Ramos vuelve a la carga con su álter ego, Gabriel. El chico arrabalero de El origen de la tristeza (Malpaso, 2014) es ahora un hombre, aparentemente triunfador pero en realidad desgraciado, marcado por una infancia dura y el odio hacia su padre, recién muerto. Los dos días de velatorio (del que él mismo debe hacerse cargo) son el detonante e hilo conductor que sirven al protagonista para ordenar su cabeza cinco años después. El reencuentro con su padre (de cuerpo presente), con la familia, con sus tres exmujeres y con la decadencia del que fue su barrio le conduce a reencuentros aún peores: con el alcohol, las prostitutas, el descontrol, con su acérrima ley que ahuyenta el amor. La ley de la ferocidad es la historia intensa y cruda de un hombre atormentado que revuelve en el pasado para comprender la razón de su naturaleza, provocadora y cruel. Busca una respuesta que justifique su actitud hostil hacia la vida y que evite su autodestrucción.
Pablo Ramos nació en Buenos Aires (1966). Ha escrito las novelas El origen de la tristeza (2004), La ley de la ferocidad (2007) y En cinco minutos levántate María (2010). Su libro de relatos Cuando lo peor haya pasado obtuvo los premios Fondo Nacional de las Artes (Argentina, 2003) y Casa de las Américas (Cuba, 2004). En 2012 publicó la colección de cuentos El camino de la luna.
Su obra está traducida al francés, el portugués, el ruso y el alemán.
Una maravilla. Es un verdadero latigazo este hombre. Escribe con fuerza, y a la vez es vulnerable. El caso es que me tuvo atrapada de principio a fin. Me pareció del mundo fogwill, pero otra cosa. Me encantó, y lo recomiendo muchísimo. Buscare más para leer suyo, que ya me considero fan.
Uno de los impactos más fuertes que tuve en la literatura desde que leí Los detectives salvajes hace tres años. Es impresionante cómo escribe este tipo, con una fuerza similar a la de Samanta Schweblin pero más sucia. No hay nada que no tenga que estar acá. La novela de Pablo Ramos está escrita con la precisión de un cuento, o de los muchos cuentos que la componen. Un hallazgo.
La relación entre un padre y su hijo, y las consecuencias que de ella se derivan son el centro a partir del cual Ramos construye esta historia. La vida desprolija, llena de excesos y de escepticismo se transmite a partir de un lenguaje vigoroso e intenso, que intenta (y logra) recrear la agitación emocional del personaje narrador. Lo dramático de la situación narrada no excluye el humor o la ironía, a menudo con juegos verbales ligados al registro popular que seguramente ponen en aprietos a más de un traductor, pero que son muy disfrutables para quien tiene la suerte de captar ese manejo linguístico. En fin, de reconciliarse con sus afectos y con uno mismo, de eso se se trata esta intrincada y recomendable novela de Pablo Ramos.
Execlente. Crudo. Visceral. Poeta. Sucio. Asqueroso. Todo Me cuesta, ni voy a ponerle palabras a este libro. Aunque ya le puse varias. Todo. No sé. La puta madre
Empieza bien, con la muerte del padre del protagonista y la organización de un velorio tradicional siciliano de 48 hs de duración, con una buena presentación de personajes y algunos pensamientos profundos. Pero después decae mucho, empieza un divague autorreferencial por momentos insoportable. Un viaje hacia el reviente, con drogas, alcohol y sexo. Uno entiende que la muerte del padre al personaje principal lo pone en crisis, y el titulo del libro da la clave de lo que pasa, pero me parece un personaje tan ególatra y deleznable, que me costo sostener la lectura. Es una narración en primera persona, como un flujo de conciencia, por lo tanto si el narrador no seduce, no se disfruta. Me hubiera gustado que desarrolle mas la relacion con su padre y con su hijo, pero parece todo decorativo como una excusa para desarrollar los excesos, que evidentemente es donde Pablo Ramos se siente mas cómodo. No esta mal, esta bien escrito, solo que no es la literatura que mas me interesa, donde las mujeres son solo orificios vaginales y se intenta ser el Bukowski del tercer mundo.
