Según los libros de historia, el Renacimiento y su forma de entender el arte comenzó en el siglo xv. Sin embargo, lo cierto es que no fue hasta 1527, tras el saqueo de Roma, cuando este nuevo estilo se convirtió en el símbolo del catolicismo y alcanzó las cotas de popularidad que lograron redefinir para siempre la manera de comprender la pintura, la escultura y la arquitectura. Alberto Garín analiza en este esperado libro las intrigas políticas y los profundos cambios sociales que definieron esta época para explorar la ambición de los papas, el poder de los reyes y los sueños de grandeza que impulsaron una revolución sin precedentes. Y, por supuesto, se sumerge en las obras maestras y genios como Leonardo, Miguel Ángel o Botticelli, entre otros muchos nombres, que formaron parte de este periodo artístico. «El Renacimiento ha sido considerado el estilo artístico que a partir del siglo xv logró recuperar para Europa un mundo clásico humanista y racional, tras diez siglos de oscurantismo medieval, teocrático e irracional. Nada más lejos de la realidad. Ni la Edad Media fue oscura e irracional, ni el Renacimiento es ese supuesto momento de humanismo brillante. En realidad, el Renacimiento surgió como una reacción política de las élites florentinas contra los ejércitos alemanes del emperador para terminar por convertirse en el estilo por antonomasia de los papas y el mundo católico. Entre 1400 y 1527, el Renacimiento fue un movimiento artístico anecdótico en unas cortes, las de los Reyes Católicos, el emperador Carlos V, los reyes Valois de Francia o Enrique VIII de Inglaterra, donde dominaban las formas más alambicadas del arte medieval. Solo cuando el Renacimiento pasó a ser un símbolo del catolicismo se convirtió en un estilo artístico que conquistó el mundo».
Alberto Garín (Madrid, 1971) es licenciado en Historia del Arte y Arqueología por la Universidad de París y doctor en Arquitectura por la Universidad Europea de Madrid. Desde 1998 divide su vida entre España y Guatemala, donde dirige el programa de doctorado de la Universidad Francisco Marroquín.
Es colaborador habitual de los podcasts La contrahistoria de Fernando Díaz Villanueva, y En libertad de Jano García, así como del cana de youtube de Academia Play. Cuenta, además, con sus propios canales en youtube e ivoos, donde produce el programa Sierra de historias.
Alberto Garín se esfuerza en su obra por contradecir anteriores ensayos cuando quizás, el enfoque, debería haber sido el de complemento más que el de corrección. Es muy sugerente el último capítulo dedicado al Escorial y su biblioteca como ejemplo de Renacimiento clásico. Pero creo que "se pierde" en capítulos anteriores intentando ser "revolucionario" en lo que plantean. Sin ir más lejos, en el capítulo dedicado a las obras que proyectó el papa Julio II en El Vaticano llega a poner en duda (por no decir, negar) que las estancias vaticanas de Rafael no pueden considerarse renacentistas porque el discurso no es antropocéntrico sino que está supeditado a la autoridad de los papas y que, por tanto (y cito textualmente) "lejos de ser un canto al Humanismo, es la mejor reivindicación de la verdad teológica". Había alguna duda en esto? Alguien pensaba que el discurso que íbamos a ver en el Vaticano en un contexto de guerras entre estados italianos y de discusión de la autoridad papal no iba a ser el de loa hacia los mandatarios de la iglesia católica y de reconocimiento de su poder en el mundo? Por tanto, lo que hace Garín es calificar el estilo de las obra por el mensaje olvidando "la forma" de desarrollar el mensaje. Y es aquí donde creo que indiscutiblemente las estancias vaticanas, con el ser humano como centro y su forma de representarlo, son catalogables, sin discusión, como renacentistas. Esto es: las obras que ensalzaban el poder papal ya existían; pero la forma de plasmar esas obras ha cambiado (teniendo en cuenta también que ese cambio no suele ser radical sino gradual). Igualmente discutible (quizás lo que más) es cuando Garín dice que el Renacimiento no fue antiteocrático sino que estuvo al servicio "no solo del cristianismo, sino sobre todo, de su máximo representante, el papa". No hay ninguna novedad: es sabido que uno de los signos de distinción del Renacimiento es la actualización de la mitología y filosofía clásica en el pensamiento cristiano así como "colocar" al ser humano como centro del mundo, no por su idiosincrasia individual sino como creación de Dios. Por tanto, su intencionado rechazo a las supuestas y posibles obras renacentistas por el mensaje Cristiano es baladí. No es que nieguen el estilo sino que lo confirman.
Y por último Garín yerra cuando compara el arte de Leonardo y Miguel Ángel y califica de platónico el del segundo y más realista el del primero porque de éste se conservan, por ejemplo, varios bocetos de caballos para su batalla de Anghiari. Acaso no copiaba del natural Miguel Ángel del que se sabe que, como Leonardo, copiaba incluso de cadáveres para entender mejor el funcionamiento del cuerpo humano? De nuevo Garín califica el estilo por el mensaje final, no por cómo se desarrolla y se crea la obra. Sin duda alguna, Miguel Ángel y Leonardo tenían estilos contrapuestos (y aquí también olvida Garín la influencia de su alma escultórica en Miguel Ángel que sin duda influye en la pictórica) y buscaban objetivos distintos. Pero la forma de alcanzar ese objetivo (pintando del natural) es indiscutible en los dos. Y aunque pintar del natural no se "inventó" en el Renacimiento, sí se extendió en esta época, y especialmente en estos autores, de forma considerable. En definitiva, creo que el esfuerzo de Alberto Garín por rebatir anteriores teorías sobre el Renacimiento son vacuas puesto que ya estaban expuestas y consolidadas (cómo el exclusivo y supuesto teocentrismo); y en otros casos (como el platonismo de Miguel Ángel y el realismo de Leonardo) es, cuanto menos, discutible (los cuerpos de Miguel Ángel buscan la perfección??) Creo que solamente al final, con el capítulo dedicado a la biblioteca de El Escorial, el libro alza vuelo y aporta un matiz interesante al discurso que propone durante todas las páginas Alberto Garín