Hablar con desconocidos es un libro de asombros que propone al lector sentir y pensar el encuentro con el otro. Con una escritura poética y fragmentaria -que recuerda a veces la tradición filosófica de Walter Benjamin o de Cees Nooteboom, Carlos Skliar indaga en el lenguaje, no tanto en lo que se dice sino en lo que se escucha, a la vez que rechaza la heredada percepción del otro como amenaza. En la mujer que se refugia en un balcón de los recuerdos que hay dentro de la casa o en la niña que pregunta a su madre si se lee en lo negro o en lo blanco, Carlos Skliar redescubre atónito la vida y unas pocas certezas esenciales. Y es que la sucesión azarosa de relaciones impensadas y sorprendentes detiene por un instante la marcha impiadosa de mundo.
“Lo más importante es hablar con desconocidos. Cuando esto resulta imposible, ha empezado la muerte”, decía Elias Canetti. Historias de otros que se confunden con las propias, conversaciones ajenas que se vuelven próximas, palabras oídas fortuitamente que resonarán toda la vida, el sentido de una voz distante que se prolonga en la del escritor. No se trata de estar de acuerdo o no con lo escuchado, no se trata de conocer al desconocido, sino sólo de “dejar los oídos en medio del camino” para sentir cómo es el mundo nuestro sin nosotros.
✨Hablar con desconocidos significa no saber el mundo de antemano, no conocerlo jamás, sentirse trozos de una pieza irremediablemente descompuesta, mirar la inmensidad como si nunca dejásemos de ser niños en estado de niñez. Un desconocido trae una voz nueva, una irrupción que puede cambiar el pulso de la tierra, un gesto que nos hace torcer lo ya sabido, una palabra antes ignorada. Y se trata de escuchar, no de estar de acuerdo. Estar o no de acuerdo con algo que no pensábamos o no mirábamos antes, carece de todo interés. Lo que vale la pena es asumir la desnudez extrema de un sueño que aún no ha nacido.
✨ Y si fuera cierto que las casualidades no existen: ¿cómo es que entender, entonces, que comienzo a escribirte en el pre- ciso momento en que quisieras leerme?
✨Los peligros del mundo, de este mundo: el amor, la lec- tura, el paseo y la escritura, en cualquier orden. El amor: lo desordena todo. La lectura: lo imagina todo. El paseo: lo percibe todo. La escritura: lo perfora todo. Sin embargo, el mayor peligro siempre está en lo inútil, en la inutilidad. Eso es lo que más le incomoda al mundo, a este mundo. Hoy, en medio de tanta urgencia, la virtud podría ser la pereza, el cansancio, la parsimonia, el demorarse, la falta de prisa. Y la imagen que más conmueve: cualquier persona que no esté marchando, ni en una fila, ni tan prolijo, ni hablando fuerte, ni conectado.
✨Lo que enseña el lenguaje es a dudar, no a mentir. En la sombra que crece cuando se habla, hay un refugio hecho de interjecciones sin traducción y medias palabras que sólo comprenden las pasiones. Mentirse es el mordisco que se da esa lengua que no acaba de callarse.
✨Y ahora esta lluvia fina, como el roce de un tiempo desconocido. La sutileza de unas gotas que no quieren herir la trama delicada de los suelos. Y parece que el aire trae consigo la memoria más honesta de la infancia: la voluntad de reír a toda costa, el sonido que no es golpe ni es aún palabra, el sentirse al mismo tiempo escondido, atolondrado, desnudo.
✨ Es hacia el fin de la tarde cuando sobreviene en mí esa desmesurada ternura por la inutilidad de casi todas las cosas.
✨Soñarse es traer la vida del otro al deseo del uno, pero dejando su respiración intacta. Por ejemplo: soñar que un hombre aquí estás, aunque no sea cierto. Y rozarte, lo que es completamente verdadero.
✨ casi y del sin embargo: quizá si alguien se hubiera dado cuenta de algo ínfimo, de su distracción o de su excesiva riqueza, quizá si dos individuos va atención, quizá si aquel niño no se hubiera escapado duos se hubieran conocido antes, quizá si el terremoto hubiese comenzado lejos de aquí, quizá si un perro no hubiese atravesado la avenida, quizá si no hubieras dicho aquella palabra. Casi seríamos distintos, casi otra cosa, casi en otra parte, casi sin desearlo, quizá sin reconocernos. Y sin embargo no fue eso lo que ocurrió, ni tampoco lo contrario. La ilógica del tiempo está gobernada por la bella tiranía de las casualidades.