Un hombre recibe la noticia de la muerte de su padre. En el velorio que durará dos días, recordará cuestiones de su pasado, que aún así lo siguen aquejando en el presente y que intenta, aunque sea un poco, apaciguar con drogas, sexo y alcohol.
Leyendo la premisa inicial de La ley de la ferocidad uno quizás no se sentiría tan interesado. O por lo menos, eso me ocurriría a mí. Comencé con esta novela porque era la que le seguía a El origen de la tristeza, primera parte de esta trilogía, si cabe la palabra, y también porque me la recomendaron mucho diciendo que era mucho mejor que la novela anterior. Si El origen de la tristeza me había gustado, me había parecido una buena historia y sobre todo bien contada, La ley de la ferocidad no solamente alcanza esto, sino que perfila a Ramos como un escritor interesantísimo. En esta novela consigue transmitir lo que le sucede al personaje, que bien podría ser él mismo, de una manera envidiable.
El autor tiene una capacidad extraordinaria para desarrollar cuestiones, psicológicas más que nada, con el uso puro y exclusivo de la palabra. Podríamos decir que cualquier escritor debería ser capaz de hacer algo así, teniendo en cuenta el hecho de que estamos frente a un texto escrito, pero más allá de eso, es impresionante la facilidad que tiene Ramos para describir situaciones pesadas, duras, densas, de una forma que reboza belleza. Porque así es Ramos, es un escritor que cuenta cosas complejas de manera completamente poética.
Si comparo esta y la novela inicial de la trilogía, observo aquí no solamente una madurez del protagonista, que ahora ya es un adulto, sino también un mayor desarrollo del mismo en cuanto a las características de su personalidad. En El origen de la tristeza Ramos no prestaba atención solamente a mostrar a Gabriel, sino que, además, se ocupaba de que el lector supiera sobre su ambiente. Es decir que leyendo dicha historia conocemos del barrio del personaje, sus amigos, familiares, contexto social, etc. En ese sentido, en el hecho de mostrarnos los “alrededores” del protagonista, esa novela era quizás más profunda que La ley de la ferocidad. Pero en esta segunda parte, Ramos ahonda más en la cuestión más interna, por así decirlo, de Gabriel. Conocemos más sobre cómo piensa, cómo se siente y qué reacciones ante hechos que la vida le va poniendo en el camino; y más intensamente aún, entendemos la compleja relación entre él y su padre. Ese padre ausente, distante, que, según palabras de Gabriel, “tropezaba siempre con la descomunal muralla de su miedo a amar”. Particularmente, me interesan más estas cuestiones. No porque lo otro, lo que veíamos más claramente en El origen de la tristeza sea menor, sino por el hecho de que mi experiencia de lectura personal se siente más satisfecha cuando se ahonda más que nada en el carácter psicológico de la historia.
En muchas ocasiones, que una novela esté escrita en primera persona supone una profundidad en el personaje que narra mucho mayor que si estuviera relatada en tercera. Hay otros casos (que desde mi punto de vista corresponden a novelas a las cuales les falta desarrollo) en los que la primera persona no aporta nada significativo a la esencia de la novela; esa forma de narrar no se distingue de otras, no representa nada nuevo en el relato. En el caso de La ley de la ferocidad, la primera persona está utilizada de manera excelente. Y no solamente por el hecho de que esta sea una historia “autobiográfica”, si vale el término, sino porque con este recurso Ramos logra explotar todas sus dotes narrativas, y su capacidad para desmenuzar la mentalidad del personaje de forma tal que a nosotros nos llegue, nos alcance de una manera especial. El protagonista de La ley de la ferocidad traspasa los materiales de los que está hecho. No es un tipo de tinta y papel. Es una persona. Y Ramos lo sabe delinear de una forma excelsa. Lo hace parecer endemoniadamente fácil. Y claro está, no lo es.
