Esta antología junta varias firmas de literatos mexicanos del último cuarto del siglo XX. Unos son buenos, otros malos y el resto incomprensibles. Aunque es difícil reseñar una antología de esta naturaleza, dejaré mi valoración de los textos que considero mejores.
Comienzo por los cuentos que bordean las locuras o los sueños. Francisco Tario, en “La noche de los cincuenta libros” y Pedro F. Miret, en “24 de diciembre de 19...”, nos ofrecen pesadillas muy sólidas. “Rotaciones” de Luis Ignacio Helguera es interesante, porque, en una narración modesta de un trabajo bibliotecario, insinúa también una condición alucinante.
Por otro lado, la antología incluye tres cuentos sugerentes desde dimensiones femeninas. Guadalupe Dueñas e Inés Arredondo relatan con maestría los terrores de ciertas condiciones femeninas. Dueñas, en “Al roce de la sombra”, los coloca en la mansión aristocrática de un pequeño poblado. Arredondo, en “La Sunamita”, lo hace con los cuidados de una sobrina a un tío perverso. Sin el tono terrorífico de estos cuentos, el de Cristina Rivera Garza, “La alienación también tiene su belleza”, igualmente vale la pena. Su protagonista se funde con una mujer que escribió cartas de amor y empieza a vivir las palabras de esas cartas. Estos tres cuentos no tienen desperdicio.
Otros tres cuentos de la antología se ubican en las circunstancias regionalistas de México, con sus implicaciones militares, politiqueras y religiosas. José de la Colina fue un agradable descubrimiento. Su cuento “El cisne de umbría” es una excelente sátira, históricamente exacta, de los caudillos. “La Averiguata” de Daniel Sada también es un logro ingenioso. Su manera de describir una histeria colectiva, bastante serena, en los poblados desérticos del norte de México merece aplausos. Ojalá no se hubiera empeñado en distinguir su escritura con burdas marcas postmodernas. Los insulsos monosílabos que inserta (“uh”) a cada rato, y sus constantes dos puntos (:) revelan un esnobismo vacío, que, sin embargo, no destrozan su cuento. Por último, el cuento de Javier García-Galiano, “La espada y el relicario”, promete algo creativo sobre los cristeros. Éste pudo haber sido bueno, pero su narrativa agotadora se lo impidió.
También hay cuentos bien construidos, sobrios y descomplicados, al final de la antología. Me refiero a los que colocan sus relatos en momentos históricos, como la China dinástica en “La llama de aceite del dragón de papel” de Daniel González Dueñas, y las guerras bizantinas en “El ángel de Nicolás” de Victoria Murguía. No soy aficionado a leer a mexicanos que escriben cuentos de otras culturas. Prefiero leer a autores de esas culturas. Pero estos cuentos no disgustan. Menciono aquí también el cuento de Pablo Soler Frost, “Birmania”, que versa sobre una viuda que experimenta la reencarnación budista de su marido, que es el más sólido de los tres.
Hasta ahí me parece que se quedan los textos que tienen mérito. Mencionaré enseguida algo sobre los textos que no son tan buenos.
Quizás habría que empezar con el cuento medianamente legible de Salvador Elizondo: ”El Desencarnado”. Aunque pretencioso, como acostumbra, el cuento de un trance de una muerte tibetana es decente. Una sensación semejante me deja el cuento “Por el monte hacia la mar” de Esther Seligson. El relato de la vida familiar entre un monte y el mar es llamativo. Pero Seligson no deja de rumiar pensamientos a lo largo del texto. Esto convierte al cuento en una imitación insoportable de Marcel Proust y de Marguerite Yourcenar. Una prosa indescifrable también se presenta en el cuento de Guillermo Samperio, “Manifiesto de amor”. Este texto exige la máxima atención del lector. Como diría Unamuno, un escritor debe conquistar el derecho a ser leído con atención. Guillermo Samperio no lo tiene, y Alejandro Toledo, el antólogo, tampoco ayuda mucho al escritor a ganárselo.
La “Disertación sobre las telarañas” de Hugo Hiriart es eso: una disertación, un ensayo con roces de poesía, pero no es obra de un “cuentista inclasificable”. Cuando llegué a este texto, empecé a sospechar que el antólogo seleccionó textos de su gusto, no cuentos “inclasificables”. Sin duda, tuvo que leer mucho, pero no leyó lo suficiente como para ofrecer cuentos auténticamente inclasificables.
Angelina Muñiz de Huberman hace un panegírico de Giordano Bruno. ¿Esto es inclasificable? Realmente no. Las alabanzas a los herejes quemados por la Inquisición pertenecen a la Ilustración. Es un cuento clasificable en la literatura de hace tres siglos.
Por último, debo decir que no merecen ni un comentario los cuentos de Efrén Hernández (esta vez “Tachas” decepcionó mucho), Gerardo Deniz, Jesús Gardea, Humberto Rivas, Adela Fernández, Samuel Walter Medina y Emiliano González.
En resumen, hay más cuentos lamentables que los estimulantes. La antología de Alejandro Toledo es un rompecabezas de piezas erradas y muchos huecos, con secciones considerables que dejan asomar un excelente paisaje literario.