El primer viaje a Francia (1959-1960) de Arnaldo Calveyra constituyó un acontecimiento para el poeta, primero, pero también para la lengua en la que escribió. A principios de 1959, casi al mismo tiempo que aparecía en Buenos Aires Cartas para que la alegría, su primer libro de poemas, Calveyra llegó a París. No se quedaría todavía allí de manera permanente (faltaba un año para eso); sin embargo, ese viaje iniciático constituyó un auténtico shock sentimental. El póstumo Diario francés. Vivir a través de cristal es un registro de esos meses, plenos de encuentros, saltos en el tiempo, en una prosa en máxima, aunque serena, tensión con la poesía. Sobre todo, revela a Calveyra en una época crucial de descubrimiento. Cada hecho es la punta de un ovillo que se devana sin disolver su misterio.
Cuando una persona lee a Arnaldo Calveyra sabe que está ante uno de los poetas más grandes de la Argentina, del exilio, porque reconoce en él un esbozo de realidad que circunspenda y que nos atañe a todos. Hay algo universal pese a que es una poesía y una prosa que estructura la realidad. Digamos que logra maquinar la realidad de tal modo que podemos encontrarnos en ella con tan solo pensar en su filosofía tan universal, tan común, pero tan asimismo personal y única. En este Diario francés, ubicado entre Francia y España en 1959, tenemos una prosa poética, o poesía en prosa, también podríamos llamarla, que nos desvela los entresijos de esos primeros meses en la Europa que Arnaldo tan bien ansiaba. Estamos ante unos apuntes que suscriben la realidad, que la subrayan, que encuentran cachitos de esperanza en lo mundano, pero también en lo sublime, lo cotidiano, pero también en un ideal de la vida que poco podemos apreciar actualmente.
Arnaldo Calveyra llevó consigo y muy dentro la palabra escrita, hay un matiz de una escritura entre paréntesis, de vivir entre. Adoro leer estas anotaciones sobre la vida y el entorno que le sucede como suceden los días que pasan. Estos diario fragmentado no es ni más ni menos que un compendio de lo que podemos encontrar en su mirada: flores, lilas, amaneceres. Tardes que se agolpan. Un París y una España que nos reciben con los brazos abiertos. Creo que el autor recoge muy bien el tiempo de su época y además nos habla de las obras de teatro a las que va o de la propia música que escucha. Ah, Mozart... Lo escucho ahora, mientras escribo esta reseña, para estar un poco más cerca de Calveyra. A este hombre hay que leerlo sin pensar mucho, sino sentirlo, pues solo sus propios pensamientos pueden hacernos hacer pensar de manera que se afiancen con los nuestros.
Quisiera que fuese más conocido, en España, al menos, se le ha leído poco. No es una figura clave dentro de los escritores latinoamericanos que nos enseñan, pero a mí me conquistó con su poesía. Tan natural y especial. Hay algo universal en ella, pero a al vez es tan profundamente personal el modo en que Calveyra la desgrana... Hay cierto goce, cierto misticismo transversal, como si el propio materialismo poético del que nos hablaba Julio Monteverde en su libro aquí se estuviera haciendo. Porque la poesía no es sólo la mirada, es la forma en la que vivimos el mundo. Y Arnaldo es todo un poeta de la vida, de lo que sucede en su pisito en el que también vivió Camus. Adora París así como adora las letras. Calveyra vive por y para ellas. Entre paréntesis y entre bambalinas. Hay algo de teatro de la realidad aquí, incluso se podría decir que su persona es un personaje algo beckettiano por esa mirada tan particular que tiene. Pero Calveyra nos hace ver que poesía y vida en realidad son una, que el mundo era aquello que vivíamos también, que alimentábamos con nuestros ojos, nuestra mirada, y nuestro hacer.
Me gusta cómo el autor articula sus pensamientos de manera que se vean fragmentados, como esquejes de lo que su poética transforma. Hay un mirar atento aquí, una llamada, una atención a la vida. Es irremediable no pensar en Rayuela de Cortázar porque de algún modo y aunque no hable de ella, nos remite a ella. A esas coincidencias, a esas transformaciones diarias de la poesía en la vida. Hay que ir directo a aquello que nos transforma, y eso hace Calveyra. Así él se transforma también y nos transforma a nosotros al escribirlo y después leerlo. Calveyra sin querer proporciona herramientas para que aprendamos a vivir y a mirar la vida con otros ojos Y eso es quizá lo más importante que pueda hacer un escritor en su vida. Ayudarnos a mirar. Guiarnos por la oscuridad.