Otro factor sumamente interesante y a tener en cuenta a la hora de analizar esta novela, y en especial a su protagonista, es la capacidad que este tiene de mirarse a sí mismo. En este libro, Gabriel no aparece como la víctima de un padre déspota que siempre lo maltrató y nunca lo quiso. Sí es cierto que alguna de estas características está presentes dentro del relato, pero no son las que hacen al mismo. La esencia, desde mi lectura, de La ley de la ferocidad es la forma en que el protagonista logra describirse. Lo hace de una manera cruda, sin tapujos, que no solamente tiene su valor emocional o humano, si se quiere, sino que también es muy valorable desde un punto de vista literario. Por ejemplo, a Gabriel nada le importa a la hora de hablarse a sí mismo y decir: “Siempre me afirmo en la fragilidad de los demás, no soy un depredador sino un destructor, no encuentro placer en lo que hago ni tampoco lo hago por necesidad. Lo hago para ofender, para ofenderme, para ofender a Dios. Existo para eso y para la botella, eso sos vos, Gabriel, eso mismo”. La novela está repleta de este tipo de frases autorreferenciales, las que consiguen que la misma se convierta no solo en un tratado de la vida de Gabriel y los demás, sino que los temas también se aborden desde una perspectiva activa por parte del protagonista. Este se saca definitivamente el mote de víctima; su historia no lo toca de forma pasiva, sino que él también forma parte de ella, y de forma muy activa.
Ramos es un gran escritor, y no hay mucha vuelta que darle. No sé si es específicamente por la forma en que elige las palabras, tampoco si es por los temas que trata. Quizás sea por todo esto en conjunto. Las buenas novelas se componen de muchos factores favorables, de muchas cosas que efectivamente las convierten en buenas novelas. Y aquí me encuentro, de nuevo, en una encrucijada que no me resulta fácil resolver. ¿Por qué La ley de la ferocidad es una novela tan buena, con tanto valor? Algo similar me había ocurrido con otra historia que leí recientemente, La larga noche de Francisco Sanctis. Los dos libros no son comparables ni en cuanto a estilo ni en cuanto a temas abordados, pero sí puedo analizarlos juntos en el sentido de que ambos me produjeron una sensación que hacía que la novela me gustara mucho, pero que no era capaz de dilucidar completamente.
Como una respuesta tentativa, podría pensar que la narración de Ramos es tan efectiva por la sumatoria de dos factores. El primero de ellos tiene que ver con la poesía que se maneja en su prosa, por la construcción de imágenes con mucho vuelo poético. Este factor, sumado a un segundo, que vendría a ser la potencia de los temas que se relatan, genera que el texto consiga un nivel de intensidad pocas veces visto. El autor nos cuenta cosas muy pesadas, densas, complejísimas, como lo son las difíciles relaciones no solo con las drogas, sino también con las personas. Y esto lo hace de una manera que muchas veces nos hace olvidar de la crudeza de las situaciones narradas. ¿Cómo? Simplemente, por la poesía que caracteriza su prosa.
La ley de la ferocidad es una novela excelente, que también supera ampliamente, desde mi punto de vista, a El origen de la tristeza. Ramos bien podría ser el boxeador que aparece en la contratapa. Constantemente nos golpea no solo por las situaciones que relata, sino por la forma en la que lo hace, por la poética que está siempre presente en su estilo narrativo. Una novela que, además, no se puede dejar de leer, que atrapa al lector de una manera inusitada. La ley de la ferocidad es una apuesta arriesgada por parte de Ramos, que fue llevada de tal forma que se aleje de cualquier mínimo ápice de victimización. La ley de la ferocidad es eso, una novela feroz.
«Un cartón seco y delgado que cubre las dimensiones de lo que ha sido un hombre. Nada más, nada más porque no hay más: mi padre es ahora la no vida de mi padre».
Pablo Ramos escribe con furia frenética. Hace del lenguaje un látigo y castiga, castiga, castiga. Pocas veces me encontré con una lectura tán física. Es un cross de derecha en la mandíbula, y en plena confusión, un gancho de izquierda a la boca del estómago, que te deja doblado de cara al piso y el culo mirando al techo, sin aire y con náuseas. Me hizo sentir incómodo, claustrofóbico en mi propio cuerpo, como en un traje prestado y apretado. Un librazo con todas las letras. Corrosivo como ácido de batería. Impecable en la forma. Adictivo.
