Sin duda, es un libro que tiene frases muy buenas para iniciar los capítulos. Me encanta cómo la autora te enseña sobre medicina, palabras en francés y en latín.
Pero, sobre todo, agradezco lo que este libro representó para la escritora: un lugar de refugio y una meta que la ayudó a vivir un día más, cada día.
Entrando ya en la historia, seguimos la vida de Dannielle, una joven que estudia medicina y que ha tenido una infancia muy difícil, marcada por el cautiverio desde pequeña. Al escapar de ese encierro, termina en un psiquiátrico donde muchos llegan a temerle debido a diferentes acontecimientos que ocurren después de su llegada. Esto lleva a que un psiquiatra, que está realizando su pasantía en el lugar, tome su caso. Al final, él logra avanzar con ella y consiguen que le den el alta. Aunque continuará bajo supervisión y deberá asistir a revisiones periódicas, esto le permitirá experimentar un poco de lo que es la vida “normal”.
Sin embargo, el mundo real no es tan amable con ella. Conoce a un grupo de chicas que, al principio, parecen ser excelentes amigas… pero resulta que no es así. Durante la historia también tenemos vislumbres de lo que vivió en su cautiverio y cómo logró escapar. Además, el libro muestra que los profesionales de la salud también son humanos y que, por más años de experiencia que tengan, algunos caen en esa línea delgada donde los lazos emocionales superan lo profesional.
En cuanto a los romances, el de Mack lo sentí tan instantáneo que ni sé cómo se desarrolla. El de Andrew, en cambio, lo comprendo mejor, porque ahí radica esa humanidad que nubla el profesionalismo: él la vio levantarse una y otra vez, la vio intentar mejorar cada día… y sin darse cuenta, cruzó esa línea.
A lo largo del libro se presentan diferentes personajes que también narran algunos capítulos, y eso me encantó. El libro es largo, pero entretenido; la trama y los giros no son complicados ni abrumadores, se lee de forma fácil y fluida.
Recuerde: el amor también es saber dejar ir a esa persona.