Un invierno en Kandahar es el relato de la estancia de su autora, Ana Briongos, en el Afganistán anterior a los talibanes, entre 1969 y 1977. Con la precisión y la sensibilidad de alguien enamorada de ese rincón asiático, conocemos cómo es uno de los países más enigmáticos e indomables del mundo, qué normas tradicionales le rigen. Aparecen personajes entrañables y sorprendentes, situaciones chocantes. Es el retrato preciso de una época, pero vislumbramos también las claves de lo que iba a acaecer en Afganistán en los años inmediatamente posteriores que no solo variaron el rumbo de aquel país, sino del mundo entero.
Ana María Briongos tuvo esa vida con la que muchos hemos soñado. Durante sus veinte años viajó sola a Afganistán y pasó allí largas temporadas, entre Kandahar y Kabul, donde cosechó amistades entrañables y duraderas que quizás aquí, más cerca de nuestro mundo, sería difícil mantener.
Este libro es un diario dividido en dos partes.
La primera parte habla de su experiencia durante un invierno en Kandahar, en un hostal donde se reunían los hippies de los 70 que iban a coquetear con las drogas como la marihuana o la heroína. Harta del ambiente internacional que venía en busca de experiencias psicodélicas, Ana María se alejó de aquello y conoció a la mujer de una personalidad importante del lugar. Aquella mujer la invitaba a diario a su casa, donde compartían con ella recetas típicas, tés e incluso le pusieron el burka de la suegra de aquella mujer para ir al mercado juntas. No se comunicaban en otro idioma que en un inglés y francés chapurreado y el lenguaje universal de las emociones y los gestos, pero era suficiente para cultivar una relación sincera de amistad.
La segunda parte trata sobre su partida hacia Kabul, ya que cuando comenzaba el calor en aquella ciudad de Kandahar la permanencia allí se hacía insoportable. En Kabul todo era diferente, no tan puro como Kandahar. Y mucho más feo, según la autora. Pero allí se codeó con la alta sociedad aristocrática pashtún de los años 70, los que manejaban el cotarro en Afganistán. También conoció a personajes tan fabulosos como inquietantes, de esos que te dan ganas de profundizar e incluso conocer para hacerte amigo de ellos. Estos eran Pierre Descombes y Fereidun. Los dos son nombres ficticios, pero con los que la autora estuvo ligada toda su vida.
Esta es la historia de una veinteañera de Barcelona viajando sola, en los años 70, a Afganistán, que se mezclaba tanto con los prensadores de hachís en un hostal sencillísimo de Kandahar como con la corte real del país en Kabul. Pero además, este libro está plagado de referencias históricas, sociales y políticas que te hacen entender la situación y lo convierten en un ejemplar muy digno de la literatura de viajes de Afganistán.
He disfrutado muchísimo con la pasión de la autora al describir un mundo casi fantástico y el sentimiento romántico que provoca su triste desaparición. Me gustaron especialmente las descripciones casi novelescas de algunos personajes.