Pasillo a la Morgue es una antología que no busca el sobresalto fácil, sino el desasosiego que se instala despacio… y se queda. Con relatos breves y miradas muy distintas, Romina Naranjo recorre varias formas del terror sin convertir el libro en un catálogo de etiquetas.
Mi experiencia como lectora ha sido clara: a mí no me resulta fácil “quedarme con mal cuerpo”, y aun así este libro lo ha conseguido en más de una ocasión… y con muy pocas páginas. Hay relatos que, en apenas cuatro hojas, te dejan una sensación persistente, difícil de olvidar. Quizá por eso —y porque me ha pillado en un momento lector extraño— lo devoré.
Sin destripar argumentos, la antología se mueve entre mentes criminales, desapariciones que inquietan y reflexiones en torno a la idea de “la víctima perfecta”. A esto se suman relatos de corte más paranormal, donde el horror adopta formas no corpóreas: presencias, culpas…
Uno de los grandes aciertos de la autora es su capacidad para incomodar. Hay imágenes que resultan especialmente perturbadoras, no por lo explícitas, sino por lo cercanas. Desde retratos de maternidades profundamente enfermas hasta personajes dispuestos a cualquier cosa con tal de no desaparecer, de seguir siendo vistos, aunque el precio sea cruzar límites impensables. Todo compone un mosaico de miedos muy reconocibles, precisamente porque no necesitan apoyarse en lo sobrenatural para resultar aterradores.
Si tuviera que ponerle una pega, sería casi un elogio: ojalá hubiera un libro entero de cada historia. Y en lo personal, hay un detalle que me hizo especial ilusión: una pequeña mención a Criminología en Serie que me sacó una sonrisa.
En definitiva, Pasillo a la Morgue es una lectura muy intensa, incómoda en el mejor sentido, que demuestra que el terror no necesita grandes artificios para funcionar. A veces bastan unas pocas páginas… y una idea bien afilada