Una locura a la manera de Alonso atravesar la noche del Atlántico para buscar a una mujer. Pedro Torres Hinojosa, madrileño afincado en México, vuelve a su ciudad natal después de sesenta años para reencontrarse con la mujer de sus sueños, de quien el destino lo separó. Como un don Quijote finisecular, sale todas las noches a buscar a su Dulcinea perdida por el barrio de Lavapiés. Estos paseos le permiten conocer las voces y los espíritus de ambos lados del océ en las callejas madrileñas, don Pío (Baroja) y Max (Aub), entre otros, lo alientan a seguir. En medio de una deliciosa confusión de tiempos y lugares, deambula del barrio de Argüelles, la Gran Vía, el Paseo de la Reforma e Insurgentes, a la calle de Alcalá y la Zona Rosa, siempre acompañado por las melodías de Agustín Lara. Su viaje se irá haciendo al oso y al madroño españoles se sumarán el águila y el nopal mexicano; a los paseos por El Retiro, los de Chapultepec, tapas y cafetines y momentos entrañables de los que surgirá la inolvidable Carmen. México y España unidos a través de la música y el amor. El mestizaje de la fantasía en el recuerdo. La nostalgia por lo que quizá nunca fue.
Como costumbre, inicio esta reseña escribiendo la manera en cómo me hice del libro. Jorge F. Hernández es uno de mis escritores favoritos; desde que leí su cuento “De regalo” hasta la fecha, me han resultado maravillosos sus escritos. Quizás, mejor dicho, estoy seguro que la fascinación con las letras de este autor provocan una inevitable inclinación a una crítica ya no constructiva, sino más bien festiva. Festiva porque celebro la oportunidad de seguir encontrando sus libros, de seguir leyéndolo y saber que él sigue escribiendo.
La Emperatriz de Lavapiés se publicó por vez primera en 1999, bajo el sello de la editorial Alfaguara. Según tengo entendido, la novela de Jorge F. Hernández quedó finalista del concurso de novela propuesto por el sello editorial en ese mismo año (o un año antes, quizá). También supe de oídas, del propio autor, que esta novela bien pudo haber ganado el primer lugar de no haber sido porque, como quien dice, le jugaron chueco. No se necesita ser un gran matemático para saber que han pasado ya quince años desde que esta novela fue dada a luz y sigue, ahora en otras ediciones, en los anaqueles de las principales librerías del país.
¿Qué puedo decir de la novela, sin caer en los llamados “spoilers”? Sólo un par de cosas. Primero, la novela está bien construida. La trama es sólida, los argumentos se van resolviendo de buena forma sin caer en complacencias del autor para con sus personajes. Hablando de personajes, Pedro Torres Hinojosa es el anciano al que quizás todos quisiéramos llegar: un hombre de avanzada edad con los medios suficientes para ver cumplido y satisfecho el más grande de sus anhelos. Uno podría preguntarse si en la llamada tercera edad a uno le quedan aún cosas por hacer, deseos por cumplir. Yo creo que sí, cuantimás si uno se negó y reprimió todos esos años con la fiel esperanza de que algún día, por lejano que fuese, tuviera uno la oportunidad de verlos materializados. Y eso le sucede a Pedro.
Segundo: debo admitir que en algunas partes el libro se extiende en demasía. Son justas las razones de Pedro por reencontrarse con su Carmen, es “justicia-poética” todo el tiempo en que don Pedro busca sin encontrar, encuentra sin buscar; pero creo excesivo el uso de personajes secundarios, las mismas formas del detalle monocromático, las mismas maneras de pláticas bohemias, de viajes sin regreso, de despilfarre inoportuno. Porque, cuando empiezan los distractores uno puede caer en cuenta que la trama parece desgastarse y entonces aparece un nuevo personaje que ayudará a don Pedro en su búsqueda… ¿por qué no dar la respuesta cuando ya se sabe, o al menos, cuando ya se infiere? Quizás porque Jorge busca que el lector tenga una simpatía con la aventura transatlántica de don Pedro, que el lector sufra como sufre el personaje principal, que se emborrache cuando él lo hace, que ría y se vaya de juerga y lea y busque y coma y vista y compre. Uno se hace don Pedro Torres Hinojosa, uno se puede sentir prófugo de la justicia; todo es válido por el amor, y para Pedro ese amor es su España natal, su Carmen inmarcesible.
Lo que puede clasificarse como una locura, un sinsentido de un pobre hombre nostálgico, se convierte en el viaje que todos algún día hacemos. No es necesario viajar a otro continente, basta con caminar por las calles para viajar, y en ese viaje, encontrarnos a nosotros con el afán de encontrarnos al amor de toda una vida; describir todos los rincones que hemos visto, olfateado y escuchado, saberse parte de la ciudad y transformar a la ciudad misma con Pedro lo hizo con el cuadro Gran Vía, de Antonio López.
Alguna vez dijo el propio Jorge: “vivimos puro cuento”, y don Pedro lo sabe.
El tiempo es una constante para todos los individuos, como vives este y mas que nada no quedarte con insatisfacciones de aprovechar este es lo que al final lo hacen eterno. Nunca es tarde para dejar ese trabajo engorroso y regresar a tu lugar de origen ver a ese amor no correspondido o si acaso gastar cada peso que has logrado trabajando.
Una historia maravillosa, un canto de amor a Madrid y a los amores perdidos, la descripción de las andanzas por las calles y bares de Madrid hacen desear estar ahi y verlo con ese mismo velo del protagonista.
El final esta bien logrado, no podria ser diferente, aunque uno deseara otra cosa
La historia de cómo Pedro Torres Hinojosa abandona todo por buscar a una mujer que tiene varias décadas sin ver –Carmen, su Carmen, su emperatriz de Lavapiés, su “Dulcinea perdida”–, y a la que espera encontrar por las calles de Madrid, da pie a todo un cúmulo de lazos y puentes que se cruzan y se entretejen: de autores como Pío Baroja y Max Aub hasta el mismísimo don Quijote, y de Reforma e Insurgentes a la Gran Vía y la calle de Alcalá. De ello y mucho más se nos habla en “La emperatriz de Lavapiés”. Jorge F. Hernández resultó finalista del Premio Alfaguara con esta novela, de la que Juan José Reyes comenta sobre la forma y el estilo elegidos por Hernández para su narración; consta de “largas parrafadas evocadoras, una suerte de cantos, de poemas en prosa, efectivamente sueños del seductor adolescente enamorado de la musa imposible que aguarda a la vuelta de cada esquina, una demasiado evidente Dulcinea —a fuerza de repetir el recurso— en sueños de un viejo Quijote solitario cuyas únicas disrupciones han consistido en trampear a American Express y en no ajustarse al cambio de horario trasatlántico”, y que su novela –la cual nos muestra “el camino enloquecedor de un enamorado de por vida que da vueltas”– termina siendo una historia “que parecería un tanto excedida y cuyos aciertos innegables de escritura ceden a veces a la tentación del empalago”. Y así es: en muchos momentos la trama se hace tediosa, hasta soporífera, y hace que el lector vaya perdiendo interés. No obstante, como ejercicio escritural y de estilo, la prosa de Hernández es vívida y extraordinaria.