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304 pages, Paperback
First published November 1, 1995
En 1981, los hermanos Sergio y Pablo Schoklender cayeron en prisión por cometer uno de los peores crímenes imaginables: el asesinato de sus padres. El doble parricidio puso punto final a una difícil convivencia familiar, supuestamente herida por distintos factores que la prensa se encargaría de explotar hasta la actualidad: un padre homosexual involucrado en negocios turbios y una madre incestuosa con problemas de adicción. Con estos condimentos, no es de extrañar que el caso sea uno de los más resonantes de la historia policial argentina.
Sin embargo, no hay nada de eso en Schoklender: infierno y resurrección, uno de los libros que Sergio escribió desde su encierro carcelario. El relato empieza cuando el crimen ya ha sido consumado y los hermanos son detenidos por las fuerzas del orden en plena fuga (de la que se omiten detalles importantes). Luego, el autor desanda su duro periplo por distintos penales de la Ciudad de Buenos Aires. Todos los tópicos habituales de las historias carcelarias están allí: las torturas por parte de los guardias, las violaciones, las peleas con facas, las guerras de bandas, el tráfico de drogas, el maltrato a los familiares de los internos. Pero en la prosa de Schoklender adquieren frescura y son expuestos con un espíritu más cercano a la denuncia que a la provocación gratuita.
Las dos primeras partes, más crudas, hacen un uso extensivo de la jerga tumbera, para cuya comprensión se ofrece un glosario al final del libro. La inclusión de ese anexo resulta algo risible vista desde la época actual, cuando muchas de sus palabras (como mulo, ñieri, ranchada y logi) han ingresado en el vocabulario de la clase media, en buena medida gracias a las series de televisión sobre marginalidad. La tercera parte, más luminosa pero menos interesante, se aboca a los esfuerzos del autor por la educación y la profesionalización de los internos, por medio del Centro Universitario Devoto (CUD) y el Centro de Informática Aplicada (CINAP).
La inteligencia de Sergio Schoklender no está en duda: durante su estadía en prisión completó dos carreras universitarias, se destacó como hacker y logró mejoras sustanciales en la vida de sus compañeros de encierro. Esa cualidad parece haber sido determinante para que un joven de clase media alta y origen judío, autor de un crimen con mala reputación en el ambiente carcelario, sobreviviera a semejante entorno. Pero tras su liberación volvería a ser noticia por otros delitos, como el abandono de su hija y diversos actos de estafa y defraudación al Estado. Por eso, es válido preguntarse cuánto del rol heroico que se asigna en el libro ―el de un justiciero valiente, moralmente incorruptible, brillante como estratega y admirado por la mayoría de sus pares― es cierto, y cuánto forma parte de una pantalla inventada para reivindicarse frente a la sociedad.