¡Lo que me hizo enojar este libro!
Mi ejemplar está tachado, repleto de signos de admiración y de pregunta. De acotaciones irónicas y descalificaciones. Para colmo fue mi primer acercamiento a Libertella Jr, que a diferencia del padre, una suerte de criptógrafo con muy buenas ideas, exhibe en este libro una escritura chata y simplona que pareciera todo el tiempo presumir que el lector que comparte su gusto musical no conoce wikipedia ni ninguna de las remanidas anécdotas que transcribe con menos inventiva que la más pedorra de las IAs.
Ojeándolo en la librería me dije, ah, un "31 songs" pero escrito por un compatriota (influencia que se reconoce implícitamente dónde cita una escena de "Alta Fidelidad", película basada en el libro ídem de Hornby), vamos a ver qué onda. Curiosamente, no cita a la banda ni la canción que lo titula, y ahí se descubre la primera careta de muchas.
Debería haber presumido la calidad del gusto quien elige empezar con "November rain" pero más allá de las chicanas fáciles, acá van de muestra, alguna de sus elevadas teorías:
"Los Guns fueron una gran banda de covers" -si se hubiera quedado ahí, adhesión al 100%, en definitiva son la mejor banda tributo de todo lo mediocre y superficial que hizo morir al rock-. "Es el único caso que se me ocurre de un grupo que haya mejorado (¡¡SIC!!) todos los temas que decidieron reversionar: "Knocking on heaven´s door, Live and let die, Dead Flowers". Así de tajante como boba es esta afirmación, incapaz de proponer algún debate.
"Los solos de Slash en "November rain", ""Knocking on heaven´s door o en "Sweet child o Mine" son de un buen gusto innegable" y yo agregaría, cuando tenés 15 años y escuchaste tres bandas en tu vida.
Otra más: "La paradoja stone es esa. No tienen grandes discos, pero todos lo son. No suenan muy bien en vivo, pero son la mejor banda en vivo de todas las épocas". Sin comentarios para alguien que lógicamente iba a decir que sticky fingers es su disco favorito (Nada predecible, realmente sorprendido del capitán obvio).
Esperen encontrar todas las anécdotas que pueblan cualquier trivia de rock -nivel, palito de la selva-: Dylan dándole de probar porro a los beatles; el unplugged de Nirvana es el autofuneral de kurco; Lennon es rebelde, McCartney es naif; a Dylan lo amás o lo odiás, pibe.
Faltó nada más la de humo sobre el agua, kiss y los pollitos o alguna de Ozzy pero para Mauro lo más heavy que hay en el rock parecieran ser los guns.
Pregúntense por qué la familia Libertella dejaba al joven Mauro ir solo a ver The Rolling Stones a los 15 pero no a los Redondos acompañado a sus 16 (y traten de pensar que no hay odio de clase ni tilinguería de por medio).
En el capítulo dedicado a una canción de Velvet Underground, el destinatario indefinido se rompe y pasa a ser el hijo pequeño del autor. Precisamente, sentí que este libro nos infantiliza y toma de hijos. Y ya sabemos como terminan esos discursos. Tratando de elogiar algo mientras se lo llama antigualla o mencionando su anacronismo, neutralizamos todo su potencial para seguir interpelando, a favor de una nostalgia berretona y consumista.
El mejor capítulo es sobre "afiches" porque prescinde de sus memorias, confeccionándolo con las de su padre -que pese a escribir mucho menos sobre música, dijo más y mejor-.
Pese al postureo asqueroso que repite las peores mañas del periodista de rock -la profesión más triste y nefasta desde hace muchos años-, prefiero pensar que está escrito con sinceridad al gusto del autor y que mis diferencias van con respecto a este. De todas formas, no hubo nada en él que me hiciera siquiera cuestionar un ápice de algún prejuicio que tuviera sobre su criterio musical y eso quizá se deba a la proliferación de situaciones autobiográficas por sobre las emociones y mensajes que son capaces de transmitir las canciones escogidas. Con este libro me dejó la sensación de que es a su progenitor lo que Rozitchner hijo a su padre.