Aunque su significado ha mutado, la idea de melancolía ha estado presente a lo largo de toda la historia cultural occidental. Inventada por los griegos (melas ‘negra’, y kholis, ‘bilis’: negra bilis) dentro de la teoría hipocrática de los cuatro humores, fue en el Renacimiento cuando se la empezó a usar para describir un temperamento. Gracias al spleen romántico se la asoció con cierta idea de belleza, y fue solo en el siglo XX, a partir de Freud, cuando apareció el sentido científico de depresión.
Parte de esta historia le sirve a Santos Zunzunegui para determinar que «la melancolía en los tiempos modernos habita de forma natural en el territorio del cinematógrafo». Relacionar el dispositivo cinematográfico, basado por definición en el movimiento y la acción (kiné), y la melancolía, caracterizada por el ensimismamiento, la abulia y la parquedad de acción, puede parecer paradójico. La literatura y su capacidad de introspección o la temporalidad detenida de la pintura, parecen refugios más naturales para la melancolía.
A través del análisis de determinados motivos melancólicos, presentados en un sentido descendente que acaba trazando dos polos (determinando así la dualidad del concepto en sí mismo: empezando por el temperamento y el genio artístico –positivo– pasando por la historia, el mal de amor, la postración, las ruinas, la descomposición, y terminando en la muerte –negativo–), Zunzunegui demuestra que el dispositivo cinematógrafo se encuentra «bajo el signo de Saturno». Pero no solo el artefacto: también nosotros, espectadores, estamos acechados por este sentimiento. Benjamin dijo que el melancólico, en su perseverante ensimismamiento, asume en su contemplación las cosas muertas a fin de salvarlas: ¿qué es el espectador cinematográfico sino un melancólico que contempla ensimismado aquello que pasó, aquello que no volverá, es decir: la muerte?