«La poesía ─dijo Juan Manuel Roca─ canta, mientras que el cuento ─concluye─ cuenta». De ser esto cierto ─y no tengo razón alguna para dudarlo─ este es un libro que cuenta cantando o, si se quiere, que canta contando. Y es que su autor, que se declara poeta y ensayista pero que no le ha rehuido a otros géneros, se niega a dejar de lado su esencia y narra desde la belleza metafórica, hiperbólica, oximorinicas, paradójicas, rítmicas, surreales y a veces indescifrables de la poesía.
Son quince cuentos sobre las plagas latinoamericanas, muchas de ellas esparcidas de manera pandémica por la clase política: la violencia, la persecución política, la desmemoria, el clasismo, la desesperanza… Pero, lejos de ser panfletario, sus textos son ─a falta de mejores palabras─ tan hermosos como poderosos, pero con esa sutileza ─usada acá como antónimo de realismo─ que lejos de sobrecoger entierra más la daga de la indignación en la espalda: la paradoja del grafitero revolucionario que, obligado al exilio, consigue un trabajo mal pago y “en negro” cubriendo con cal los grafitis de París; los punzantes debates entre un reportero de boxeo y un escritor de novelas policiacas sobre los gustos literarios de los criminales; la historia del ex futbolista caído en la pobreza y el olvido que recorre las barriadas de Medellín buscando venganza de quien lo dejó cojo; el hombrecillo que recorre la ciudad buscando en los pisos de los cines, parques y hasta en la cárcel la sonrisa que extravió «un día de 1985, no sabe en qué mes, a qué horas ni en qué sitio»; el reportero de prensa amarillista especializado en suicidios que hace pasar sus propios poemas como cartas de despedida de los muertos; el milenario vampiro italiano que decide turistear por los bares del centro de Bogotá, encontrando en los antiguos asistentes de políticos excelentes sirvientes y en la abundante cocaina un pésimo acompañante de la limitada noche…
Los cuentos de Roca son exigentes y requieren de lectores igualmente juiciosos, aquellos que no solo quieran historias contundentes que ─con el permiso de Cortazar─ ganen de nocaut, sino que aprecien la belleza de la narración misma. Pero quien acepte tan justo pacto, encontrará unas historias que tocaran tanto su alma como consciencia.
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En casa de mis viejos no leían El Espectador; las noticias diarias se conseguían en El Colombiano, primero, y, cuando el desempleo obligó a migrar, en El Tiempo. Pero donde P., mi mejor amigo de infancia, si leían el periodico de don Guillermo Cano. Fue allí en donde conocí por vez primera aquella legendaria separata literaria que fue casa de algunas de las mejores plumas de Colombia y América Latina ─aunque desde luego yo no fui consciente de ello sino hasta mi adolescencia─: el Magazín Dominical. A pesar de que algunos de sus textos superaban mi infantil intelecto, me enamoré perdidamente de ella, al punto de que dejé de coleccionar el suplemento deportivo de la competencia, Cronómetro, y empecé a ahorrar unas cuantas monedas diarias para poder comprar el impreso del domingo y guardar El Magazín. También le pedí a mi papá un diccionario que me permitiera entender los textos más difíciles. Varios años después, ya joven adulto y arrepentido del ataque minimalista que me llevó a desechar la colección, me enteré de que el director de la separata, precisamente durante el tiempo en que fui lector asiduo, fue el maestro Juan Manuel Roca. Lo escuché de su propia boca, en alguna de las ediciones de Popayán Ciudad Libro. Sería inutil intentar describir mi agradecida y nostálgica emoción…
Sobre Roca se han escrito tantas y tan ricas biografías y perfiles ─quizás solo haga falta el póstumo─ que no caeré en la egocéntrica tentación de querer contar su vida y obra ─ambas tan fascinantes que no siempre es claro en donde empieza la una y termina la otra─ en un breve espacio de las redes sociales. Tan solo diré tres cosas sobre este ─en esencia─ poeta:
1. En plena pandemia mundial, cuando todo cerraba y las librerías desaparecían como espantos, él, junto con tres escritores más, decidieron fundar una librería en su amado Teusaquillo, pero no una cualquiera sino especializada en poesía y en libros de viejo… ¡La romántica y utópica valentía detrás de esto solo puede ser aplaudida!
2. Es de los que piensa que no tiene mucho mérito enamorar a una mujer llevándole un lindo ramo de rosas, como no lo tiene escribir poemas sobre la belleza de esta flor; el verdadero encanto y talento está en hacer de un ramo de zanahorias un acto o un verso estético.
3. Aunque nacido en Medellín y siendo un trotamundo, se enamoró perdidamente del bogotanísimo barrio de Teusaquillo por dos literarias razones: por un lado, porque fue fundado por la elite “cachaca” de mitad del siglo pasada, elite que era tanto judía, como arabe y alemana, toda junta, en el mismo barrio, sin guetos ni franjas de Gaza, algo quizás único en el mundo; y del otro, porque en su costado sur hay una estatua dedicada a la primera picapedrera bogotana, cuyo nombre, aunque parece salido de un libro de ficción, es totalmente cierto: Gema Pedraza.
Como adenda, he de decir que leer a Roca es casi tan satisfactorio como hablar con él, un viejo sabio, ameno y bienhumorado, todo lo que deseo ser cuando crezca.