Vamos a hacer las cosas bien es el primer libro de Rosa Ponce, veintiocho relatos en los que los sentimientos más intensos no siempre aparecen en el contexto adecuado y puede pasar que la nostalgia te invada mirando un anuncio de Idealista, la soledad buceando en una piscina municipal o que la frustración tome la forma de un agosto en Sevilla.
Aquí se habla de eso y de preadolescentes que han empezado a usar gomina demasiado pronto, de chándales falsos del Betis compitiendo contra chándales Nike verdaderos, de monos que te faltan al respeto, de mudarse a un pueblo en el que no hay nada pero sí hay Carrefour.
Porque Dios aprieta pero no ahoga y porque, quieras o no, esos conejos enanos “de los que no crecen”, algo siempre crecen. Estas historias son como puertecitas secretas por las que asomarse a vidas ajenas en ese preciso instante en el que te alegras de que esa vida no sea la tuya porque, si lo fuera, a lo mejor no te haría tanta gracia.
Estoy sentada delante del ordenador a las diez y cuatro minutos de la noche mientras escucho como suenan las campanadas de la iglesia. Nunca las dan a en punto, no sé si es cosa de que no tienen bien sincronizado el temporizador con las campanas o es que quien las toca tiene que salir de su casa, subir las escaleras y ponerse a tocarlas. Esta segunda opción es mi favorita. Puedo imaginarme al cura de mi pueblo poniéndose la sotana y el alzacuellos para subir a tocar las campanas como estipula en su contrato con Dios, que firmó personalmente un día que bajó del cielo mientras el Benito estaba con los chavales comiendo pipas en el parquecito. Me imagino las zapatillas de andar por casa del Betis ya descoloridas y las veces que sube con el yogur en la mano para terminar de comérselo, mirando muy fijamente las torretas que han puesto en la plaza que nadie entiende pero que ahí están y en todas esas cosas que le ha contado la Julita hace un rato en confesión, intentando no reírse de las desgracias ajenas porque es pecado y eso no se hace, mientras lame la tapa y mira a ver si es de esas que llevan un QR con un premio vitalicio y puede él de una vez retirarse a fumar y a beber mientras se pierde por Youtube, que es lo que de verdad le gusta.
Puedo imaginarme todo esto y muchas más cosas porque ayer por la tarde me leí Vamos a hacer las cosas bien y mi cabeza, que lleva meses y meses estancada en cuatro cosas en bucle, ha sido capaz de salir de ahí, respirar una mijita y volver a funcionar un poquito como a veces conseguía que lo hiciera antes. Rosa es clara, concisa y maneja las imágenes y el lenguaje tan bien, que te gustaría poder seguir escarbando en su cabeza a ver qué más encuentras, porque cualquier cosa que te pueda contar sabes que va a resultar interesante, sincero, tierno y gracioso. De verdad espero que se forre, si no es vendiendo libros pues que le toque un cupón o algo, lo espero de todo corazón.
Esta colección de relatos bien pudiera proceder, más que de la cabeza de Rosa Ponce, de largas horas dedicadas a observar de qué manera se interrelacionan los seres humanos gracias a unos terrarios que ella tiene en su casa destinados a tal efecto. Tomando nota de las miserias y triunfos, de los miedos y anhelos; testimoniando también su relación con lo digital y lo analógico, con el folklore y la clase social a la que se pertenece. Y, aquí lo excepcional, al dársele la posibilidad a Rosa de saber qué piensa y siente cada uno de los personajes que aparecen, ella hace uso de una voz neutra que ni mira por encima del hombro ni atenúa, que ni añade gracia ni resta pena: los personajes tienen vida y cualquier intervención suya sobre sus actos y pensamientos sería desvirtuarlos.
El fenómeno editorial de 2021 debería ser esto y no Feria.
En este libro está la pesadez vital del verano, pero también la ilusión. Con un humor finísimo, de estos que casi a veces pasan como la brisa, Rosa Ponce construye unos cuentos sobre lo perdidos que siempre estaremos todos ante el sentir. Me ha gustado, me he reído y por poco hasta lloro. Qué bien por Rosa!
