La nueva entrega de la Editorial Calla Canalla recupera tres novelas cortas del escritor argentino Santiago Ambao. En concreto son La invención de Dios, La última joda de Rinaldi y Un milagro al revés. La trilogía de los milagros es el título que los engloba y recopila, y ya veremos que no es un título elegido al azar. Al parecer, según tengo entendido, se editaron en Chile hace ya algunos años, y es que este autor, que vivió en España una década, parece haber sufrido una auténtica diáspora con sus libros pues han aparecido editados tanto Chile como en Argentina y España. Más allá de los azares de edición no lo conocía y este ha sido el primer libro suyo que he leído.
Comenzando por La invención de Dios lo primero que me ha llamado la atención es el sarcasmo y el ritmo trepidante. La narración es muy directa y las diferentes sucesiones de diálogos, emails, noticias de prensa, comunicados y faxes contribuyen a ese ritmo. La historia no tiene desperdicio: un grupo de curas de Villa Lorenzetti dejan de creer en la existencia de Dios y ocupan la catedral que se iba a inaugurar en unos días. Hacen comunicados y asambleas, repelen los intentos de desalojo de la policía, secuestran al cardenal y lanzan un ultimátum a Dios para que hago acto de presencia.
Sí, todo eso que les cuento y mucho más. Y solo en unas pocas páginas y con un humor desbordante y muy inteligente. De esas narraciones que entre líneas te están hablando de muchas cosas más; que convierte todo en una sátira y que muestran las diferentes falsedades sociales y sistémicas en las que nos apoyamos.
"No creo en Dios, y menos en que sea el padre del cielo y de la tierra, no creo en Jesucristo su único hijo ni en la santidad de la Iglesia Católica ni en la comunión de los santos ni en los pecados ni en el perdón de los pecados ni en la vida eterna ni en ninguna de esas pavadas que de chicos nos enseñaron para manipular nuestras consciencias e inculcarnos una culpa inexistente, cuya única finalidad es subordinarnos a la superestructura".
Son las declaraciones que los curas insurrectos han impreso en unos papelitos para los vecinos de la localidad, los cuales comienzan a apoyar de manera masiva a "los ocupas de la catedral".
Pudiese pensarse que estamos ante un texto meramente provocador y en una dirección muy concreta pero no es del todo así. Esto puede leerlo cualquier persona con cualquier convicción religiosa y, en realidad, reparte estopa para todas las partes. Quizá en estos tiempos no estamos muy acostumbrados a movimientos heréticos dentro del seno de la iglesia, pero durante muchos siglos fue una constante, y la autoridad eclesiástica fue muy cuestionada durante muchos siglos. Basta pasearse por el sur de Francia y saber un poco de historia para darse cuenta de los tremendos conflictos que se originaron, con represiones, batallas, asedios y matanzas indiscriminadas.
Para no desmenuzar lo que ocurre en esta singular obra tan solo diré que durante su lectura me preguntaba cómo iba el autor a resolver el embrollo de la presencia o no de Dios con el ultimátum lanzado, que eso (literariamente hablando) no iba a ser sencillo. Yo suponía que iba a ir por una dirección; pero la verdad es que me sorprendió y tomó por otra que no me había imaginado.
Llegamos así La última joda de Rinaldi, que es otra novela corta y no menos sorprendente que la anterior. Nos situamos en un viaje de negocios en tren en el que varios personajes se desplazan hacia Tucumán. A Valdeprieto le asignan a Rinaldi, un individuo que parece que "está maldito" y que atrae la mala suerte, y no sabemos si, por cosas del azar o porque en realidad es un auténtico gafe, la mala suerte se va cebando con los viajeros y la empresa de trenes quiebra, el gobierno argentino desaparece o colapsa, el tren se estropea, y los viajeros se dividen en dos bandos antagónicos y enfrentados entre sí.
