Urdida desde hace casi dos siglos, la teoría del envenenamiento opiáceo de la población con fines políticos ha ido saltando de un lado al otro del tablero sociocultural a lo largo de la historia. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, con la creación del nuevo orden global y la asunción del prohibicionismo como asentado modelo de conducta en los estados modernos, su articulación se reconfiguró en el crisol holístico de la contracultura, propalándose a partir de entonces en el formato puramente conspiracional: «Sistema vs. ciudadano».
Disfrazada de vieja incógnita en círculos amplios de la sociedad, creída como verdad irrefutable en otros, su influencia, lejos de desintegrarse en la era de la información, gravita aún hoy desde la ambigua nevera del subconsciente colectivo.
Sinceramente, había leído alguna que otra cosa sobre el papel de la heroína en la desactivación de la contracultura y los movimientos independentistas en la España de finales de los 70 y los 80 y en el fondo me cuadraban las tesis conspiracionistas que suponen que esa droga la introdujeron las autoridades para acabar con los elementos más radicales dela juventud del momento. El libro de Usó desmonta la tesis con muchos datos y testimonios, pero sobre todo con una afirmación bastante sencilla: a nadie le obligaron a meterse heroína. ¿Realmente eran tan bobos los jóvenes del momento como para dejarse envenenar por las autoridades? Se drogaban por multitud de motivos y está claro que eso afectó a varias generaciones, a los movimientos contraculturales... pero de ahí a suponer que se trataba de una maniobra de las autoridades va un mundo.