¿Qué hace tan especial a este libro de crónicas y a su autor? Los diálogos. Garibay era un obsesionado con replicar el habla popular, así como la de los políticos y las clases altas mexicanas. Y si el habla del común tiene errores sintácticos, palabras inventadas o híbridas, él también las usa; porque, ¡cómo no!, también son válidas e interesantes, más aún cuando se sitúan en un contexto literario. Las fallas, particularidades y contradicciones del latinoamericano representadas por él son graciosas por verdaderas, acusadoras por reales. No hay en Garibay falsedades ni partidos: solo la mirada atenta de un hombre que nos conoce muy bien.
Garibay es top y uno de los escritores mexicanos que más admiro. Si no es que el más. No creo que nadie tenga mejor oído que él para captar el lenguaje coloquial ni mucho menos que alguien tenga la suficiente apertura y neutralidad para reflejar el habla sin caer en sesgos pendejos o en detrimento de algún grupo. Garibay tenía huevos y creía en sí mismo, era arrogante y cabrón pero porque tenía con qué. Diálogos mexicanos es una chingonería de edición ilustrada por José Guadalupe Posadas y nutrida de todo el universo Garibay: ñeros, criadas, obreros, pulqueros, el vulgo pues. Los que nunca salen y cuando salen son para mearlos o estereotiparlos de la forma más pendeja. También salen politicazos, pesadísimos del espectáculo y aquellos cabrones que dirigen la cultura y con una mano en la cintura te vienen a decir quién puso el huevo, a qué hora y de qué color, cabrón. Aguante Garibay siempre.