Amo la verborragia de Pablo Ramos, esa manera de putear, odiar y pensar cosas horribles para no sentir. Me gusta su forma de escribir y de describir, aunque no puedo tolerar algunas escenas de violencia extrema o de destrato hacia las mujeres, incluso menores de edad. Entiendo que es la mierda de la droga que come por dentro al personaje, pero me duele profundamente, y por eso lo amo también. Desde que leí El origen de la tristeza no paré de leerlo y esta obra en cierta forma viene a explicar muchas de las cosas que quedaron inconclusas. Pareciera que vuelvo a leer las historias que ya contó en "Hasta que puedas quererte solo" pero en realidad las está profundizando.
La muerte del padre. ¡Vaya tema literario! Pablo Ramos nos entrega un texto sobre la desgracia, el infortunio, el desamparo, el drama, el terremoto que sacude, conmociona y que jamás desaparece; más allá del período de duelo, siempre cargas con las secuelas de la pérdida de tu padre.
Conocí a Pablo Ramos gracias a un video de un programa televisivo donde lo entrevistó Eugenia Zicavo, una conductora de TV, periodista, socióloga e investigadora, que habla sobre libros en varios programas de la televisión pública argentina.
Pablo Ramos (1966) es argentino, poeta, músico, cuentista y novelista. “El origen de la tristeza” (2004), primer volumen de su saga de auto ficción, lo leí en el 2019, y trata sobre la adolescencia de Gabriel Reyes. El segundo es “La ley de la ferocidad”. El tercero titula “En cinco minutos, levántate María”; espero no pase mucho tiempo para leerlo.
En “El origen de la tristeza”, un adolescente Gabriel Reyes, evoca y nos cuenta sobre su infancia, ese final de los tiempos felices, en un barrio bonaerense de Avellaneda a finales de los 70´s. En “La ley de la ferocidad”, nos encontramos a Gabriel ya adulto, dispuesto a escribir lo que ocurrió una mañana, cinco años atrás, cuando recibió una llamada de su madre, anunciándole el fallecimiento de su progenitor.
A Gabriel, el hermano exitoso, el que logró salir del barrio, el empresario inmobiliario, el de dinero, le toca la responsabilidad de organizar el velorio de su padre; y lo hará, sin escatimar recursos, convirtiéndolo en un rito funeral de tres días y dos noches, intensas, brutales, desgarradoras, cuando desbordado por sus sentimientos, completamente descolocado por la muerte del padre, rompe con su período de abstinencia, recayendo, con un desenfrenado y furioso frenesí, en sus adicciones con el alcohol, las drogas, las prostitutas.
Mientras su madre, sus hermanos, sus ex mujeres, los amigos y familiares velan al padre, Gabriel entra y sale del velatorio, en una especie de “Road Trip” por la ciudad, reflexionado sobre el padre muerto, con el que compitió toda su vida, desmoronándose en una violenta recaída hacía sus adicciones, en un viaje durante 72 interminables horas, de las cuales, no pasó ni diez en el velatorio.
Gabriel va combinando sus desenfrenadas actividades, relatándonos recuerdos menos perturbadores, como un proyectado viaje a San Miguel Tucumán, al que invitó a su padre, para visitar juntos a su hermano Alejandro; o cuando siendo joven, su padre colocó, en un inusual gesto de cariño, su mano sobre el hombro del hijo, “dándole algo de espacio al amor”.
Por más que intentaba, no lograba justificar la rabia, la ferocidad, el coraje que Gabriel manifestaba por, o más bien, contra su padre. De “El origen de la tristeza” no me asaltaba ningún recuerdo sobre el padre que explicara tanta invectiva; y lo que nos cuenta en “La ley de la ferocidad”, mientras evoca su pasado, tampoco me lo aclaraba. Puro desajuste mental y emocional suponía, hasta que Gabriel, escribiendo, evocando, reflexionando, en un destello, vislumbra el origen del desencuentro, la invención de ese padre feroz.
