Qu’il en soit donc ainsi. J’attendrai la Douleur suprême, la Douleur sublime, la Consolation infinie. Mais quelle force ne me faudra-t-il pas pour attendre ! Il me faudra tout supporter, tout endurer de ce qui n’est pas la vraie joie ni la vraie douleur. La Médiocrité me mettra sur le cœur son pied d’éléphant, et je n’aurai pas même la ressource vulgaire d’espérer la mort. Car il est bien certain que je suis fait pour attendre sans cesse et pour me ronger en attendant. Depuis plus d’un demi-siècle je n’ai pas été capable d’autre chose. Que sont les grils ou les lanières plombées si on les compare à l’ignominie comminatoire d’une quittance de loyer, par exemple, ou d’une facture de commerçant ; à la fétidité d’une conversation mondaine ; à la contagieuse putréfaction d’une âme bourgeoise ; aux effluves mortels des poignées de main inévitables ? Quelles atrocités diaboliques de bourreaux chinois ou persans pourraient être mises en balance avec la mort lente procurée par la sottise portée en triomphe, ou la dégoûtante victoire toujours infaillible des inférieurs ?
Bloy was born in Notre-Dame-de-Sanilhac, in the arondissement of Périgueux, Dordogne. He was the second of six sons of Voltairean freethinker and stern disciplinarian Jean Baptiste Bloy and his wife Anne-Marie Carreau, pious Spanish-Catholic daughter of a Napoleonic soldier. After an agnostic and unhappy youth in which he cultivated an intense hatred for the Roman Catholic Church and its teaching, his father found him a job in Paris, where he went in 1864. In December 1868, he met the aging Catholic author Barbey d'Aurevilly, who lived opposite him in rue Rousselet and became his mentor. Shortly afterwards, he underwent a dramatic religious conversion.
Bloy's works reflect a deepening devotion to the Catholic Church and most generally a tremendous craving for the Absolute. His devotion to religion resulted in a complete dependence on charity; he acquired his nickname ("the ungrateful beggar") as a result of the many letters requesting financial aid from friends, acquaintances, and complete strangers, all the while carrying on with his literary work, in which his eight-volume Diary takes an important place.
Bloy was a friend of the author Joris-Karl Huysmans, the painter Georges Rouault, and the philosopher Jacques Maritain, and was instrumental in reconciling these intellectuals with Roman Catholicism. However, he acquired a reputation for bigotry because of his frequent outbursts of temper; and his first novel, Le Désespéré, a fierce attack on rationalism and those he believed to be in league with it, made him fall out with the literary community of his time and even many of his old friends. Soon, Bloy could count such prestigious authors as Emile Zola, Guy de Maupassant, Ernest Renan, Alphonse Daudet, Joris-Karl Huysmans, Paul Bourget and Anatole France as his enemies.
In addition to his published works, he left a large body of correspondence with public and literary figures. He died in Bourg-la-Reine.
León Bloy no es un anti-moderno. Es algo más. Es un profeta, un loco, un apocalíptico, un visionario tocado por el dedo de Dios. Su pluma es insobornable y golpea la fea cara del burgués, golpe tras golpe, especialmente fuerte si éste es religioso, si gasta una religiosidad meliflua, confortable y tibia. Este opúsculo, escrito a las puertas de la muerte terrenal, bajo el agotamiento y la devastación de la Gran Guerra, supone un ejemplo sintético de sus grandes temas de siempre, de su vigorosa prosa, rotunda, compuesta de palabras ardientes como lava, extraídas de un alma en perpetuo desgarro. Exudan sus páginas una furibunda germanofobia, junto al lamento por la Francia desfigurada, posicionada de espaldas a Dios, desdeñosa de las advertencias de la dolorosa Virgen de La Salette. Una Francia que se ha subido al horrible carro del mundo moderno y la secularización, habitado por las típicas almas muertas de la época.
Pocas experiencias lectoras están a la altura de las que deparan los libros de León Bloy. Pocos escritores son capaces de hacer temblar la bóveda celeste con sus palabras. Pocos tan dotados para la escritura como él.
“He aquí un hombre que no espera sino el martirio. Sabe a ciencia cierta que un día le será dado elegir entre la prostitución de su pensamiento y los más horribles suplicios, pero él ya ha elegido.”
