A Axel Torres podemos adjudicarle la paternidad de esta especie de nuevo género literario que es la narrativa de viajes futboleros, estilo que inició con aquella delicia que fue su debut en el mundo de editorial, 11 ciudades. Viajes de un periodista deportivo (Contra, 2013), y al que ahora regresa con El faro de Dalatangi, crónica de su travesía catártica por Islandia. Todo empezó cuando el también periodista, compañero en beIN Sports, Víctor Cervantes le propuso ir de vacaciones a la tierra del hielo. Cervantes quería escarbar en los orígenes de su gran ídolo, Eidur Gudjohnsen. Afectado de una crisis profesional que desde hacía tiempo le venía cuestionando su labor como periodista deportivo, Torres vio en aquella escapada la oportunidad de ordenar sus ideas. Era aquello de marchar lo más lejos posible para encontrarse a sí mismo. Aventura a medio camino entre una buddy movie y una road movie, el verano de 2015, 12 meses antes de que Islandia se convirtiera en la gran sensación de la Eurocopa, esta extraña pareja constantemente a la greña (para diversión del lector) circunnavegó la isla nórdica en un viaje que les llevó a descubrir lugares de nombres impronunciables pero de una belleza supina y a conocer personajes fascinantes. Y entre medio, evidentemente, Cervantes y Torres acudieron a ver todos los partidos de la segunda y la tercera islandesa que se cruzaron en su ruta. Víctor Cervantes quería escarbar en los orígenes de Gudjohnsen y Axel Torres quería encontrase consigo mismo, pero, sin quererlo, en una de esas casualidades que solo pueden suceder en un lugar como Islandia, en el que parece que todo el mundo es familia o se conoce, acaban topándose con Heimir Hallgrimsson. El dentista que obra el milagro con la selección islandesa, también obra un cambio en la pareja protagonista. Tras conocerlo, Cervantes relativiza su obsesiva búsqueda de los orígenes de Gudjohnsen y Torres acaba recuperando su pasión por el periodismo. Parece una historia menor que a nadie le importará un rabo, pero escrita por Torres se torna hermosa y adictiva. Dice Valdano que este libro es bello y sorprendente. Y ciertamente, recorriendo la prosa de Torres (a quien solo se le puede criticar dejarse llevar en algunos pocos pasajes por un existencialismo hiperbólico) te entran ganas de coger el primer avión rumbo a Islandia y perderte por la carretera que lleva hasta el recóndito faro de Dalatangi y fundirte en un abrazo con su entrañable farera. Mención especial para las fotografías de Edu Ferrer que acompañan el texto, un auténtico orgasmo para la vista.
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