Escrita desde las vísceras, “La ley de la ferocidad” es una novela que rezuma dolor, angustia, desconsuelo, impotencia; revela una tristeza tan honda, tan insondable, tan intensa, que si no fuera por ese humor tan negro, que se desparrama por doquier, terminarías contagiándote. Historia de un mal hijo, más que de un padre malo, la “Ley de la ferocidad” es el segundo tomo de tres que protagoniza Gabriel Reyes, el yo literario de Pablos Ramos.
Pablo eligió contarnos la historia utilizando una estructura de vaivén, que inicia cinco años después del fallecimiento; desde el funeral, salta al pasado, o igual, a un futuro no tan lejano, algunos meses después del fallecimiento, lo que leyéndome te podrá parecer incómodo, pero no te preocupes, no lo es.
Escrita en primera persona, con una prosa tan intensa como agobiante, “La ley de la ferocidad” es una lectura que te molesta y escandaliza, pero también te conmueve; te abruma y te atosiga, pero al final, te redime; es una obra que podrá o no gustarte, pero, si te decides a iniciarla, difícilmente podrás arrumbarla sin terminarla. ¡Te leo!
Leí una entrevista que le hacían a Pablo Ramos sobre su nuevo libro (el cual no ha llegado a Colombia) y su sinceridad con el entrevistador me llevó a tener ganas de conocer su obra literaria. Después leyendo los comentarios de este libro no me quedó más que comprarlo. Ya, a la mitad de este libro, había comprado sus dos otros libros de esta trilogía. Todo esto para decir, que si bien no considero que sea el.mejor escritor que haya existido, su sinceridad y como abre el alma en este libro lo invitan a no dejar el libro de lado. Es un libro sobre el amor o la falta de éste que es casi lo mismo. Es la historia de la soledad, el abandono, el reencuentro, la tristeza y la drogadicción de alguien perdido en si mismo. Todo esto contado alrededor de la muerte del padre del narrador y de su velorio de varios días; días que le dan tiempo a Gabriel de reflexionar, encontrarse y perderse en su pasado y en el pasado de su viejo. Muy recomendado.
Tengo sentimientos encontrados respecto a este libro. Demoré bastante en terminarlo porque no me enganchaba del todo, pero aun así me parece que está escrito magistralmente.
La prosa de Pablo Ramos es espectacular. Es el primer libro que leo de él, y creo que la crudeza y el desparpajo con los que escribe son un punto muy a favor. Marqué muchas frases preciosas y me reí en voz alta varias veces.
Pero también tengo que admitir que por momentos me aburrí un poco: sentía que estaba desorientada, que no entendía dónde estaba el personaje y me desconectaba. Esto hizo que mi experiencia con la novela fuera un poco menos placentera, aunque es imposible no reconocer que Ramos es un gran autor.
Además, había visto reseñas MUY positivas sobre este libro, y esperaba que me volara la cabeza. Eso no pasó, pero no dejó de ser una buena lectura sobre un vínculo tortuoso entre un padre y un hijo.
“Ira: Enfado muy violento en el que se pierde el dominio sobre sí mismo y se cometen violencias de palabra o de obra”, leo…
¿Qué justicia buscabas? ¿Qué dolor querías calmar? ¿Qué miedos esquivaste durante toda tu vida? Desde la muerte de tu padre, al muerte de tu madre, la muerte de tu hermano Juan, te fuiste fragmentando en pedazos cada vez más irreconocibles. En medio de tanta muerte, tanta furia te habría servido para mantenerte con vida. Un canal del odio para que sangre la sangre envenenada. “Ira: Destrozó el coche en un arrebato de ira.”
Mi padre era capaz de dejarnos solos en su camioneta, a mi hermano y a mí, de seis o siete años, con las puertas abiertas en medio de una avenida, para correr tras el chofer de un camión que lo había encerrado en la vuelta de la esquina. Como si fuera una especie de Indiana Jones, pero nada gracioso ni divertido, se trepaba al acoplado, caminaba hacia la cabina del camión agarrándose de donde podía y empezaba a darle trompadas al tipo por la ventanilla. Por eso, que ni siquiera había sido una injusticia, ni siquiera un accidente, ni siquiera una ofensa. Era tan sólo, ahora lo sé, una posibilidad de sentirse poseído, de beber el vino que ella, la ferocidad, le ofrecía. Una chance de enajenarse por completo y olvidarse de nosotros, ya que nos tenía ahí y no le quedaba más que llevarnos con él y respirar el mismo aire que nosotros respirábamos.
