Yago se ha ido de casa y vive en el bosque, donde escribe cartas de amor y talla un tronco derribado por la tormenta. En la ciudad, otra clase de tormenta sacude a Eva y a Santi, una pareja a la deriva que se debate entre el fetichismo de él y la estima herida de ella. Los destinos de Yago y Eva discurren paralelos, aunque ellos no lo sepan.
Este triángulo corrosivo, este tránsito del bosque a la ciudad es la historia que narra Mil mamíferos ciegos. Un tránsito, también, de la pasión a la razón y de lo animal a lo humano, o a la inversa. Cazadores, idiotas y perros viajarán con los protagonistas y les mostrarán la luz que emerge del sexo y de la muerte.
Isabel González propone una potente fábula sobre el amor, la soledad y el placer dotada de una gran fuerza alegórica y sustentada en un minucioso trabajo con la palabra, capaz de transmutar en mágico lo cotidiano.
Mientras leía, me vino a la cabeza el libro de Layla Martínez (Las canciones de los durmientes) y, aunque no llega al nivel de imaginación y de explosión psicotrópica de está, Mil mamíferos ciegos te sacude, pero de una forma más ligera, con menos impacto, pero te sacude…
En sí, lo mejor no será el argumento (alguna pequeña esquirla que duele), pero sí la forma de narrar. Una forma narrativa que remarca a esta preciosa y rara novela, bien editada (a tres tintas y negra pesadilla), como siempre, por parte de Dos Bigotes.
"Nunca estaremos solos tú y yo. Me colgaré un collar de prepucios y me habré acostado con todos. La pureza no existe o no la buscamos en su sitio. Lo que amamos está dentro de una caja, cubierto por la tierra de otro planeta. No tenemos cohetes. Tenemos palas y con eso ha de bastarnos. Con tu solo corazón, Santi, mil mamíferos respiran."
Un libro de prosa poética, tan poética que demasiado a menudo pierdes el hilo de lo poco que está ocurriendo. Quizás habría funcionado mejor como relato corto.
Mil mamíferos ciegos es un libro que palpita, que huele, que grita. Se te mete dentro y te lleva; no sabes dónde pero sabes que arrasa. A través de una escritura poética y feroz, tierna y directa, Isabel abre el pecho de estos personajes lúcidos que vagan dolidos por el desamor o deseando seguir amándose. Es un libro búsqueda, un libro muerte, un libro hombre jabalí poeta, un libro ella todos pies él de mármol pintando amarillo, un libro sexo, un libro deseo, un libro que puede hacer esto con el descansillo de un edificio: “Restauraron las viviendas y la fachada, arreglaron el portero automático, pulieron las escaleras, pero el portal permanece. Nada lo altera salvo la decadencia. No merece la pena adecentar los lugares de paso porque son de paso y por lo tanto, he aquí el hogar eterno, el tránsito incesante de la humanidad: la madre, el útero, el pasillo del dormitorio al váter durante la infancia.”