Muchas son las virtudes de la prosa de Ricardo Garibay. Este artesano riguroso de la palabra, como diría Adolfo Castañón, ha sido elogiado por su célebre oído literario, alejado del canon, así como por su destreza para construir personajes. En Triste domingo traza un triángulo amoroso entre Alejandra y dos hombres aparentemente Fabián, un joven escritor en ciernes, de una intensa candidez; y Salazar, quien todo lo sabe y lo ha vivido, y aparenta tener el caos bajo control. Beber un cáliz, de corte autobiográfico, constituye la crónica de cómo vivió la agonía de su el desmoronamiento frente al que experimenta su dolor y contradicciones. Dos temas universales, el amor y el padre, con los que sólo puede atreverse un autor con la experiencia narrativa de Garibay.
Releo este libro después de cinco años. Afortunadamente la lectura no es la misma. No es sólo la elección de un amor, es la juventud y la experiencia; la nostalgia y la melancolía. Nos muestra lo que uno y otros viven. Lo que se puede significar el amor para distintas personas.
Al empezar el libro sólo recordaba con certeza tres momentos: el viaje a Hawái, el encuentro de Alejandra con Fabián en la azotea y el final.
Con pocos personajes como Alejandra y Salazar he quedado tan sorprendido. A mi consideración, se encuentran entre los mejores que escribió Garibay, tan ficticios y reales a la vez. Tampoco dejo de pensar en que Fabián es el Garibay joven y Salazar el Garibay viejo. No por nada este libro es un trazo de la experiencia: de lo que ve el que vive, diría el propio autor.