Casi nunca se detenía a mirarnos: no recuerdo ni una sola mirada a los ojos que me haya hecho mi padre, excepto esas miradas que no eran a los ojos, sino un recorrido de la cara que evitaba los ojos y que me aterraban. Será que el también creía que la mínima posibilidad de sentir que podía estar equivocado lo haría trastabillar. En los ojos de los demás se puede encontrar ternura, y yo creo que él, además de no necesita la ternura, la temía.
Ahora acá te escribo. Ahora allá vivo tu muerte, padre, como cada día de mi vida vivo tu muerte. No puedo relacionarme con amigos, ni con mujeres, ni con conocidos casuales. Nada me dura más de una o dos veces. Muy rápidamente destruyo todo, muy rápidamente me destruyo con todo lo que destruyo. Llevo cinco máquinas de escribir tiradas al piso, seis departamentos convertidos en escombros, y ahora convierto mi vida en escombros para buscar entre esas piedras las palabras que puedan mantenerme vivo.
Dice en una entrevista -No intento construir una metáfora perfecta. Sino a través de un montón de metáforas imperfectas expresar que no hay palabras para decir lo que quiero decir-. Mientras busque formas de comunicar esas palabras lo leeré. Faltaba sinceridad por estos lares literarios... por el mundo.
Yo, por lo menos, encuentro esa sinceridad en lo que otros escriben. Al no poder decirlo, o aceptarlo, o pensarlo. Lo leo, lo subrayo, lo voy juntando cual retazos. Hay que conversar con los demás lo que se puede, y con los libros lo que no. Espero que algún día de tanto conversar lo que no se debe termine por dejar de juntar retazos y construir mi propia colcha ... el camino de la sinceridad en estos tiempos modernos.
Por el momento, los retazos de este libro estará incompletos. No los quiero escribir todos porqué tendría que transcribir todo el libro y además quiero tener una excusa para volverlo a leer emocionada. Que no todo este acá. __________________________
Alejandro me da la espalda, como si le diera vergüenza que nuestro padre estuviera muerto. - Me lo llevo, Gavilan – me dice Sergio-, ¿podés seguir solo? - -Puedo, cuidameló, hermano –digo. Pero me gustaría decirle que no, que no puedo más solo. Sergio, cuñado, amigo, no me dejes pero tampoco lo dejes a él. Partite en dos pero si no podés andá, porque él es el sol y la luna, es el hermano herido, la verdad oculta debajo de tanta paliza, tanta droga metida en la nariz, en los pulmones, en las venas. No lo dejes, no me dejes, no nos dejes. Yo soy él porque él es el corazón de mi corazón, la ternura que nunca termina, la dimensión terrible de la soledad. __________________________
Italianos. O tal vez deba decir sicilianos. No sé cuándo ni exactamente por qué me enemiste tanto con ellos. Pero en algún momento pasó. La familia. La vida en manada. La imposibilidad de un momento de silencio, un lugar de intimidad. __________________________
De pronto siento que inventar una historia es jugar con fuego. Me angustia el hecho de inventar, sentir la imposibilidad de saber con exactitud donde la imaginación se contamina de la memoria. ___________________________
Pensé que un suicida es aquel que ha perdido por completo su instinto de supervivencia. Un borracho, un drogadicto, es casi lo mismo que un suicida, solamente que un resabio de ese instinto todavía perdura en su alma. Los tres habitan el infierno: la conciencia implacable de que existir es un don inútil.
___________________________ ¿Qué vas a devorarte del muerto, Gabrielito? ¿Qué te devoraste ya del vivo? -No entiendo -Entonces entendé. Vos no sos tu padre. Dejá de odiar lo que odiás si querés qe se aleje definitivamente de tu vida. Nada se tiene más cerca que lo que se odia. ____________________________
Este libro explora temas que no son novedosos (la relación con el padre, los excesos, la nostalgia, el pasado que vuelve) pero con una maestría para darle ritmo a una trama cuanto menos oscura. Me gusta Ramos y me encanta la forma en que el presente (cuando escribe) y el pasado se van entrelazando para entender al personaje de Gabriel, el protagonista. Una tristeza y un dolor que si no afloran amenazan con contaminarlo todo, y la escritura como catarsis para evitarlo.
