Jump to ratings and reviews
Rate this book

Desde el jergón: Las memorias de Josele Santiago de Los Enemigos

Rate this book
Josele Santiago (Madrid, 1965) es una de las voces más inconfundibles del rock español. Al frente de Los Enemigos, o más tarde como solista, ha compuesto y cantado con su voz aguardentosa impregnada de dolor y júbilo uno de los cancioneros más perdurables de la música popular en lengua española.

Desde el jergón son una suerte de memorias al hilo de sus principales canciones y cuentan, con un estilo directo, a veces crudo y otras lírico, la particular singladura de Los Enemigos y de su vocalista, y un buen número de anécdotas inolvidables de juventud y carretera, o en palabras del autor «una mirada subjetiva sobre el corazón de una banda que ha sido capaz de orear su testarudez durante cuatro décadas a lo largo y ancho de un país que no termina de deshacerse del adjetivo precario». Pero este libro es mucho má es el testimonio singular de un momento clave de la cultura underground, cuando, a mediados de los ochenta, surge una escena de grupos, locales y fervientes adoradores del rock en el castizo barrio madrileño de Malasaña y aledaños por donde pululan rockers, mods, punks y otras especies descastadas embebidas de rock y otras sustancias que vivieron y murieron en una época libérrima y loca que ya no volverá.

485 pages, Kindle Edition

Published February 25, 2026

4 people are currently reading
15 people want to read

About the author

Ratings & Reviews

What do you think?
Rate this book

Friends & Following

Create a free account to discover what your friends think of this book!

Community Reviews

5 stars
5 (41%)
4 stars
5 (41%)
3 stars
2 (16%)
2 stars
0 (0%)
1 star
0 (0%)
Displaying 1 - 2 of 2 reviews
Profile Image for Xavi Vp.
4 reviews
March 18, 2026
Como fan de Los Enemigos y de Josele en solitario probablemente no sea muy objetivo, pero honestamente me ha encantado el libro. El enfoque que le da narrando cronológicamente la historia de los discos, parándose en muchas de sus canciones a la vez que nos describe el contexto tanto histórico como personal desde finales de los 80, me ha resultado muy chulo de leer. Y a todo ello hay que sumarle el cómo se abre en canal a hablar sin tapujos de sus adicciones y problemas de salud mental.
Uno de los mejores artistas del estado español de las ultimas décadas, en mi humilde opinión injustamente infravalorado. Grande Josele!
Profile Image for Cobertizo.
370 reviews25 followers
March 17, 2026
Me fascinan las memorias de aquellos músicos que hablan de sus maestros. No tanto por lo que cuentan de ellos, sino por lo que, inevitablemente, terminan contando de sí mismos. Es un rodeo curioso, pues al hablar de quien les enseñó a escuchar o a tocar, acaban retratando con más nitidez su propio universo musical que si hubieran emprendido la empresa —siempre sospechosa— de una autobiografía al uso.

Hay ejemplos extraordinarios. Henry Cowell escribiendo sobre Charles Ives en Charles Ives y su música, o Thomas de Hartmann evocando sus años, no exclusivamente musicales, junto al gurú George Gurdjieff (Nuestra Vida Con El Señor Gurdjieff, terminado por su mujer, Olga Hartmann, tras la muerte de aquel). En ambos casos, el gesto es parecido: la memoria se organiza en torno a una figura tutelar y, al hacerlo, el ego del autor queda parcialmente aplazado. El relato se convierte entonces en otra cosa: un mapa de aprendizaje, de gratitud, de descubrimiento. Paradójicamente, esos libros hablan más de quien los escribe que del maestro al que aparentemente rinden homenaje.

Las memorias en primera persona, en cambio, suelen producirme cierta prevención. No todas, desde luego, pero sí muchas de las que provienen del ámbito musical. Quizá porque la pulsión que empuja a muchos músicos a escribir sus recuerdos rara vez es inocente. Las motivaciones suelen repetirse —y añadir dinero a la ecuación no hace sino aclarar el panorama—.

La primera es la construcción del personaje , la mitología personal. Ahí está Charles Mingus en Menos que un perro, una obra delirante y fabuladora donde la fanfarronería alcanza cotas histriónicas, insondable e insoportable a partes iguales (lo cita Josele, por cierto). O, en un registro completamente distinto pero igual de implacable, las memorias de Igor Stravinsky (Crónicas de mi vida o Poética musical), escritas con esa mezcla de frialdad y autopropaganda que convierte cada página en un monumento al propio compositor. Subiendo la apuesta, también podríamos pensar en ciertas autobiografías del rock patrio donde el yo se infla hasta ocupar todo el encuadre, siendo la vida un largo escenario iluminado únicamente para uno mismo. Sí, me estoy refiriendo a Loquillo y su farragosa empresa de memorias por fascículos, emulando a su querido Fernando Sánchez Dragó (otro que tal).

