Ártico es un inventario de impresiones, una nouvelle en verso, un poema largo, una lista. La voz de su narrador es la de un personaje desahuciado que se empeña, con la enumeración de lo visto y lo sentido, en aferrarse a un resto de cordura, luego de un fracaso amoroso que aparece en el horizonte como punto de quiebre —y también como punto final— de esa vida a la deriva. Densa de imágenes, olores y texturas, evocativa, con destellos de humor aunque signada por la melancolía, esta obra de Mike Wilson, una de las voces más singulares de la narrativa chilena contemporánea, deslumbra por su intrepidez para retratar, a través del recurso mínimo de la enumeración descriptiva, la emoción compleja del amor perdido.
Una nouvelle en verso. Una lista: los restos que el narrador encuentra a su paso, las cosas que ya no están, los lugares que configuran el paisaje y los que configuran la memoria. La enumeración como recorrido. Una larga caminata, los lugares por los que pasa: un zoológico abandonado, un diner, una galería de videojuegos clausurada, una plaza, las calles que lo separan de la casa de una exnovia de hace años. El pasado inalcanzable, el signo de la melancolía. El fantasma de las cosas que alguna vez fueron, todavía presente en el abandono de lo que queda. “Me pregunto / Si la luz / También huye de mí / Y si estamos todos / Circunscritos por el frío”.
Me gusta mucho lo que hace Mike Wilson. Su trabajo con la forma, su manejo del lenguaje, esa manera tan bien pensada de construir literatura. Sin duda voy a seguir leyéndolo.