Édouard Pojulebe es un caballero contable, solitario y no del todo infeliz que se administra una vida litúrgica donde ningún azar perturba el sosiego de lo previsible. Sólo destaca por su extravagante normalidad y por ese apellido inaudito que tantos disgustos le causó durante la infancia. Es verdad que su existencia resulta a veces algo monótona, pero la fortuna quiere que el tedio salte hecho añicos cierto día cuando un individuo se derrumba en la calle sobre su espalda. El desconocido intenta decirle algo antes de que la ambulancia lo traslade a una cama hospitalaria. ¡Menudo soponcio! Nuestro hombre decide entonces investigar los pormenores del asombro y descubre que el interfecto posee también el calamitoso nombre que lo atormenta. La coincidencia onomástica y la muerte de su tocayo en circunstancias oscuras desencadenan una avalancha de acontecimientos ciertamente incómodos para la mesura de nuestro héroe, que se ve empujado a una fuga nada discreta y, lo que es aún más grave, a reinventar su propia persona, tarea heroica donde las haya. Porque no es fácil ser otro. Esta novela penetra en el túnel de la identidad con una dinámica mezcla de humor y perspicacia reflexiva que hará las delicias de los lectores. Al final, por cierto, se ve la luz.
Creo que fue [más o menos] ayer cuando decíamos que parecía haber una corriente literaria que podría ser bautizada como “la del hombre que huye” o “la reinvención del don nadie” en el sentido que se trata de una novelística que tiene mucho que ver con seres humanos en busca de acción o algo que poner el diario que no sea el simple hoy planté judías de Thoreau. Yo no sé, pero algo hay. Una tendencia, seguro. La inconcebible… es un buen ejemplo, ya verán.
Un buen día Manou Fuentes puede que de profesión anestesióloga (esto, en principio, no va con segundas) decide compartir con nosotros su pasión por la literatura. Es un hecho que la literatura levanta pasiones entre algunas, digamos, personas. No sé qué culpa tenemos los demás, honestamente, pero ahí está, el hecho, inmutable, de unos cuantos evidenciando su falta de talento. (No digo que sea el caso). El resultado es una banda de miles de cientos de seres humanos sentados frente a un ordenador creyendo que lo suyo está de fábula. Toda esta gente podría dar salida a eso suyo serigrafiando citas de Proust en camisetas, shorts o toallas de playa, o tarareando poemitas de Lorca en los puestos de palomitas de las ferias locales, pero no, ellos no, ellos, comportándose como niños que tratan de matar al padre a golpe de qwerty, escriben libros que luego quieren publicar para que todo el mundo veo lo mal que lo hacen. Manou Fuentes no parece, a primera vista, una excepción (aunque al menos ella no es una adolescente tardía haciendo perder el tiempo a la gente con ucronías de dos mil páginas), aunque, no sabemos bien porqué (tal vez por el aval que supone ser traducido) sí hay lugar a la esperanza (aunque también es probable que eso sólo lo creamos porque ya tiene una edad, Manou, lo que conlleva suponerle experiencia y una vida propia y mejores cosas que hacer si lo suyo, su talento, no es suficiente para).
Un libro con una descripción interesante que, desafortunadamente, me dejó poco satisfecho.
Sin embargo, hay ciertos aspectos de la historia que me agradaron; la crisis de identidad del personaje principal (con quien me identifico en cierto modo), los recuerdos de su padre (un personaje culto pero con una crisis de la edad), su madre (una mujer desligada de los asuntos intelectuales pero con sus propios talentos), la relación del protagonista con esta nueva familia quien le muestra una nueva forma de vivir y básicamente el tema principal sobre darte cuenta que hay más en la vida.
Tristemente, a pesar de tener estos temas, la historia se vuelve innecesariamente larga y la trama principal del asesinato del otro Pojulebe deja de ser emocionante y misteriosa. El desenlace es anticlimático y al final no parece haber una verdadera conclusión.
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