Asistir a una revolución es, cuanto menos, interesante. Algo así he sentido. Esta novela o artefacto experimental, como prefiráis, modifica las condiciones de la narración en cada capítulo y ofrece un abanico de formas y de puntos que, bien elegidos, despliegan ante unos ojos repletos de deseo y de búsqueda (al menos lectora) un mundo inalcanzable, inabarcable. Esta manera de narrar modificada, tiene una fórmula previa que se anuncia al inicio del capítulo, que si la conoces (amplío experto matemático) te permite entender directamente el juego.
En la novela, que dialoga con dos obras que no he leído, el Ulises y la Odisea, asistimos a un día de verano en Blackpool en 1999, donde tres chicas Olga y Rachel (enamoradas entre sí) y Treesa van dejando las impresiones de su noche. Donde bailaron, bebieron, se besaron y se propusieron como agentes provocadores de una sociedad y una forma de entender la vida poco liberal. Los paseos por Playa Placer, los trabajos precarios, el estudio de la filología inglesa y un mundo perfectamente conocido en 1999 nos sirven de escenario.
El tono experimental puede alejar el sentido en ocasiones (¿acaso importa?), por ejemplo como cuando rastrea los cambios de Blackpool desde el imperio romano hasta el presente (el nombre de los puentes, los sitios que se han erigido y derruido). El lenguaje poético y los juegos estilográficos me han fascinado.
Destacar el trabajo que ha hecho Lara Alonso Corona con las notas de traducción y esos capítulos y frases que hay que leer con espejo porque están del revés. El ritmo se mantiene y lo intraducible aquí toma forma. Es magnifico. Aunque puede hacerse cuesta arriba en determinados momentos.