He adquirido la firme creencia de que todos deben encontrar las traducciones de La ilíada y La odisea de Homero que les correspondan, su propia zapatilla de cristal para considerar que su proyecto de lectura, tome el tiempo que tome, alcance el horizonte que alcance, tenga una base sólida. Hallé mi versión de La ilíada en Stephen Mitchell (todavía no me decido con La odisea ya que compararé su versión con la de Emily Wilson) y decidí buscar una de las lecturas que inspiró sus decisiones.
Es menester que los traductores literarios conozcan la controvertida y a veces irreverente pelea entre F.W. Newman y Matthew Arnold respecto a la traducción de La ilíada. La ilíada de Newman (con el adverbio "fielmente" para referirse a su modo de traducción) es una lectura incómoda en muchos aspectos y reto al lector común a tratar de disfrutarla de principio a fin. Esto, entre otros factores, resultó en una crítica apasionada pero honesta por parte de Arnold que dejó a Newman ofendido a tal grado que publicó una respuesta iracunda. Incluso es una pelea interesante para los estudiosos de la retórica y la argumentación que deseen ver un ejemplo claro de cómo la palabra final pertenece al que no pelea con base en falacias.
En sí, el inglés y Homero tienen una relación complicada. Ya que el inglés es un idioma territorial y hay una profunda fascinación por Homero entre los literatos que ha durado generaciones, es de esperarse que haya intento tras intento de crear "LA" traducción de Homero que se imponga sobre las demás, cada vez con más herramientas para defenderla como la autoridad. Este pleito ha durado hasta la fecha y ahora el enfoque está más en las cualidades del traductor que en la traducción en sí para determinar si una nueva entrada vale siquiera una revisada. Es un pleito generacional a la "dick-measuring" que han ocupado traductores y críticos literarios. Cabe destacar que hasta los últimos años había sido un pleito de hombres; dos mujeres entraron al quite al menos en el panorama del inglés: Emily Wilson con su traducción de La odisea y Caroline Alexander con sus traducción de La ilíada (de estas solo me interesa leer la de Emily Wilson ya que Caroline Alexander parece suscribirse todavía a ideas parecidas a las de Newman con su preservación de los epítetos del texto griego y no aporta algo de su perspectiva que en verdad cambie el panorama o lo reimagine a diferencia de Wilson).
Y este pleito es natural ya que la traducción es una disciplina de reacciones. Cada teoría, cada propuesta es una reacción a lo que se practicaba antes y no siempre se desplaza por las razones adecuadas. Si bien los traductores deben perseguir el siguiente paso no debe ser para huir del pasado; de igual forma, los traductores no deben apegarse al pasado por miedo a lo que el presente les ofrece. Pero la distinción entre progreso y escape, afición y respeto, es complicada y eso le aporta dinamismo a nuestro trabajo. A veces daremos un paso en la dirección correcta y a veces dos pasos atrás. Por eso, traducir u observar la traducción de clásicos será una ejercicio permanente (y deseable) entre los traductores y el público ya que ahí se puede apreciar como una gran línea del tiempo nuestra historia pobremente documentada. Contra documentos que relaten nuestra historia, mejor tenemos un tapiz de casi 100 traducciones al inglés de La ilíada para formar algunas conclusiones sanas.
¿Cuál es la consecuencia? Esta serie de ensayos de Matthew Arnold sobre la traducción de los textos de Homero que, aunque enfurecieron a Newman, a nosotros pueden ofrecernos mucho sobre la traducción de Homero y de cualquier autor si extrapolamos ciertos principios.
A lo largo de la lectura, claro que se reirán con los ataques al trabajo de Newman ya que no solo están bien fundamentados pero es tal la pasión de Arnold que es inevitable que se le escape un poco de humor en su ataque pero es importante que no veamos esto como un ataque deliberado. El propósito de Arnold es, antes que todo, que otros traductores sepan qué hacer y qué no hacer si eligen escuchar sus recomendaciones y la crítica que ofrece no solo de cuatro traducciones distintas, sino de la poesía de Homero y sus cualidades.
La crítica de Arnold es respetuosa y sus consejos pueden apreciarse claramente en la traducción que Stephen Mitchell hizo (no de manera servil, sino tomando lo que consideró útil y también tomando sus propias decisiones como otro crítico de igual estatura que sus predecesores). Este respeto que a veces su pasión nubla llevó a una respuesta tan agresiva por parte de Newman que Arnold ofreció unas últimas palabras al respecto y vienen por fortuna incluídas en este compendio.
Son las últimas palabras, considero, la parte más importante de esto ya que ahí clarifica algunos de sus argumentos más vagos (como la noción de un "gran estilo", la diferencia entre simplicidad y simpleza, así como el concepto de nobleza) y—tal vez con sarcasmo—hace énfasis en que su ataque no es para destruir a Newman (aunque no resiste la tentación de decir que el trabajo de Newman nos sirve para ver precisamente un error colosal en la traducción de Homero para que podamos estudiarla de esa forma), sino para informar a futuros traductores de la bifurcación en la que nos encontramos con frecuencia: darle preferencia a la poesía o a la filología.
¿Y cuál es el camino correcto? Cada traductor decidirá por su cuenta pero si quieren saber el mío, aconsejo leer la versión de Stephen Mitchell (también muero por leer la versión de Stanley Lombardo), que lean este trabajo de Arnold y que lean "Las versiones homéricas" de Jorge Luis Borges. Ahí verán mi preferencia.
Y si no, nada más lean a Matthew Arnold por ser una voz académica entretenida, inteligente, apasionada y sin el mal de la autocensura. Eso es algo difícil de encontrar en especial hoy en día. Tal vez si más lo leyeran, tendríamos más ganas de progresar.