En ocasiones los pensamientos son como notas a pie de página. Ni formas desarrolladas ni estrictamente ideas: sólo anotaciones. Apostillas por desarrollar. Algo especialmente cierto cuando hablamos con amigos, donde ese lenguaje privado creado con el tiempo, con el propio tránsito de la vida, hace innecesario verbalizarlo todo.
Sobre el sentido de la vida en general y del trabajo en particular no deja de ser una serie de esbozos de ideas. Nada concreto, nada del todo desarrollo, siempre dando pinceladas aquí y allá en aspectos tan generales como la existencia, el trabajo o la vida. Tres cosas que, como insinúa, están más entrelazadas de lo que parecen. Por eso el libro, que son una recopilación de emails que envío la autora a sus amigos mientras estaba siendo tratada por un cáncer, tienen ese aire de familiaridad de quien no necesita explicarse. Da por supuesto cosas, hay omisiones constantes y todo se resuelve como una especie de sinopsis. Como si cualquier explicación ulterior fuera innecesaria porque ya se sabe de qué está hablando. Algo cierto para sus interlocutores, que en cualquier caso no somos nosotros.
Entonces, ¿dónde radica el interés del libro (para aquellos ajenos al diálogo original)? Precisamente ese acto de apostillamiento. Al carecer de pretensiones totalizadoras también nos permite navegar en un diálogo secundario. No nos da tesis, sino gérmanes a través de los cuales articular nuestra propia perspectiva.
De ahí la bibliografía, pero también su publicación. No tendría sentido publicar el libro sino fuera, en última instancia, evocativo. Porque como podría hacer Ezra Pound en su Guía de la Kultura, Yun Sun Limet carece de interés por darnos una idea total, globalizadora, que nos permita entender todo como un sistema cerrado. Algo que además iría contra su intención, según podemos leer entre líneas, cercana al post-estructuralismo. Quiere la intervención directa del lector. Por eso nos interesan tanto los intercambios epistolares: incluso si hablan un lenguaje privado, íntimo, del cual nos vemos excluido, nunca hay pretensión de imponer una visión del mundo. En última instancia, siempre hablamos, y más cuando hablamos con nuestros amigos, para intercambiar impresiones, fogonazos, en suma, poner a prueba nuestras dudas.
Dudas que en cualquier caso compartimos. El título en sí es tan claro, tan explícito, que no caben malentendidos. Y los pocos que puede haber se solventan echando un vistazo rápido a la forma. Todo está fragmentado, sin orden ni concierto, en una brevedad enfermiza para los cánones de un libro, aunque fuera una extensión considerable para una carta. O un email. Dándonos a entender, incluso por la disposición visual de los elementos, que aquí no está oculta La Verdad®, sino un puñado de tentativas.
En resumen, Sobre el sentido de la vida en general y del trabajo en particular es un punto de partida. Un libro a partir del cual empezar a pensar. Porque lo que cabe hacer después de leerlo no es olvidar o deglutir en nuestro pensamiento sus tesis, sino desarrollarlas para ver hasta dónde nos llevan. Que es lo que debería conseguir cualquier buen libro, que es por lo que todos los mal llamados posmodernos siempre sospecharon, y abominaron, de cualquier cosa que se pretendiera «sistema». Porque el sistema anula siempre toda posibilidad de la duda y, con la duda, la individualidad.