No hay una sola cosa de este libro que no me haya gustado. Y eso, precisamente, me obliga a detenerme un segundo.
Los textos son tan certeros, tan bien afinados en el diagnóstico del presente digital, que mi sesgo cognitivo no solo asiente: aplaude. Cada artículo pone palabras, con rigor, sin estridencias, a intuiciones que muchas llevamos tiempo arrastrando: la pérdida de criterio, la automatización del juicio, la cesión casi inconsciente de nuestra capacidad de pensar a sistemas que no entendemos pero obedecemos.
Contraalgoritmia no propone recetas rápidas ni soluciones tranquilizadoras. Y se agradece. Es un libro que incomoda de la mejor manera: obligándote a revisar tus propias prácticas, tus contradicciones y también tus entusiasmos tecnológicos. Hay crítica, pero no nostalgia; hay lucidez, pero no cinismo. Y sobre todo, hay una defensa clara de algo cada vez más raro: el pensamiento lento, situado y responsable.
He subrayado más de lo que esperaba y he cerrado el libro con la sensación de haber leído algo necesario. No porque diga “cosas nuevas” todo el tiempo, sino porque articula con precisión aquello que muchos sentimos pero no siempre sabemos formular.
Un libro para leer sin prisa, para discutir, para volver a abrir. Y para recordar que resistir, hoy, también pasa por pensar.
He podido leerlo en PDF y me ha gustado mucho el planteamiento entre apocalípticos e integrados en relación al tsunami tecnológico que estamos viviendo. Se puede ser crítico con la tecnología sin volverse neoludita.