Otra motivación clásica es el ajuste de cuentas . El libro como arma arrojadiza. Aquí abundan los ejemplos: memorias escritas para devolver golpes, ajustar versiones o repartir facturas atrasadas. Peter Hook dedicando páginas enteras de Substance a despellejar a Bernard Sumner es uno de los casos más notorios . Josele, como veremos, tiene lo suyo con Manolo Benítez y, como era de esperar, con la movida madrileña y sus ecos de personaje colecivo siempre en la sombra (bien atizado, aunque le cambie el tono al referirse a Dinarama y Kike Sierra).

La tercera sería la limpieza de imagen. Neil Young lo ha intentado más de una vez, con resultados irregulares. En su caso, el problema es que el personaje que emerge entre líneas resulta más contradictorio de lo que el propio autor parece dispuesto a admitir. No en vano llegó a denunciar a su biógrafo, Jimmy McDonough, por esa maravilla que es Shakey: la biografía de Neil Young, cuando descubrió, horrorizado, que sus propias declaraciones lo retrataban como a un millonario caprichoso y ridículo.

Y luego está mi categoría favorita: el garabato, el desvarío, la mala literatura en estado puro. Pero incluso ahí hay placer. Como si tuviera alas, las memorias de Chet Baker, es un ejemplo magnífico: un libro desordenado, fragmentario, lleno de lagunas, pero también de una intensidad vital que ninguna voz airada de la generación beat podría si quiera plasmar. Algo parecido ocurre con Memorias de un hippie de, otra vez, Neil Young, donde los saltos temporales y la dispersión narrativa acaban componiendo un artefacto extraño pero fascinante. A veces el caos también dice la verdad, como ocurre con Errollyn Wallen en Cómo llegué a ser compositora, que también adolece de esa mala narrativa, aunque lo que cuenta es valiosísimo.

Frente a todo esto existen, afortunadamente, algunos libros que logran trascender esos impulsos iniciales. Textos donde el ego aparece domado por la voluntad de contar bien una historia. Pienso en Satán es real de Charlie Louvin, un viaje extraordinario por el mundo del country, aunque hay quien seguro piensa que tiene algo de ajuste de cuentas con su hermano; en la vulnerabilidad casi transparente de Brian Wilson en I Am Brian Wilson, lleno de heridas pero también de un optimismo desarmante; o en Rebel Girl de Kathleen Hanna, donde se desmonta con lucidez el patriarcado salvaje disfrazado de escena alternativa que dominó buena parte del rock de los noventa. Incluso la autobiografía de Miles Davis —hoy probablemente escandalosa por su brutalidad y su violencia— sigue siendo un libro honesto y divertidísimo. En todos ellos suele haber, además, una figura invisible: el guía o coautor que ayuda a convertir los recuerdos en literatura (Kathleen Hanna dedica el libro al suyo. Lo dicho, honestidad).

Y, ahora sí, a sabiendas de estas coordenadas, ¿dónde situaríamos Desde el jergón, de Josele Santiago, tras rematar sus últimas páginas y aplacar, en la medida de lo posible, el imperativo emocional que deja su eco?

Quizá lo más honesto sea admitir que contiene un poco de todo. Hay garabato, hay memoria fragmentaria, hay incluso algún ajuste de cuentas. Pero, sobre todo, hay algo mucho más raro en unas memorias al uso: hay una enorme novela. En ese subsuelo que sostiene a las canciones, a la anécdota inverosímil, al cuento vivido desde el lado salvaje, se soterran literaturas de primer nivel: adictivas, honestas, sucias y salvajes. Una novela escrita desde el suelo del bar, desde la biblioteca al escenario.

Es, de alguna manera, el libro que Kiko Amat, Miqui Otero —extraordinario su prólogo a esta edición— o Esther García Llovet podrían haber escenificado —y de hecho han rozado en ocasiones—, pero difícilmente imaginado. No porque les falte talento, sino porque Desde el jergón sólo puede escribirse desde la experiencia directa, desde la vida vivida hasta el desgaste. Y eso se nota. La fuerza de cada capítulo te lleva al siguiente desde la entraña viva. Y aquí sí: se nota la biblioteca y lo extraordinariamente bien depurado que está cada capítulo (lo borrado es tan importante como lo escrito). Lo que me lleva a preguntarme si alguien que no conozca a Los Enemigos ni sepa nada en particular de Josele podría disfrutar del libro como novela, o si está tan dirigido a sus fans que no podemos distanciarnos lo suficiente para verlo.