“El barrio donde yo pasé mi infancia ya no tiene que ver conmigo, no me da nada, ya no puede ofrecerme ninguna felicidad y supongo que mirarlo es enfrentarme a esa verdad, darme cuenta de que el anhelo es otro de los dioses muertos con los que pretendo inventarle un sentido a este presente confuso o a la insatisfacción de un presente que me confunde.”
LA LEY DE LA FEROCIDAD ( PABLO RAMOS,2007). GRAN NOVELA DEL ESCRITOR ARGENTINO (AVELLANEDA), EN ÉSTA Y DE FORMA CRUDA Y VISCERAL NOS RELATA LA HISTORIA DE GABRIEL, PROTAGONISTA CUYO PADRE HA FALLECIDO Y LA FORMA EN QUE ÉL MISMO ENTRA EN INTROSPECCIÓN DURANTE EL TIEMPO QUE DURA EL FUNERAL, UNA HISTORIA DE FRACTURA FAMILIAR, DE RECELO, DE DROGAS Y DE ALCOHOL PERO CON UNA PROFUNDIDAD Y DESOLACIÓN TREMENDA. UNA NARRATIVA QUE RELACIONO MUCHO CON LA OBRA DE IRVINE WELSH (TRAINSPOTTING). PRESTO A CONTINUAR LEYENDO EL RESTO DE SU OBRA NARRATIVA.
No puedo dejar de maravillarme con la manera en que el autor conjuga tantos sentimientos en uno solo, en la ferocidad, que es urgente pero que también es sinónimo de una historia que llevo años (re)construir.
Libro hermoso y horrible a la vez, si me permiten decirlo. Está tan bien escrito, tiene frases tan hermosas y desgarradoras que me gustaría arrancar y guardar en mí cajón por años, y a la vez logra generar tanto desagrado que es increíble, sinceramente.
Yo esperé años para leerlo, porque sé que a mí papá le encantó, pero lo leyó en plena separación, y a mí eso me marcó, me hizo sentir que este libro fue importante para él y quería serle fiel, leerlo cuando yo estuviese listx para enfrentar lo que él tuvo que enfrentar en su momento. Y lo logré, llego el momento de leerlo y sentir que en mis manos había un poquito de mí padre también, entre medio de la historia, su historia, la historia de mí padre y la del padre de mí padre. Cómo si todos estuviésemos de alguna forma marcados por el dolor que transmiten los padres que no saben decir lo que sienten, y a los que cuesta tanto decirles lo que uno siente. En ese sentido, este libro es clave, no es que funcione de ayuda, sino de manifiesto, de representación de la vida de tantos adultos que hoy circulan por el mundo sin más.
Este libro duele, porque duele ver lo que causa el dolor, el odio, el rencor, los traumas, las heridas abiertas, la ausencia, las adicciones, la ferocidad contenida que estalla y contamina. Es difícil de leer sin sentir rabia, sin la frustración de ver la solución y saber a la vez que esa luz, no está al alcance del protagonista, porque si bien hay un camino, hay personas que ansían salvarlo, no todos pueden ser salvados en todo momento, y algunos deben llegar al límite de la autodestrucción para remontar vuelo. Es difícil leer lo que se lee, y a la vez es tan grato, es saber que lo que se cuenta en retrospectiva ya pasó, ya hay un futuro mejor, pero a la vez el pasado duele, e inevitablemente nunca dejará de doler. Es saber que uno nunca dejará de cargar con sus muertos, pero quizás vive en el fondo la esperanza de que ese peso disminuya y permita respirar, que permita al protagonista existir y que ese existir no sea siempre en contra de su propia voluntad.
