó". Quizá hubo algo que se me escapó mientras lo leía, o el hecho de que por más que Méndez Guédez toque temáticas como la memoria, el pasado, la rememoranza, lo efímero y escurridizo del primer amor y el fracaso, no sentí conexión alguna con Eleazar y su infructuosa búsqueda por Esther.
Ménez Guédez escribe muy bien, la novela es sencilla de leer y tiene una narrativa agradable, que se maneja entre pasado y presente. Como venezolana, siento una especie de obligación de experimentar agrado hacia la obra del autor, pero creo que esto no es lo mío. Quedará en mi consciencia como otro libro que, como Blue Label, se vende hacia un público juvenil (del cual al momento de esta reseña técnicamente todavía formo parte) que particularmente no creo que disfrute mucho de él.
Ezequiel viaja a las Canarias a buscar a Esther, ese amor de su adolescencia al que nunca pudo declararse. Cuando tuvo la intención y la decisión, en la fiesta de graduación del bachillerato, fue interrumpido por un torpe accidente donde conoció a Marilyn, con la que más tarde terminaría casado.
Años después, separado y en proceso de divorcio, abandonando un trabajo de periodista bajo las ordenes de un jefe déspota con ínfulas de escritor, viaja en carnavales a Tenerife a buscar a Esther mientras evoca aspectos de su juventud, sus amigos y su relaciones en medio de fiestas, disfraces y alcohol.
Personaje inteligente e imbécil al mismo tiempo, inseguro, obsesionado con la comida y la limpieza, algo tragicómico, simpatía no me generó aunque su historia es graciosa por momentos.
J. C Méndez Guédez es uno de los más sólidos escritores venezolano; es extraño no encontrar nada más de él. Justo ahora, luego de tanto tiempo de editada en España, El Libro de Esther es recibido por Venezuela con entusiasmo y aprecio.