Escenas que representan la vida cotidiana de la China actual, uniendo una sociedad moderna en plena transformación con las tradiciones más ancestrales o misteriosas.
Personas en bicicleta que cargan objetos insólitos, vendedores de brochettes de insectos, laberintos de centros comerciales, autopistas atestadas y el hallazgo, en un mercado, de una vieja e incomprensible máquina de escribir caracteres chinos son algunas de las escenas que representan la vida cotidiana de la China actual y que unen, de manera casi mágica, una sociedad moderna en plena transformación (la llamada “potencia del futuro”) con las tradiciones más ancestrales o misteriosas. Eduardo Berti viajó tres veces a China. Vivió algunos meses en Xi’An y en Pekín junto con su mujer e hijo. Fue extranjero y casi invisible. Como un niño que se asoma al mundo, con una mezcla de extrañamiento y desprejuicio, Berti escribe y describe en estas páginas un Oriente cercano y lejano al mismo tiempo. Y nos recuerda que “viajamos, entre diversas razones, para mantener viva la sorpresa, para no olvidar la abundancia del mundo y la variedad del hombre; para vivir esa clase de experiencias que también solemos buscar en los libros, en la ficción.”
Llegué a Eduardo Berti a través de Oulipo, un libro sobre una agrupación francesa en la que participó entre otros Italo Calvino y de la que es uno de los pocos que escribe en español. Con la curiosidad despierta miré sus libros en Mercado Libre y encontré éste a $500 (dos dólares) y lo pasé a buscar por una librería cerrada cerca de casa.
Lo empecé a leer y pensé que me había equivocado. Error de principiante de las compras virtuales: al sólo haber leído la contratapa y no hojeado -como se suele hacer en una librería- me había llevado un libro con anécdotas intrascendentes de un viaje personal que interesa a pocos más que al autor. Bastaron un par de páginas para derribar esa idea. Además de escribir muy bien Berti logra ir zurciendo una texto atrapante donde la búsqueda de una máquina de escribir (que da título al libro y lo atraviesa con un hilo conductor) tiene desencuentros, engaños, regateos por mail y vendedoras que desaparecen. Son ojos de turista y de viajero a la vez porque repara en lo distinto a nuestra habitualidad occidental, pero le suma el tiempo necesario (visitó China durante meses) como para detenerse en gestos, costumbres, manera de gesticular, de contar, expresiones idiomáticas con las que va tamizando en su punto gusto las aventuras y descubrimientos junto a su esposa Mariel (que oficia de traductora varias veces) e hijo.
La mayor parte del libro sigue este formato abarcando su segundo viaje de 2012 y en más de una ocasión hace paralelos con su primer viaje de 2004, principalmente para mostrar el contraste por el crecimiento económico. Cierra con un capítulo de su tercer viaje a China en 2015 con una propuesta distinta, haciendo honor a su carácter de oulipo: párrafos que comienzan con la fórmula “Recordaré que…” y que resultan igualmente logrados porque mezcla situaciones vividas con particularidades de los chinos y reflexiones sobre por qué viajamos que me resultaron muy interesantes.
En síntesis, es un libro que se lee rápido (169 hojas con tipografía grande) lo que no le impide transportarnos durante un ratito a China. Hasta me inspiró a bajarme una aplicación para jugar a la utopía de aprender mandarín.
Este libro de viajes, rescatado de la mejor sección de una librería (la de saldos) me interesó por otro motivo más que su exiguo precio: La coincidencia en los lugares -BeiJing y Xi'An- y la cercanía temporal -Berti en 2012 y yo en 2018- de sus crónicas. En definitiva, fue una lectura que no solo estimuló mi recuerdo, sino llena de anotaciones, contrastes y contrapuntos que fui marcando con lápiz en mi ejemplar.
Salvo algunas rarezas del lenguaje -letrero en lugar de cartel; Bus en vez de colectivo. "soga muy delgada" pudiendo elegir cuerda o piolín- no sé si para agradar al lector español o por los años de residencia en el extranjero de Berti.
Salvo unos cuantos "orientalismos" boludos -su tardía comprensión del fenómeno del regateo y posterior condena; su insistencia en que pocos chinos hablan "Inglés" o su exposición banal del maoísmo-.
Si exceptuamos el poco atrapante fetiche que guía su crónica -su obsesión y peripecias para adquirir una máquina de escribir caracteres chinos-, tiene también grandes aciertos bastante bien resueltos -sobre todo en la descripción de un tramo de la Gran Muralla China o Xi'An con las que no solo coincidí sino que no dudaría en citar como memoria personal-.
Leer este libro fue rememorar mi viaje a través de un compañero un tanto prejuicioso pero con buenas experiencias en común a la hora de los momentos importantes. No esperaba más que eso.
No suelo caer en crónicas de viajes pero en este caso disfruté bastante el formato liviano y accesible de la escritura. Un mundo completamente diferente al nuestro atravesado por la mirada de un occidental. Lo que lo hace ameno también es que el interlocutor es argentino por lo que muchas de sus observaciones posiblemente sería las nuestras también.