Raúl tenía quince años cuando se enamoró por primera vez. Y aunque todo el mundo a su alrededor pensaba que Arantxa era un monstruo por culpa de las terribles cicatrices que arrastraba desde aquel incendio, él veía en ella lo que nadie más era capaz. Ahora, quince años más tarde, Raúl se dirige a lo que amenaza con ser un reencuentro nostálgico con sus viejos amigos de la adolescencia en el antiguo campamento de verano. Raúl no va a admitirlo ante sí mismo, pero está inquieto: Arantxa también asistirá. Sin embargo, ¿dónde ha estado en todo este tiempo? ¿Por qué nadie ha vuelto a saber de ella? ¿Qué le ha pasado? Es la noche de Venus. La noche en que los monstruos y los primeros amores se confunden. Y nadie saldrá entero de ella. La noche de Venus es la nueva novela de Rubén Sánchez Trigos, autor de novelas como Bajo el Barro y guionista de películas como Viejos.
Si hay una sensación que se desprende de la lectura de la nueva obra de Ruben Sánchez Trigos es la de que ha conseguido originar en mi la presencia de un nuevo miedo. Una impresión certera, reconocible y a todas luces terrorífica. El eco de un pensamiento de no querer padecer la desdicha que se plantea en una obra tan divertida como la que nos plantea La noche de Venus. Y no es que lo que nos proponga Ruben en este libro no se haya descrito en otras obras. Tanto clásicas como en otras más contemporáneas. Es la habilidad de la que hace gala el autor en la obra para permitirnos adentrar en la cabeza de su protagonista y experimentar con él todos esos horrores a los que se enfrenta. Para conseguir todo eso, La noche de Venus nos plantea la reunión de un grupo de amigos de la adolescencia en un campamento de verano para recordar los viejos tiempos. Todo desde el punto de vista de Raul, su protagonista, a través de quien iremos descubriendo las peculiares relaciones que se establecieron en el grupo por medio de sus emociones y sus esquivos recuerdos. Esa escritura en primera persona, permite a Rubén exponer una narración en donde se permite reflexionar acerca del paso del tiempo, los amores de la adolescencia, la inocencia perdida, la crueldad del grupo, el perdón y, conforme vamos avanzando en la historia, el engaño y su capacidad para contaminar nuestras percepciones y atenazar cada uno de nuestros pasos. Y es que la historia que se desgrana en esta novela es cristalina, está llena de verdades que son tan universales que se agarran al lector apelando a sus propias vivencias. A través de las reflexiones de Raul, compartimos ese reencuentro de amigos en donde surgirán todos los fantasmas de un pasado que no quiere evaporarse. Esos ecos del pasado que aun resuenan en las miradas, esa pesadumbre de no haber dado el paso y que no deja de lastrarnos con los filos del arrepentimiento. Sin embargo la historia te complace desde la intimidad que nos concede nuestro protagonista distrayéndote de lo que fue su pequeño y espeluznante prólogo. De ahí que las señales de que nos adentramos en una historia de horror podrían pasar inadvertidas pese a la evidencias que va sembrando el autor a lo largo de sus capítulos, poco sutiles ya desde la propia cubierta de la novela. En todo momento sabes lo que te vas a encontrar, pero los trucos del autor consiguen que te olvides de sus manos para abordar el corazón de su protagonista y su reencuentro con el pasado. De ahí que cuando el horror muestra su cara, te atenace hasta paralizarte. El último tercio de la historia es todo lo que uno espera de este tipo de obras, un descenso a los infiernos en donde las evidencias reciben su terrible etiquetado. Y es allí donde toda la narrativa en primera persona que ha moldeado el cariño que sientes por Raul, y por toda esa adolescencia espejo en la que todos sentimos en cierto modo reflejados, cuando el horror termina por entumecerte. Porque una cosa es visualizar y otra bien distinta es sentir las palabras. Y créanme que conforme va avanzando la narración ya no quieres formar parte de ella y de las atrocidades que se irán desvelando en su desenlace. Es en esos momentos en donde preferirías escapar de la cabeza de Raul y de las vivencias que te cuenta al oído, mientras mira el mundo que se está materializando a su alrededor. Es entonces cuando el pasado duele tanto como el presente al que se aferra. Es ese momento cuando surge el horror en todo su esplendor. Y cuando se materializan los nuevos miedos que te acompañaran a partir de ahora
La noche de Venus, la nueva novela de Rubén Sánchez Trigos para el recién estrenado sello Pazuzu de Dolmen, es una magnífica historia de terror en la que los recuerdos, las interpretaciones de hechos pasados y la madurez juegan un papel importante. También hay elementos que dan bastante mal rollo y una cantidad importante de imágenes que os va a costar olvidar.
La noche de Venus es, sin duda, una de mis novelas favoritas del año, de la mano de un Rubén Sánchez Trigos que acaba de pegar un salto mayúsculo. Ya con Bajo el barro me había convencido pero ahora pule parte de los elementos menos brillantes de esa novela, dando forma a una novela corta que no da un respiro, marcadamente cinematográfica, que asume riesgos, remueve heridas y deja algunas escenas para el recuerdo. Recuerdo que, quizás, nos convierta a todos en ceniza.
Folk horror patrio, nostalgia adolescente, una pizca de slasher, paso a la edad adulta y una (arriesgada) voz en primera persona. Pronto, más extenso, en el blog :)
Haré una reseña más amplia en algún momento de la vida pero solo voy a decir que Rubén ha escrito una novela que me ha sacado de un bloqueo interesante. Ha habido escenas un poco turbias pero que Rubén maneja con una gran maestría en la pluma.