Me ha gustado mucho el tono, el humor costumbrista y la manera de narrar de la autora, una especie de mezcla entre Cortázar y Elisa Victoria. Qué ganas de leerla en una novela.
Cómo diseña historias entrañables de infancia, vergüenza y cotidianeidad. Píldoras breves en las que puedes identificar tus inseguridades infantiles y los sinsentidos de adulto
Un entretenidísimo libro con veintiocho relatos muy breves. Cada uno ocupa unas tres o cuatro páginas, algunos incluso menos.
Lo que más me ha gustado es cómo se expresa la autora y los detalles en los que se fija. Me he reido mucho con sus comentarios finos e irónicos sobre las cosas cotidianas y familiares: un mercadillo, varias citas, un anuncio en Idealista, la ansiedad, una ruptura... Tiene una manera genial de narrar con un tono muy divertido y ligero, ¡me ha sacado muchas sonrisas!
Al mismo tiempo, echo en falta unas historias con más chicha, algo más de trama que se mueva hacia algún sitio y que en algún momento sorprenda, no solamente la narración de una situación, parecen más bien pequeñas anécdotas. Pero claro, el libro está tan bien narrado que engancha, todo desprende una frescura que me ha encantado.
Mis favoritos "Nueve euros con cincuenta", "Chándal Nike verdadero", "Una persona" y "Las flores".
Lagrimones de la risa con algunos relatos. El libro se bebe y tiene una ternura rollo Estudio Ghibli pero por las calles de Sevilla. Fresquísimo gazpacho literario.
Son historias peculiares y narradas de formas muy diferentes, adaptadas al personaje o personajes que protagoniza en cada una de ellas. Crea imágenes mentales muy evocadoras y figurativas de la sociedad actual, de los recuerdos de la infancia... todas ellas están contadas a través de un filtro conceptual de puro millenial, por lo que puede que resuenes mucho con alguna de ellas y otras, por la particular vivencia o experiencia que narran, te sepan a nada. Al ser relatos tan cortos, es fácil escoger uno favorito o que "llama" más a cada lector de forma particular del resto, que quizá te digan menos. Como recopilatorio que destila la esencia de la ficción narrativa actual, es francamente bueno.
Me lo he comprado hoy y lo he leído en una tarde. Me ha enganchado completamente. Si te gusta Elisa Victoria te puedo asegurar que te gustará este libro de Rosa Ponce. Libro de relatos cortos escrito con un exquisito cuidado y que nos habla de historias que te podrían haber pasado a ti mismo a lo largo de tu vida. Este tipo de relato hace que mientras vas leyendo te involucres en la lectura porque te ves reflejado o ves reflejado a conocidos en los personajes de la misma. En definitiva una lectura súper amena y recomendable para todos los públicos.
No soy mucho de relato corto y, sin embargo, "Vamos a hacer las cosas bien" me ha encantado. No sé si habrá sido la nostalgia, las historias o la forma de narrar de Rosa pero este libro ha sido uno de los mejores descubrimientos de 2022. ¿La única pega? Que me durase tan poco. Estoy deseando leer más cosas de la autora.
Rosa Ponce realiza monólogos y no lo sabe, cuando la lees parece que estás tomando algo con ella en un bar. Todos los relatos me han parecido si no divertidos, tiernos; si no irónicos, 100% millenial.
Un montón de golpes certerísimos de costumbrismo, escritos de manera envidiable. Qué pena haber tardado tanto en descubrir estos relatos pero qué bien haberlo hecho ahora.
Escribir con verdad era esto: mirar por la ventana y hacer un retrato con letras. Historias de la calle, costumbristas, con risas, con miedos, con recuerdos, con humor. Historias de hombres y mujeres. De niños y niñas. Nada más. Y nada menos. Para mí es un 7/10 ⭐️