"Ya con los machos en la calle, mi hijo mayor entornó una hoja de la gran puerta. Yo volví la otra e hice girar por dos veces la llave, y aún la empujé para comprobar si quedaba cerrada. –¡Adiós, casa, adiós! Venga, vámonos –pensé, porque no tuve fuerzas para decirlo. Dentro quedaron sesenta años de mi vida, de entradas y salidas, de sueños compartidos, de cuentos, de planes alrededor del hogar… La entereza de mi madre me dio la fuerza para seguirla, dar media vuelta y marchar calle abajo, como una silenciosa procesión, sin volver la vista atrás, con tristeza contenida, apretando los dientes con rabia, por tener que abandonar la tierra que nos vio nacer."
Increíble libro. No está escrito de lo más divertido del mundo, pero es una historia imprescindible: los últimos años en un pueblo abandonado del Pirineo. Describe todo un modo de vida tradicional que ya se ha perdido, y cuyos saberes se fueron heredando durante siglos. Muestra la enorme pena de los que abandonan el pueblo (el autor es uno de ellos, y habla en primera persona). Es muy bonito también cuando se mudan a Huesca y cuenta las reuniones de los domingos en la Plaza Zaragoza con toda la gente de muchos otros pueblos abandonados del Pirineo. Me llamó la atención la actitud que tienen ante el trabajo en la ciudad: les encanta el pueblo, el campo y su libertad, que piensan ventajosa frente al trabajo en una fábrica bajo las órdenes de un capataz.