El sol ardiente, el filo de la tarde, las calles blanquecinas y desiertas, el tiempo inmóvil, las situaciones tercas en su desesperación absurda. Ésta es la atmósfera de los cuentos de Jesús Gardea —nacido en Ciudad Delicias, Chihuahua, en 1939—. Sus personajes son seres solitarios y quietos que viven intensamente su resignación. El movimiento en ellos es invariablemente fatalístico. Padecen de inopinados ataques de risa o llanto, que más que desahogos en un presente monótomo son rachas de nostalgia por algo que sólo se ve insinuado por la situación extrema en que se desde la pobreza total unos, hasta el absurdo extremo otros. Los cuentos están ubicados en un pueblo indefinido, en donde existe un patrón feudal, o cuando no, un alcalde. Un fuerte. La presencia del oprimido se ve meticulosamente diferenciada de la masa o grupo, pero preserva la aureola de un destino más global que su propia historia individual. Es el enfrentamiento de un mundo contra el otro. Hay también cuentos que se desarrollan dentro del otro la casona, la tiranía de las horas de la comida, la amarillenta fuerza de los objetos en esos momentos sin principio ni fin que a veces pueden ser la rabia de los adultos. O sus tristezas. No es la injusticia social lo que empuja a Gardea a escribir. Es más un ansia de traducción a sus propios términos; una necesidad de transladar la realidad a sus propias normas de espacio y tiempo, en las que aparecen reflejadas, inconfundibles, las estructuras, fuerzas, desproporciones, opresiones que nos hacen.
Escritor mexicano nacido el de 2 Julio de 1.939 en Ciudad Delicias, estado de Chihuahua. Se licenció en Odontología en la Universidad Autónoma de Guadalajara, si bien con el tiempo se decantó por la escritura y destacó como uno de los cuentistas más llamativos de la literatura mexicana.
También ha firmado libros de poemas como Canciones para una sola cuerda (1982), aparte de los libros de cuentos, Los viernes de Lautaro (1979) o Septiembre y los otros días (1980), premiado con el prestigioso premio Xavier Villarrutia.
En el campo de la novela, firmó El sol que estás mirando (1981), La canción de las mulas muertas (1981), El tornavoz (1983), Soñar la guerra (1984), Los músicos y el fuego (1985), Sóbol (1985), El diablo en el ojo (1989), El agua de las esferas (1992), La ventana hundida (1992), Juegan los comensales (1998) y El biombo y los frutos (2001).
En este primer libro de cuentos, el estilo de Gardea oscila entre la simpleza más cercana y la complejidad más impenetrable. Ahí está su mérito: cualquier momento de su rango da pie al ejercicio de la genialidad. Algunos cuentos me conmovieron hasta las lágrimas, otros me dejaron perplejo, atónito, ante una muralla de palabras. Ninguno me dejó indiferente.
Me gusta la brevedad con la que Jesús Gardea logra transmitir sus historias. En este sentido, su escritura es esencialista. Sin embargo, no por ello carece de complejidad; al contrario, existe un regodeo del lenguaje, un halo de inexactitud en las historias que le da ese aire misterioso y fascinante. Indispensable leerlo.
Este es un libro de cuentos y por lo mismo puede ser que se presente como la recomendación más ligera, en el sentido de que se puede leer solo por partes, en desorden y en un ratito que tengan libre. Jesus Gardea es otro gran, gran, escritor mexicano que nos regala en su primer libro de cuentos, un lenguaje exquisito de sensaciones e imágenes en el cual nos adentramos curiosos y de pronto nos encontramos lentos, asfixiados de calor y mirando escenarios tan detallados y detenidos en el tiempo que parecieran de tierras muy ajenas. Este autor, nacido en Monterrey, lleva la experiencia de su tierra a una temática que se repite y a una serie de cuentos áridos y cautos plagados de imágenes y sensaciones realistas sobre un México que transcurre a un ritmo distinto en dónde la realidad y la cotidianeidad son experiencias profundamente simbólicas y extraídas de los sueños. En esta literatura no hay grandilocuencias ni espejismos intelectuales sino un lenguaje transparente en donde seres profundamente abandonados poseen y habitan el tiempo a modo de cobija sobre la piel. Uno puede, habitando los cuentos de Los viernes de Lautaro, escuchar zumbar las moscas mientras el sol quema la piel y el tiempo se vuelve eterno. La soledad se repite a través de los días desde los cuales sin pasar nunca nada, transcurre vidas enteras y con ellas, la mirada de un lector que en la vida del otro encuentra atisbos y momentos tan mágicos y concretos que le muestran su propio estado de quietud y deslumbramiento. Personajes habitados por el abandono, el calor y el fastidio, aunado a una miseria tal que la única salida son atisbos de sombra, misteriosos sueños o el rebullir del agua en algún arrollo o pozo cercano. El lenguaje de Jesus Gardea me enamora; es como el desierto mexicano; cauto, modesto y profundamente abrasador.