El propio Mella ha dicho que escribió Pogo, su primer obra, sin saber que estaba escribiendo un libro. Lo escribió con diecinueve años, cuando enfrentaba un período suicida y de experimentación con las drogas. Y se nota la inocencia, la inmadurez, el frenesí.
“Durante cuatro o cinco días escribí sin parar en un cuaderno que tenía a Tribilín en la tapa. Relataba lo que iba haciendo segundo a segundo con terror de que se me escapara un solo pensamiento, un solo detalle de lo que veía. Pronto había comenzado a anotar cosas que no habían ocurrido, empezaba a inventar, y mi vida empezó a confundirse con la de un pendejo de mi edad que vivía en una casa parecida a la mía, que enseñaba inglés para pagarse las drogas y escribía incesantemente para hacer algo menos solitario que colgarse de una viga” ha dicho en una entrevista a Casciari para la Revista Orsai.
Un joven de 19 años que da clases de inglés y queda a cargo de su madre enferma cuando su padre viaja a un congreso religioso en Brasil en misión eclesiástica. El nerviosismo adolescente, en movimiento continuo, se espeja perfectamente con un pogo en un buen recital de punk rock, donde todos saltan y se empujar en todas direcciones al mismo tiempo. Eso es con lo que se van a encontrar.
Todo ocurre en todas direcciones al mismo tiempo. Frases cortas, descripciones de lugares o cosas, enumeraciones, cambios bruscos de escenario sin aviso, saltos en el tiempo, elipsis narrativas. Puede que parezca difícil de seguir, seguramente se van a preguntar a dónde está yendo, les va a parecer falto de sentido. Pero es un sinsentido precioso.
Mella casi siempre da la sensación de que con su narrativa trata de exorcizar sus monstruos internos. Y lo que se ve en sus obras posteriores, tal vez tenga explicación en su ópera prima. Es cierto que fue puliendo y madurando mucho su escritura a lo largo de los años, e incluso seguramente también durante el impasse en que nos mantuvo en vilo. Pero la rabia y la violencia acumulada del chico que con 19 años, cuando se encontró solo en la casa familiar aprovechando que todos se habían ido a veranear, se encerró con el revólver de su padre y tres gramos de cocaína, fue el detonante de Pogo y que lo convirtió luego en el escritor que es hoy. Y de cierta forma, sigue estando presente.