No es un libro fácil, pero no por eso creo que es un libro que no merezca ser recomendado. Por el contrario, creo que es una recomendación inamovible, que debe ser sin embargo pertinentemente rotulada. Leer con precaución, pero leer.
"Arranqué una naranja y la partí al medio. yo sabía que eran naranjas silvestres, agrias, y que sólo servían para hacer dulce. Pero igual me la metí en la boca y le chupé el jugo. La panza me crujió como si el jugo fuese lavandina. Pero no lloré, apreté los dientes y me terminé las mitades"
Pablo Ramos encontró una palabra para definir el estallido de la furia, el dolor que se sufre y se inflinge como respuesta cuando el amor es algo distante: la ferocidad. Creo que la escritura de este autor también es feroz. Hermosa, magnética, contundente, pero sobre todo feroz. Nos golpea capítulo a capítulo como la figurita de la tapa. Esta novela cuenta la historia de Gabriel, un hombre que pierde a su padre y no puede llorarlo. Gabriel vuelve a Dock Sud, barrio donde creció, en busca de este llanto y se embarca en un recorrido frenético. Se va de gira. En el camino se mezclan el pasado y el presente. Los recuerdos de la infancia, los amores perdidos, los hijos, los padres, la fantasía, el alcohol, el sexo y la cocaína. La travesía dura las dos noches que durará el velorio. La ley de la ferocidad es el segundo libro de Ramos protagonizado por Gabriel. El primero es El origen de la tristeza. Empecé esta trilogía por el medio, no por terquedad o por seguir alguna extraña metodología, sino por azar. A veces nos llega un libro a las manos y sólo después descubrimos, felices, que detrás de ese libro hay otro. Y cuando el libro encanta y nos envuelve, que sea el segundo no es un impedimento, sino simplemente una buena noticia.
Es un libro con una prosa y un estilo muy concreto y diferente de lo que había leido hasta ahora. Ramos tiene un estilo cruel y real de contar las cosas, hace que el lector viva y sienta lo que esta viviendo y sintiendo el protagonista. Al leer esta novela entras en un mundo triste completamente. Puedes pensar que trata sobre la muerte de su padre pero no es así. Su muerte sólo es un hilo conductor para que le conozcamos y sinceramente no sé si logramos conocerlo del todo. Su frialdad, dependencia, odio, soledad...todo esto y más marcado, según él y entre otras cosas, por su padre y la muerte que le ha seguido desde pequeño. Te adentras en la vida de Gabriel y cada vez más intentas saber como es y lo que le angustia de verdad, y esperas que sea un final donde se haya perdonado a él y a su padre. Es intenso, pero recomendable.
relectura: este libro sigue siendo una piña en la cara
1er lectura: Muchos sentimientos encontrados. Un personaje tedioso, una descripción del duelo y los demonios internos muy dura pero aún así la escritura de Pablo Ramos te envuelve, te da ganas de revolear el libro pero sin poder parar de pensar en los personajes. Recomiendo, gran lectura.
Si bien narra de una manera desgarradora, que me mantuvo con toda la atención, a veces me parecía que el protagonista era insufrible. Siempre sufriendo su buena suerte y aquejado por la falta de amor de su padre, su autodestrucción y consumo inmoderado de drogas, alcohol y mujeres. Es bastante machista el relato en mi opinión. Supongo que será el reflejo de la época en que se escribió.
Lo que menos me gustó fue como al final se redime, contando la historia de la bruja a sus sobrinos, en dónde se da cuenta que su papá siempre lo amó pero fue incapaz de expresar su amor hacia los suyos. De repente el se da cuenta de que se ha perdido la experiencia de ser papá y al final se convierte en un buen padre para su hijo menor. Un final feliz para una novela que es 95% drama, sufrir, odiar, agredir y nunca arreglar ni sanar.
Por momentos me hacia pensar que el autor quiere encarnar a un Bukowski con la desgracia de haber nacido en Argentina, según los comentarios a su patria. No entendí bien por qué está tan enfadado con la vida, por qué son páginas y páginas de autodestrucción y lamentos, mientras se desquita con las mujeres de su vida tratándolas como un culo para follar.
Pienso que su padre no hizo algo tan malo como para hacerle tanto daño.