Si por la fecha de su nacimiento (1852) y por la ubicación cronológica de su obra pertenece Eduardo Ladislao Holmberg a la generación del 80, por su estilo y su temática —donde lo fantástico se conjuga diestramente con lo científico y lo policial— debe ser considerado el iniciador dentro de la literatura argentina de esa corriente que a través de Las fuerzas extrañas de Lugones o del alucinante Borderland de Chiappori y del posterior H. Bustos Domecg, lucida y ambigua falsificación de Borges y de Bioy Casares, llega a Las pruebas del caos de Anderson Imbert, a El estruendo de las rosas de Peyrou o al reciente Jasca de Los tallos amargos. Contemporaneo de Cané, de Lucio V. López, de Estanislao Zeballos, de Ramon J. Carcano, de José María Ramos Mejía (y de toda esa camada de hombres que si por un lado resolvió la capitalización definitiva de Buenos Aires en el 80, y en el 90 tomo posiciones a favor de Juárez Celman o en contra, junto a Leandro Alem, por otra leía empeñosamente a Darwin y Spencer) Holmberg se dejo fascinar por el mundo misterioso, poblado de equívocos y de brumas, de Hoffmann y del norteamericano Poe; pero esas influencias se mezclaron con sus vastos conocimientos de naturalista —principal titulo de Holmberg—, con su ironía de cepa germana, con su porteñismo socarrón, transigente, produciendo un tipo de relato tan original como lamentablemente desconocido u olvidado.
Eduardo Ladislao Holmberg fue un médico, naturalista y escritor argentino. Hijo del aficionado a la botánica Eduardo Wenceslao Holmberg y nieto del barón de Holmberg que acompañara en sus campañas al Dr. Gral. Manuel Belgrano e introdujera en la Argentina el cultivo de la camelia, fue una de las principales figuras de las ciencias naturales en el país, compendiando por primera vez la biodiversidad de su territorio. Fue además un prolífico literato.