He sido destinado a pasar, al menos, dos años en la lejana Yecla (lejana para mí, claro). Daré clase, según parece, en el instituto que toma el nombre del más egregio e hijo putativo de la ciudad más manchega que murciana: José Martínez Ruiz, Azorín. Recuerdo haberle leído en mi adolescencia y quedar prendado de La voluntad. Así que me he visto en la obligación, como destino impuesto, a conocer someramente su vida.
Y qué vida tan insulsa tuvo Azorín, y, sin embargo, qué gran medrador, qué auténtico representante del "ande yo caliente", pero sin estridencias, sin altisonancias. Su genialidad se apaga con los años, no su grafomanía. Mucho menos el proverbial saber arrimarse al árbol que más sombra arroje. Me recuerda a según que periodistas y escritores, siempre atentos a la bancada que más aplaude.