En este extraño libro reúne Lebeck 80 postales de comienzos del siglo XX, en las cuales se ven diferentes versiones de besos: besos en la intimidad, besos esquivos, besos pasionales, besos en salones de la época, besos de mármol (como un Rodin), el beso de la muerte (mi favorito), besos de niños, etc. Al final, el epílogo de Jürgen Kesting explora brevemente la historia de la postal (con sus fechas y números), su concepción de objeto cotidiano (de la era posaurática, según Benjamin), y realiza un brevísimo racconto de la concepción del beso para antropólogos, psicólogos y fisiólogos, además de que menciona el beso en la religión (cristiana, egipcia [en cuya lengua antigua comer y besarse eran el mismo verbo]), y la filosofía (platónica, medieval) y su diferencia de concepcón en oriente (para no sé qué chinos es algo asqueroso, digno de caníbales) El beso sería, básicamente, el impulso de comerse al otro, de hacerlo parte de uno, de unirse a la cosa amada (como se come el c uerpo de Jesús en la eucaristía). Las postales tienen cierto afán hedónico de sugerir el placer, que en la vuelta del fin de siglo XIX era tabú. Con estas postales venían también algunos poemas, nos cuenta Kesting, y cita dos, que comenta. Los transcribo aquí en alemán para el interés del germanófilo hispanoparlante de turno:
Ohne Titel von Erika von Watzdorf-Bachoff
Ein schwüler Traum von ungelebten Sünden liegt schwer in meinem Blut, und alle Ströme meiner Sehnsucht münden in dieses Traumes Flut.
Eine kleine Lampe von Rudolf Presber
Es steht in meinem Zimmer Ein Lämpchen auf dem Pult. Das hat einen freundlichen Schimmer, Das hat eine lange Geduld.
Ist emsig, mir zu dienen, Hat oft, wenn alles schlief, Manch' süße Dummheit beschienen Und manchen Liebesbrief.
Es hat in einsamen Jahren So treu für mich geglüht; Und jüngst hab’ ich’s erfahren: Das Lämpchen hat auch - Gemüt.
Es kam zu heimlicher Feier Die Kleine - zum ersten Mal… Gesichtchen tief im Schleier, Die Schultern tief im Schal.
Sie kam so scheu, so schüchtern, Sie stand so fluchtbereit - Mein Herz war nicht mehr nüchtern Vor so viel Seligkeit.
Wir saßen beim roten Weine, Sie flüstert: Jetzt muss ich nach Haus - Da ging die kluge, kleine, Taktvolle Lampe aus…