La memoria actúa como un constructo vivo que teje una red de recuerdos en constante actualización (y reinvención), capaz de reconfigurar y moldear la mente de los adultos, amplificando o neutralizando sus traumas. Si, además, guarda un secreto compartido y silenciado, puede despertar monstruos que habitan en la frontera entre lo sobrenatural y lo humano.
De esta tensión entre recuerdos y secretos nace una sensibilidad nostálgica que puede dar pie a imágenes casi cinematográficas. Las escenas veraniegas, los baños nocturnos, las conversaciones intempestivas, los deseos y las decepciones presagian que algo terrible e irreversible está por suceder. Somos deudores del cine ochentero incluso en lo literario, y Rubén Sánchez Trigos maneja muy bien el lenguaje que enlaza ambos mundos.
La noche de Venus se mueve entre la adolescencia y la madurez. El autor despliega una doble vía de narración: por un lado, la memoria vívida de los quince años, con su conflagración emocional, su crueldad y su capacidad para dejar cicatrices invisibles; por otro, el presente de unos adultos que no saben si huyen del mal o de sí mismos. Como resultado, genera una tensión que surge del peso del olvido y del miedo a revivir decisiones que se creían enterradas.
Sánchez Trigos no se propone innovar ni flirtear con lo experimental ni lo filosófico. Busca entretener. Lo hace dominando el tiempo narrativo y logrando que el pasado no aparezca como un simple relleno, sino como una fuerza viva, palpitante, capaz de destrozar el presente. Consigue que la monstruosidad no se sustente únicamente en la naturaleza sobrenatural o en la psicológica, sino en una íntima fusión de ambas.
La novela es rápida, ágil, asequible en tono y prosa sin caer en lo simple. Se nota que el autor está cómodo dentro del género; no arriesga demasiado, pero genera el clímax necesario para...
Mientras leemos La noche de Venus tendremos la impresión de estar viendo una pelicula de terror de los años 90. Una primera escena donde nos introduce al tema y a partir de ahí un grupo de personas en una cabaña en el bosque, unos misteriosos cuerpos inmóviles terriblemente mutilados y un grupo de extrañas mujeres que tienen un plan.
Una lectura ágil y que nos mantendrá pegados a sus paginas mientras viajamos entre un Raúl quinceañero y otro mas adulto, mientras decidimos si lo que nos esta contando es verdad o es fruto de su imaginación.
La prosa de esta novela se escurre entre los dedos como arena de playa. Rubén Sánchez Trigos reflexiona sobre el volver a un tiempo pasado con todas las consecuencias, no poder hacer nada para remediar lo que pasó. La fatalidad del destino y la imposibilidad de reaccionar ante lo que sucede. Ese primer amor petrificado en la memoria, dispuesto a volver y a agitar todo aquello que estaba en calma.
La presentación ya es excepcional. Pero es que sintetiza perfectamente, una vez lo has leído, lo que vas a experimentar leyendo el libro: enganche total, mal rollo constante, miedo por los protagonistas y no solo por ellos... Me habían recomendado muchísimo a Rubén y ahora tengo clarísimo por qué. Me lo apunto para seguir leyendo su obra.
Entre los horrores de esta especie de episodio pasado de rosca de En los límites de la realidad se esconde un homenaje a las inseguridades en la adolescencia, los miedos a exponer sentimientos o la propia sexualidad. Original y sorprendente.
Mi amigo J. D. Martín me recuerda a menudo que la literatura no tiene por qué atender siempre a una función transformadora, impactante, educativa o aleccionadora. Él opina, y estoy muy de acuerdo con su punto de vista, que a veces la literatura no tiene más objetivo que el de entretener, el de ofrecer un escape al lector en modo de historias que nos acompañen sin alzar la voz, sin pretensiones de llevarnos a comer a un restaurante de x estrellas Michelin, sino a cualquier sitio de comida rápida que nos satisfaga. Sin duda, La noche de Venus le va a encantar a J. D. tanto como me ha satisfecho a mí.
Rubén Sánchez Trigos nos regala una de esas historias que, desde su mismo inicio, nos sitúa en parámetros de ese cine de terror ochentero que optaba por personajes carismáticos, tramas bien edificadas y resoluciones impactantes. Y digo cine porque La noche de Venus contiene un ritmo y un espíritu cinematofágicos que son una gran recompensa para todos los que añoramos ese tipo de películas. No solo por lo visual de las escenas —algo que en literatura no es fácil de lograr—, sino por lo impecablemente trabajado que está el desarrollo de la trama. Trama de la que prefiero no contar nada, pues corro el riesgo de caer en uno de esos destripes que arruine la lectura a quien se acerque a la novela.
Dentro de los puntos más destacables encontramos un envidiable dominio de la alternancia temporal. Sánchez Trigos consigue un equilibrio perfecto entre el avance de la trama en el tiempo presente y el del tramo que corresponde a un flashback que nos traslada quince años atrás. Al mencionado ritmo, que va ondulando a medida que la historia lo requiere, se une una gran sensibilidad a la hora de tratar la mente adolescente, cosa que nunca resulta sencilla para los escritores a los que nos queda lejana esa época. Igualmente, la obra desprende un punto de nostalgia que huye de lo fácil para recordarnos que la juventud también está llena de recovecos, grises y dudas, muchas dudas.