En cualquier caso, estas memorias funcionan como una bofetada a la nostalgia bien peinada, incluida la de sus fans. Aquí no hay glamour ni voluntad de embellecer el pasado. Tampoco una limpieza de imagen. Si algo caracteriza el relato de Josele es, precisamente, una especie de desinterés por justificarse. Por eso sorprende tanto que, todavía hoy, y a pesar de la transparencia del libro, los titulares vuelvan una y otra vez al mismo lugar: su adicción a la heroína. Entiendo el motivo y hasta la inercia de esa relectura; la sombra del estigma —el yonki de mierda, dicho sin rodeos— lo alcanza y lo emborrona todo. Pero en las bienaventuranzas de Josele ese episodio ocupa, en realidad, un lugar mínimo. ¿Acaso se llegaron a leer el libro estos periodistas a sueldo?

Películas como Romería de Carla Simón o el documental de Elena Molina y Isaki Lacuesta, Flores para Antonio, empiezan a poner los puntos sobre las íes y a modificar ligeramente la percepción, casi ad hoc, pero no creo que sea el caso de Desde el jergón, aunque pueda contribuir con su granito de arena. Uno se pregunta si de verdad las vivencias con Artemio —que podrían dar para un puto libro entero solo con sus batallas— o aquellos años explosivos y efímeros de la Malasaña que surge de las cenizas de esa movida de los cojones, la idolatría de los bares convertidos en santuario, las carreteras secundarias y todo lo demás… ¿no merecen estar por encima del titular fácil de “Josele es un adicto”, repetido mil y una veces? Porque, además, ya lo sabíamos.

He desvelado ya mis dos vértices favoritos del libro: Artemio y Malasaña —de hecho, como título para un libro ya sería perfecto—. Aunque algunas anécdotas ya las conocíamos, como la actuación con la bandurria en la tele o cuando le pidieron la sintonía de David el Gnomo, las bienaventuranzas de estos dos Sanchos son carne de novela, y se ven a kilómetros. Alguien se inspirará en ellos si ninguno de los dos se da prisa en ponerse a contarlo todo… y bueno, de callarse cosas también tienen estas memorias, como las desventuras con poetas malditos.

El único momento donde el tono se vuelve agrio es el dedicado a Manolo Benítez, uno de los miembros fundamentales del sonido de Los Enemigos, pese a quien le pese (incluido a un resentido Josele). El ajuste de cuentas existe, aunque llega con una torpeza que desentona ligeramente en el conjunto del libro. No tanto por lo que se dice como por el momento y la forma en que aparece: un balonazo tras otro que rompe momentáneamente la fluidez del relato al inocularlo de veneno.

En definitiva, todo este truño que estoy escribiendo, garabato y desvarío como una mala memoria, para decir que leí el libro en dos noches en vela, a cucharás, como diría el propio Josele en una de sus canciones. Salí de sus páginas arrebatado y, en el proceso, me reencontré conmigo mismo. No solo porque compartimos barrio y segunda residencia, la nocturna, con veinte años de diferencia o porque pasé por el mismo colegio —los malditos salesianos, donde mis discos de Los Enemigos circulaban como material subversivo entre esos mismos pupitres que él frecuentó—, sino porque el libro captura unas miradas a un Madrid que rara vez se ha descrito con tanta solvencia y nitidez. Un Madrid que, por otra parte y quizás de ahí lo vivaz de mi conexión con Josele, se ahoga en nuestra contemporaneidad irremediablemente. El Madrid de los maestros, del tributo a los bares, a las salas cada dos calles, a la música a pie de calle, etc.

Y quizá ahí esté la clave que me devuelve al principio. Porque Desde el jergón, más que una autobiografía al uso, termina funcionando como aquellas memorias que más me gustan: las que hablan de los maestros. Los maestros de Josele pueden ser músicos pero generalmente no lo son, ni siquiera se muestran como figuras solemnes; a veces son amigos, camareros, compañeros de carretera, fantasmas de Malasaña o cómplices de barra a los que escuchar y de los que aprender, en última instancia, a escribir canciones. Como en los libros de Cowell o de Hartmann, el homenaje acaba revelando las profundidades del narrador, maestro entre maestros, pues si hasta Johnny Cifuentes piensa en Josele como un maestro, qué pensaremos los de aquí abajo.
Displaying 1 - 2 of 2 reviews

Can't find what you're looking for?

Get help and learn more about the design.