La historia en sí es muy bonita y, a la vez, triste, pero también esperanzadora. Uno de los momentos más conmovedores es el relato final sobre una mujer que donó los órganos de su hijo fallecido y que, a día de hoy, mantiene el contacto con quienes los recibieron. Para ella, es como si su hijo siguiera presente de alguna forma, lo cual me pareció muy lindo.
Sin embargo, la forma en la que está planteada la historia no terminó de convencerme del todo. La trama es buena, pero, desde mi punto de vista, todo sucede demasiado rápido, lo que hace que algunas escenas parezcan preestablecidas de manera algo brusca. Además, debido a este ritmo acelerado, no logré conectar completamente con los personajes ni apreciar su evolución de manera profunda. Siento que faltó algo en su desarrollo para que su evolución a lo largo de la historia resultara más natural y creíble. Me da pena porque la historia en sí tiene mucho potencial, pero me faltaron esos detalles para disfrutarla completamente.
Por otro lado, investigué un poco sobre la autora y tiene todo el mérito del mundo. Cuando decidió que quería escribir, se apuntó a la escuela de adultos y, con esfuerzo, logró su objetivo. De hecho, ya me gustaría a mí empezar una novela, terminarla y tener la capacidad de crear una historia así. No sé si esta será una de sus primeras novelas, pero me habría gustado que el ritmo fuese más pausado, que se profundizara más en los personajes y que los acontecimientos no se sintieran tan apresurados.
A pesar de estos detalles, es una historia muy bonita y dura a la vez, pero que, aun así, tiene un toque esperanzador.