En Mierda y catástrofe, de forma deliberadamente fragmentaria, el filósofo y crítico Fernando Castro Flórez plantea reflexiones de urgencia sobre los paisajes violentos y accidentales que se nos administran cotidianamente. Del freakismo a la atracción hipnótica del vacío; de la cultura digital y la adicción a los videojuegos al análisis del aeropuerto como no-lugar por excelencia; de los performances extremos a la retórica del archivo; del Arte Povera al Land Art, se va trazando un panorama que es, al mismo tiempo, desolador y excitante, empantanado y provocador, para con todo reivindicar el paseo como generador de experiencia, como si hubiera todavía posibilidades para gozar del arte de perderse.
Me ha parecido un libro muy interesante, aunque se me ha hecho un pelín difícil de entender en los tramos en que se trataba a Heidegger (debido seguramente a mi falta de conocimiento sobre filosofía).
El autor aprovecha conceptos como banal y escatología para hacer una buena radiografía de la relación sociedad-consumo y cómo en este contexto se han desarrollado diferentes obras de arte contemporáneo, desde Andy Warhol a Robert Smithson. Me ha gustado el capítulo El arte (de perderse) en un bosque.
Por otra parte, los trozos que tratan cuestiones sobre virtualidad corren el riesgo de quedar desfasados con el paso de los años.
El primero y el último capítulo, lo mejor. Tedioso cuando se pone filosófico, especialmente cuando entra en conversación dialéctica con Heiddeger, por no mencionar el apartado de notas (archivador infinito de Jim Carrey en "Bruce Almighty" [«Como Dios»]). Descubre cosas y hace replantearse otras (y las notas, con todo, aportan mucho a veces).
Lo peor del libro: la página 106, cuando, como en tantos otros casos, se limita a concordar con autoridades intelectuales (en este caso Zygmunt Bauman), cayendo en el ridículo de considerar la obesidad una demonización para sacar tajada (huelga decir que todo es objeto de consumición o especulación en el hipercapitalismo [a una anoréxica también le pueden sacar los cuartos]): la obesidad, tan moralmente reprochable como necia, es digna de ser demonizada (cuando veamos impuestos como los del tabaco o el alcohol en la comida basura será un gran día para todos) en tanto en cuanto cuesta mucho dinero a la sanidad (la crítica de Gustavo Bueno al aborto se centraba en este mismo punto, acertadísimamente), y, coño, que ya bastante dura es la vida y la mirada del otro como para que encima las almas en pena deambulen recubiertas de un envoltorio desagrable (como si nuestra moda lo fuera poco ya).
Una idea que me gustó mucho y que será lo que más recuerde del libro: el arte contemporáneo como vómito de la tontería donde nadie se desgarra ya.
P. D. Me imagino que algunos votos negativos procederán de estudiantes de este señor, quien, para no desentonar, seguro que es un profesor universitario hispañol terrible.