Como ensayista, Caparrós es -casi siempre- respetable. Como narrador, casi siempre, un desastre. Y Comí es, de lo que he leído, o tratado de leer, lo más desastroso. El de Caparrós es un estilo barroco, complejo, y lleno de incisos. Inflado en demasía, lo que encuentra un paralelismo inesperado con el tema de la historia, que es la desintoxicación del protagonista para hacer una colonoscopía o algo así. No me llegó a interesar. Caparrós es de esos escritores que no dejan pasar una: ni una reflexión dizque inteligente, ni un comentario metaliterario, ni una humorada. Parece que quisiera decir que a cualquier cosa que uno, como lector, pueda llegar a pensar, él ya se anticipó, ya la pensó antes. En el fondo, es como un mecanismo de defensa, la evidencia de un sentimiento de inseguridad. Esto de por sí no sería un problema (la inseguridad es el origen de la literatura), si no fuera porque este exceso lo lleva al límite de la legibilidad. No solo porque el estilo es tan denso que cuesta dejarse llevar por él, sino porque cuesta mucho, como lector, descubrir algún pista de por qué deberías estar perdiendo tu precioso tiempo con esta novela y no con cualquier otra. Una, al menos, que no se trate de lo inteligente que es su autor.