Un escritor obsesionado por los excesos de la modernidad, arremete contra todo aquello que adversa lo que su pensamiento formalista construido en la sombra de un catolicismo intolerante, y en extremo anticlerical da su visión. Un personaje que se cree vivo ante una multitud de muertos como así lo deja saber en su cuestionamiento ¿Cuántas almas realmente vivas hay entre este enjambre de seres humanos? Y responde que una en cada cien mil, o por cada cien millones. Es todo un suplicio a la visión de una fe muerta, en la cual se presume ver como si algunas vez estuvo viva.
Cabe resaltar que este libro, En tinieblas, escrito entre julio y octubre de 1917, publicado póstumamente en julio de 1918, es en todo el sentido de la palabra una obra terrible, una canción donde el terror y la desolación chorrea apostado bajo la visión de un terror en la distancia que, aumentado por la sumisión infalible de los decretos divinos, adornan con una oscura serenidad, para dar testimonio de una resignación embrujada.
En lo personal, este escrito que refleja un profunda devoción hacia la iglesia y a la búsqueda del absoluto, los primeros capítulos es una profunda invitación que te hace suponer que ira desarrollando los temas a profundidad, pero llegas a un punto que se vuelve inmóvil, que todo lo que respira es solo la visión religiosa de la vida, pero sin dejar de mencionar que hay algunos capítulos tratado que te sacan por momento, pero vuelve a su circulo, es parte de su juego de querer hacer ver los ciegos que viven en este mundo descompuesto, saturado de almas perturbas.
«Se nos dice: he ahí a tu hermano. ¿Ah, Señor, pero cómo podría reconocerlo en medio de esta multitud indiscernible y cómo sabría que es mi semejante, pues está hecho a tu imagen, si yo mismo desconozco mi propio semblante?».
"Nas Trevas" é um livro publicado após a morte de Léon Bloy e foi organizado por sua esposa, Jeanne. O livro não foi concluído como o autor planejava ainda em sua vida, mas arrisco dizer que o ensaio final, que sua esposa tomou liberdade de incluir, finaliza a obra magnificamente.
O livro possui 21 capítulos, cada um contendo um ensaio mais ou menos curto sobre algum tema manifestado na França da Primeira Guerra Mundial, mas que também prolonga-se para toda a humanidade. É uma leitura rápida e simples em um primeiro momento, mas alguns capítulos merecem uma meditação mais profunda para serem plenamente absorvidos - entre eles destaco "A dor", "Os cegos", "O desastre intelectual" e, o mais sublime em minha opinião, "O cego de nascença".
Vale a leitura, sem sombra de dúvida, e recomendo uma atenção especial para o último capítulo, no qual Bloy reflete sobre o episódio do Evangelho de São João no qual Jesus dá a visão ao cego de nascença.
A Bíblia, que é ela mesma um abismo, invoca o abismo desde suas primeiras linhas, dizendo que no princípio as trevas estavam sobre a face do abismo. É declarado em um salmo que o julgamentos do Senhor são um grande abismo, e em outro que o abismo é sua vestidura. O senhor mesmo pergunta a Jó se ele passeou no fundo do abismo, e o profeta Habacuc fala do clamor do abismo em um célebre cântico. Enfim o Evangelho conta que os numerosos demônios que possuíam um infeliz homem suplicaram que Jesus não os mandasse para o abismo que os amedrontava, mas permitisse que entrassem nos porcos que pastavam na montanha da qual foram imediatamente precipitados. A palavra abismo tem um lugar tão singular na revelação, que não posso deixar de crer que é um pseudônimo de Deus, e que o coração desse abismo só pode ser o Coração de Deus, o coração de Nosso Senhor Jesus Cristo adorado por toda a igreja. É isso, portanto, que devemos esperar ver quando não houver mais nenhuma coisa visível. Se os diabos têm medo dele, qual não será o estremecimento dos humanos? No tempo da Paixão, eles bem puderam ultrajar sua face, então coberta de trevas, mas o que poderão contra o seu Coração? (Léon Bloy)
Un apunte, esa simpatía que tiene por Napoleón nos muestra la ceguera chovinista francesa incluso en un hombre de genio, pues acusa a los alemanes de lo mismo que hicieron Napoleón y sus hordas organizadas.
Por lo demás es un libro de un misticismo exasperado e iluminado. Amargo pero esperanzado.