Aquí el azar y la fatalidad zarandean a los personajes y los convierte en “trapos”, como si todos los planes para la sociedad o para el futuro (la consecución de ese negocio con los uruguayos que nunca se consuma) estuviese en manos de una concatenación de casualidades tan precaria y arbitraria que todo resultase muy frágil. Desde luego que también puede verse en clave social y política, sobre todo ese enfrentamiento entre los diferentes dos grupos de viajeros que nace del tren accidentado.
Veamos esa concatenación de casualidades fatales:
"En ese momento, Valdeprieto comprendió que aquella larga cadena de mínimas fatalidades que lo llevaban hasta ese vagón de clase turista no habían sido fruto del azar. Su auto se había roto dos días antes, por entonces no le importó porque pensaba viajar en avión. Pero una huelga de pilotos trastocó los planes. La secretaria buscó algún billete en micro, al menos un viaje en coche-cama sería soportable. Pero había una convención religiosa bastante importante en Tucumán, un congreso de curas o algo así, creyó recordar, y los pasajes estaban agotados".
Ese grupo de curas y monjas que viajan formaron uno de los bandos en el tren accidentado. Aquí también hay una inmersión muy inteligente entre las relaciones de poder y las ritualidades; entre la desaparición del estado y que todo en nuestro universo está supeditado a la supervivencia.
Situémonos, el tren ya está accidentado:
"No irían por ellos debían rebuscársela por sí solos. Valdeprieto reflexionó en silencio. La rubia y el petiso caminaron otra vez hacia la puerta. Antes de que salieran, Valprieto dijo que aun cuando la empresa hubiera quebrado, alguien debería hacer algo. El estado, por ejemplo.
La rubia lo miró por primera vez con ternura. Sus facciones se ablandaron, casi se le dibujó una sonrisa. Se le notaba más por unos pequeños hoyitos en sus mejillas que por un movimiento de sus labios. Pero la expresión era inequívoca, y Valdeprieto sintió un placer vago.
—Es que ya no hay estado —dijo la rubia".
De todo esto puede extraerse la metáfora que los argentinos están solos en su lucha por la supervivencia y en medio de una lucha fratricida entre dos bandos irreconciliables. Quizá habría que elevarse un poco desde esa visión local y extrapolarla a otras latitudes y continentes, porque no deja de ser algo que se produce a diferentes escalas en otras partes del mundo.
Es igual, cada uno puede interpretarlo como quiera y la sutileza y la inteligencia de Ambao construye todo un sistema de fallas internas que van emergiendo conforme se va avanzando en la lectura.
No quiero pasar por alto algo que me ha gustado muchísimo: su capacidad narrativa para en unas pocas frases saber captar el caos de la situación y las diferentes y plurales ópticas que están sucediendo en un mismo espacio. Fijaros en la cantidad de cosas que están pasando en unas pocas líneas. Leed lentos:
"El resto asintió. Valdepietro volvió a mirar su reloj. El petiso le preguntó con mal tono por qué no asentía. Valdeprieto se excusó, se había distraído. La rubia de ojos grandes le exigió atención, no querían tibios sino activistas valientes. Valdeprieto dijo “bueno”.
La mujer que hablaba y fumaba al mismo tiempo propuso formar tres subcomisiones para elaborar las propuestas. No se mostraba interesado. El tipo alto y flaco lo vigilaba con desconfianza. Valdeprieto miraba a la pelirroja. Ella estaba en otra subcomisión, parecía cada vez más a gusto en aquel ambiente. Valdeprieto empezó a hacerse la idea de que debía resignarse. Ya habría perdido el contrato. Se disculpó y bajó del tren. El tipo alto y flaco lo siguió con la mirada".
Es todo un cosmos. Y encima en un espacio muy reducido: un tren.
Y así llegamos a la última novela corta incluida en La trilogía de los milagros: Un milagro al revés.
