Como me pasó con el primer volumen de Delano, estamos ante un caso claro de lo que llamo Efecto Woody Allen: leer una obra seminal después de haber leído las miles de cosas que fueron influidas por ella. Por muchas referencias que tengas, la idea de una conspiración ocultista en el seno de un gobierno que intenta controlar a la humanidad no es tan rompedora hoy. Y las referencias ocultistas tampoco. Y eso que "La máquina del miedo", el arco argumental con el que empieza este segundo volumen no está nada mal, pero en estos tiempos suena un poco a ya visto, a pesar de capítulos tan perturbadores como el del tren. Y ese final fumado de dioses gnósticos tampoco termina de ser tan espectacular después de la preparación anterior. Como ya digo, quizá el problema sea que lo leo en 2017 con otras referencias distintas a las de la época.
Y es que parecido le pasa a la otra saga "larga" del volumen: El Hombre de Familia. El antagonista no emplea la magia y otros tropos del terror urbano de corte sobrenatural, pero es justo el otro tipo de malo que tanto ha dado al miedo contemporáneo: un asesino en serie. A pesar de sus acciones y cómo afectan directamente a Constantine no termina de tener un carisma especial como villano salvo en los primeros números, y la historia se diluye poco a poco.
Mucho mejor me han parecido las historias cortas, en las que Delano no tiene tanto que envidiar a autores de literatura de terror actual como Clive Barker o Ligotti. La menos mágica de todas, basada en la infancia de John Constantine, es especialmente interesante. También me ha gustado mucho ese antecesor de Fábulas o Érase una vez en la que los personajes de ficción irrumpen en el mundo real.
Pero quizá lo más curioso en un volumen llamado "Hellblazer de Jaime Delano" lo que más brille sean dos historias de guionistas invitados que le dieron un descanso a Delano: dos números de Grant Morrison en una fiesta pagana en un pueblo perdido que resume el sentir de una época y el Abrázame de Gaiman, una historia de fantasmas bastante espectacular. Ambas historias se benefician de un dibujo mucho más interesante que el "funcionarial" que tienen las partes de Delano, en especial McKean acompañando magistralmente la atmósfera de Gaiman.
En resumen, un volumen que tiene, para bien y para mal, un marchamo de clásico que a veces puede caer en su reverso tenebroso: envejecido.