«Hasta entonces, yo solo tenía miedo de los fantasmas. Mi madre me estrechaba contra su pecho, que olía a puchero y a lavanda, que olía a camomila y a amoniaco, y me decía: “no hay que tenerles miedo a los muertos sino a los vivos”. Quizá, el día que empecé a tener miedo a los vivos me hice mujer. Nada que ver con la primera regla. Ni siquiera teníamos la regla».
María es una mujer brillante, sin temor a poner en voz alta lo que la gran mayoría de nosotras pensamos.
Porque “las niñas se parecen más a los cerdos que a las flores” y porque “hay que tener más miedo a los vivos que a los muertos”.
Esta es una obra que invita a reflexionar sobre la seguridad de tanto las niñas, las mujeres adultas como las mujeres más ancianas respecto a los hombres. El juicio eterno al que se nos expone desde el nacimiento, a nuestra primera y última sangre en la sociedad actual.
“hay heridas que no acaban en sí mismas. se llaman a los gritos las unas a las otras. y sus gritos son igual que los de las pastoras de tierras remotas: profundos, de un solo aliento”