Otra muestra más de sátira desternillante. Nos situamos en un pequeño pueblo, Florindo Saucedo. Esa es una constante de estas tres novelas cortas: ninguna sucede ni en Buenos Aires ni en su periferia, ya sea en metáfora o citadas de una manera realista. Ahí en ese pueblo asistiremos a la confesión del intendente (lo que aquí sería el alcalde) y este nos irá desgranando una historia tremenda de corrupción, burocracia y hospitales.
Resulta que el Gobierno Central ofrece una ayuda estatal para los municipios que quieran implantar un hospital psiquiátrico. En Florindo Saucedo, municipio con alrededor de 2000 habitantes, piensan que hospital psiquiátrico no necesitan pero que hospital sí, y camuflan la petición solicitando la inversión para un supuesto hospital psiquiátrico que no será tal.
Poco a poco la burocracia irá exigiendo mayor entrega del pueblo y sus habitantes. Primero les piden una relación de las personas con problemas mentales ingresadas, y en el pueblo comienzan a solicitar la ayuda de sus convencimos para poner los nombres y actuar como locos en una eventual visita de inspección. Al comprobar que la Dirección de Sanidad Mental ingresa más dinero según la cantidad de locos que se refiera, pues en el pueblo creen que ese es el momento de liberarse de las ataduras restrictivas y lograr un gran desarrollo económico. Vamos, que el pueblo entero acaba actuando de locos con todo un sistema implantado de vigilancia colectiva, ensayos y demostraciones semanales y a diario. Una locura al revés.
Una novela corta que provoca muchas risas.
"La cuestión es que a los concejales y a mí nos sorprendió toda esa plata junta. Por primera vez se acordaban de nosotros. Yo no sé si por alguna voltereta de la burocracia o sí de nuevo algún paisano metió mano allá, o qué, pero la guita estaba en el banco. Mucha guita, sí. Nos pusimos a hacer cuentas: nos alcanzaba para un hospital, uno no demasiado grande, pero digno. El tema era que, según la ley, la subvención debía invertirse en la construcción de un hospital psiquiátrico. Y nos surgía una controversia: en Florindo Saucedo no teníamos locos. Ni uno. ¿Me lo puedo creer? Bueno, ninguno que valiera la pena encerrar".
O:
"Una economía de medios extraordinaria. Porque un mes después de enviar la lista al Ministerio de Sanidad, desde la Gobernación nos giraron treinta y ocho mil cuatrocientos pesos. Figúrese nuestra sorpresa y nuestra alegría. Y un importe igual sería girado mensualmente. Y es que, abrumados por la urgencia, habíamos pasado por alto que de la Gobernación nos solicitaban la lista de locos porque sí sino porque según la bendita ley de Descentralización de Sanidad Mental, a los municipios les correspondía una subversión por cada internado. Y por treinta y dos locos correspondía esa extraordinaria cifra: treinta y ocho mil cuatrocientos pesos".
Pronto no serán treinta dos ciudadanos haciendo de locos, sino muchos más. A más locos registrados más dinero. La cosa se va a ir complicando. Y hasta ahí puedo decir...
Las tres novelas cortas son muy homogéneas en cuanto a calidad. Quizá las que provoquen más sonrisas sean la primera y la última, pero la segunda me parece muy enigmática y aporta una densidad más estilística. En todo caso las tres están muy bien y muestran a un escritor muy versátil y con un mensaje mucho más potente que el que pueda desprenderse de una lectura lineal. Hay mucho sarcasmo. Mucha burocracia surrealista. Mucha metáfora social y política. En el fondo lo que hace es aflorar algo de nuestro caos cotidiano y vital, y como creo que escribí anteriormente esto no solo se circunscribe a las complejas y tempestuosas circunstancias de Argentina, sino de todo nuestro mundo.
En resumen, buena literatura.
Si el humor y el sarcasmo fuesen pruebas irrefutables de la existencia de inteligencia en el planeta Tierra, Santiago Ambao tiene que ser un ser humano muy inteligente. Su literatura lo es.
Hasta otra.